Capítulo — Refugio en la Hacienda La camioneta se detuvo frente al portón de madera que abría paso a los campos de Don Eusebio. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la tierra, pintando de dorado los campos cubiertos de chircas y coronillas. Las sierras de Minas ofrecían un paisaje entrañable de Lavalleja, un rincón que cualquiera amaría, y que Julieta contempló con los ojos brillantes. Respiró hondo el aire sereno que envolvía todo el lugar. Antes de bajar, se permitió disfrutar del momento: sentía que, al cruzar ese umbral, dejaba atrás —aunque fuera por unas horas— el peso de tribunales, flashes y culpas. Don Eusebio la esperaba apoyado en su bastón de madera, con la calma del hombre que ha visto de todo y ya no se sorprende de nada. Su mirada bondadosa, curtida por el tiempo, se suav

