Si alguien me pregunta cuánto debe soportar una persona el dolor, les respondería un número infinito, una cantidad que no todos podrían y solo pocas personas como yo lo soportarían. Sí, hubo un ataque masivo de infecciones que nos convertían, en lo que diría mi hermana, muertos vivientes. Los zombies existen y me había convertido en uno con gustos finos e incomparables. Algunos preferían comerse toda la carne del cuerpo y dejar los huesos intactos, en cambio yo, prefería moler estos huesos y prepararlos con un jugo de naranja bien recargado. Una mezcla rara y que no todos la disfrutaban, pero él sí. La persona que decidió acompañarme por el resto de mi segunda vida, prefería comer todo lo que preparaba. —Deben considerarte una chef —proclamó. —Sería muy ostentoso de mi parte, con que te

