Capítulo — Bajo la Ducha y las Alianzas La tarde en la hacienda se estiraba mansa, con ese brillo de oro que el sol deja cuando empieza a bajar y todo lo vuelve más blando: los lomos de los caballos en los corrales, las hojas de los eucaliptos, el aliento tibio de la tierra. El murmullo del agua en los bebederos y el chasquido de las escobillas sobre el pelo de los animales formaban una música doméstica. Noche, la yegua fiel, descansaba tranquila cerca del galpón, ojeando, como si también vigilara la casa. Julieta colgó el celular tras hablar con Carlos. Habían quedado en que entre mañana y pasado iría con Ignacio, el peón, a la hacienda de Don Eusebio, un viejo conocido de la zona que siempre estaba al tanto de quién entraba y quién salía con caballos. Tenían que confirmar, sin alborota

