Capítulo — La vaca Malú El amanecer de aquel día fue distinto: tibio, como si el verano se adelantara después de una primavera demasiado fría. Ni siquiera las moscas se habían animado a molestar en el corral; se habían retirado como para darle tregua al campo. Julieta salió medio dormida, arrastrando las botas de goma que Don Eusebio le había prestado. Las que había dejado en la casa de Mateo seguro estaban limpias porque Juana la ayudaba a mantenerlas : las cuidaba como un tesoro, casi como un recuerdo de la vida que había quedado atrás. Pero las de Eusebio ya no corrían la misma suerte: la tarde anterior había ido con el capataz a darle de comer a los chanchos y se había metido de lleno en el barro. Apenas les dio un enjuague con la manguera, pero igual estaban manchadas. Se sonrió sol

