Todos criticaron mi forma de pensar, hablar y actuar. Algunos decían que era muy lenta y otros decían que vivía la vida a mil, con prisa y perdía toda elegancia que el legado de mi familia había dejado en el pueblo. ¿Qué iban a saber ellos? No tenían una carga encima sobre sus hombros, para ser específicos una funeraria que mantener a pie. —¿Necesitas ayuda? —me preguntó con prisa, pero respetuoso. —Sí, ese cuerpo de allá está muy pesado. —No te preocupes, yo me encargo. Debes descansar. —No, sabes que después mis muertitos se sienten solos. —Ellos me dijeron que no te preocupes —bromeó. —Estoy segura de que eso no te dijeron. —Yo me encargo. Asentí. Me retiré a la entrada principal y me senté en la silla del ex guardia. Sí, dejó de trabajar para nosotros luego de oír tantos quejid

