Capítulo — El Mate Amargo Julieta se bajó del auto con la carpeta negra apretada contra el pecho. El viento del campo le enredó el cabello y la tierra reseca crujió bajo sus tacos. En la portera, al otro lado, estaba Mateo. El sol del mediodía le doraba la barba rubia y la camisa azul arremangada dejaba ver unos brazos curtidos por el trabajo. Tenía los ojos clavados en ella, azules y filosos como cuchillas. Si las miradas mataran, Julieta Medina ya estaría bajo tierra. Por un instante, Julieta dudó. Podría haberse dado media vuelta, subirse al auto y largarse de allí. Pero la voz de su psicóloga resonó en su cabeza: “Si ves que hay verdad, si ves que es justo, hacé lo que tu corazón te dicta”. Y su corazón le estaba diciendo que tenía que plantarse en esa casa, con ese hombre y con su

