Capítulo — Bajo la Lluvia y la Culpa Mateo salió del juzgado con el corazón en llamas. No la encontró en ningún pasillo. Quiso correr tras ella, pero no pudo. Las muletas golpeaban contra el piso de baldosas con un eco que parecía burlarse de su impotencia. Cada paso era una punzada en el pie hinchado, pero ni siquiera ese dolor podía opacar el tormento que le atravesaba el pecho: Julieta había desaparecido. Vio a Adriana, la asistente de su hermana, que había llegado sola. —¿La viste? —preguntó desesperado. Ella negó con la cabeza. La buscó por la ciudad, en las calles húmedas aún impregnadas por la lluvia de la noche anterior. Preguntaba a transeúntes, miraba hacia cada esquina, jadeaba como un hombre al que se le escapaba el último respiro. Pero nada. Ni un rastro. Solo un vacío he

