ZOE
Apenas salí del probador con el vestidito n***o, Sebastián soltó un "muy básico" con esa cara de crítico que se carga. Me vi en el espejo. La verdad, me quedaba bonito. Sí, parecía que iba a un velorio, pero guapa igual.
—A mí me gusta —le dije, ladeando la cabeza con actitud.
—Los hombres prefieren a las bronceadas —me dice y eso me pudre al instante.
—¿Y quién dijo que me arreglo para los hombres? Me visto para mí, para sentirme linda, no para gustarle a nadie —le respondí, clavándole la mirada mientras me apoyaba con una mano en la cintura.
Él se echó para delante, con su sonrisa de sabelotodo.
—¿Tú crees que los hombres se arreglan por las mujeres? No, reina, uno se arregla para uno mismo. Que de paso les guste, pues... mérito nuestro. Mira alrededor, todas me miran porque soy irresistible —dice mientras se peina con la mano, como si fuera modelo.
—¡Ay, por favor! Guapo ni en tus sueños. La guapa acá soy yo —le solté riendo, sin dejarme.
Así somos siempre. Discutimos por todo, como perros y gatos, pero al final nos entendemos sin hablar. Con Sebastián es guerra y paz al mismo tiempo.
Y justo en medio del tira y afloje, aparece Jack con su "¿qué hacen?". De vuelta al mundo real.
Me queda mirando raro y suelta:
—¿Qué llevas puesto?
Le levanto una ceja, provocadora:
—¿Te refieres a mi perfume? Es de Victoria’s Secret, lo conoces, seguro —le digo con sorna.
—No, hablaba del vestido —aclara, con cara de pocos amigos.
Sus ojos bajan al vestido y lo escanean sin disimulo. Se le nota que no le convence. Me quedo quieta, dejando que mire. No me molesta... a veces hasta me gusta.
—Ven —me dice serio. Yo lo sigo, no sin antes sacarle la lengua a Sebastián, que responde con la misma niñez. Al girarme para ver a Jack, casi me lo llevo por delante.
Estamos frente a la diseñadora, que nos sonríe.
—¿En qué puedo ayudarlo, señor? —le pregunta.
—Tómele medidas. Quiero que le muestres lo mejor que tengas. Y quiero verla cuando esté lista —dice Jack, todo formal. Qué raro se me hace verlo tan serio, si con él todo suele ser relajo.
—Voy a estar esperando cuando termines —me dice bajito, cerquita del oído. Me eriza un poquito, no lo voy a negar.
Sebastián ya está de nuevo haciendo reír a unas chicas, todo coqueto. Pongo los ojos en blanco. Igual lo quiero.
—Sígame, señorita —me dice la diseñadora. La sigo sin decir nada. Me lleva a una sección llena de vestidos, todos de colores divinos, cortes distintos... casi me da un paro fashionista.
Iba a preguntarle por dónde empezar, pero ya tenía medio sillón lleno de opciones. Vestidos largos, cortos, escotados, recatados... todo el catálogo.
—¿Con cuál quieres empezar? —me pregunta sonriendo.
Señalo uno violeta oscuro, sin mangas, que me encantó. Ella me ayuda a ponérmelo, me hace un moñito con el pelo, y salgo del probador como en pasarela.
Sebastián se queda boquiabierto. Jack... ni se inmuta.
—¿Está mal? —pregunto bajo, insegura.
—No, no. Me gusta —dice Sebastián, levantando el pulgar con esa sonrisa suya. Me relajo.
Jack no dice nada. Sebastián le da un codazo, como apurándolo.
—No —responde al fin, mirando directo.
—¿No crees que... está como muy descubierto acá? —dice señalando mi escote.
Sí, el vestido muestra bastante, pero vamos, tampoco es para tanto. Igual me lo pensé.
Jack da un paso, me mira fijo:
—No digo que no te quede bien, porque te queda espectacular. Solo pienso que... es una reunión familiar. Podrías ponerte algo un poco más... tranquilo —dice, todo dulce.
Le sonrío. Él me devuelve la sonrisa.
—Puedes quedártelo, pero busca otro para la reunión. ¿Te parece? —agrega.
La diseñadora carraspea con intención:
—Creo que tengo justo el vestido que puede sorprenderlo... —dice mientras se va al fondo.
Yo me quedo mirándome en el espejo. Y sí... a veces cambiar de look es más que ropa. Es actitud.
Apenas pasaron unos minutos y ya tenía los ojos como platos. ¿La razón? El vestidazo que Jack tenía en las manos. Rosa, largo, elegante, se me pegaba al cuerpo como si estuviera hecho a medida. Manga larga, sí, pero lo que lo rompía era la espalda: totalmente descubierta. Sexy sin ser vulgar.
—Póntelo, vale —me dice, medio sonriente.
Me quedo en pausa. Carraspeo para sacudirme los nervios y cuando se giran a verme, me doy una vuelta lenta.
—¿Y bien? —les digo, enseñando la espalda con algo de orgullo.
Justo en ese momento suena el celular de Sebastián. Él lo agarra al instante.
—Tengo que atender. Los veo afuera —dice mientras se va hablando como si nada.
Jack se quedó. Pero no mirando al vacío. Me miraba a mí. No el vestido, no. A mí. Se acercó, lento, con esa cara de cazador.
—¿Nos das un minuto? —le dice a la diseñadora de la tienda. Ella asiente y se va.
Nos quedamos solos.
—¿Te preocupa todo este rollo del casamiento falso? —le suelto, directa.
Él hace ese gesto raro. Niega, afirma... una mezcla.
—No me preocupa eso. Ni mi madre. Ella nos va a creer, de verdad. No sabes cuántas veces me dijo que me casara contigo —responde, y los dos soltamos una carcajada.
—Lo que me incomoda eres tu. Todo esto es por mí y tu te estás buscando todo este problema que se nos viene encima. Y ni siquiera te lo pedí. ¿Estás segura de que está bien para ti? —me dice, y me deja sin palabras.
—Jack... Te conozco desde siempre. Y lo que estoy haciendo es devolverte un poco de todo lo que hiciste por mí. Esto es lo mínimo.
—¿Y para qué están los mejores amigos, si no? Tu y yo contra todos, ¿te acuerdas? —le digo, levantando la mano para nuestro clásico puñito.
—Aunque estemos casados en los papeles y compartamos casa, eso no va a cambiar lo nuestro, ¿no? —le pregunto.
Sonríe.
—Tal vez fue lo mejor haberte tirado del columpio aquel día. Si no, capaz ni amigos seríamos —dice, y me saca una risa. Le empujo el brazo, como cuando éramos chicos.
—Disculpe —llama Jack a la diseñadora—. Me llevo todos los vestidos.
Se me abren los ojos como platos otra vez.
—Para, estas loco. Te lo agradezco, de verdad, pero no hace falta. ¿Cuánto cuesta este vestido? —le pregunto a la diseñadora. Ya sabía que el precio iba a doler.
—Diez mil dólares —responde, tranquila como si hablara de cualquier cosa.
—¿Qué? No, no, ni loca. No me voy a llevar esto —trato de sacármelo, pero Jack me agarra las manos.
—Zoe, basta. Nos llevamos los vestidos y ya. Sé que odias las cosas caras, pero yo puedo pagarlas y lo quiero hacer. No te va a costar nada —dice, dándose vuelta.
Lo agarro del brazo y lo jalo hacia mí.
—¿Sabes lo incómodo que me haces sentir con eso? O sea, entiendo que puedes, pero eso no significa que me guste.
—¡Zoe! Te vas a casar con tu mejor amigo, que además tiene fama de mujeriego. Al menos dejame pagar los vestidos. No me voy a ir a la quiebra por esto. Sueltame —dice, y se va antes de que lo pueda agarrar de nuevo.
Vuelve Sebastián.
Me ve cabizbaja y de una vez se da cuenta de que algo me cayó mal. Me levanta la cara y me pregunta:
—¿Qué te pasa?
—Va a pagar todos los vestidos. Sabes que odio eso. No me gusta que gasten plata en mí, y menos en cosas tan caras. Este vestido cuesta como diez mil dólares... prefiero que me compren un helado y ya. Pero no... ahora está pagando todo —murmuro, bajito.
—Zoe, deja que lo haga por ti. Entiendo cómo te sientes, sé que puedes pagarlos, pero dejalo que te regale algo. Piensalo como un gesto que hace más fuerte la amistad —me dice, con esa cara de idiota. Aun asi me sigue enojando que gaste en mi. Otra mujer estuviera encantada, pero yo no soy asi.
—Además, te quejas de las cosas caras, pero ese anillo que tienes en el dedo no salió de dos pesos, eh —agrega, mordiéndose la lengua, como si se le hubiera escapado.
—¡Tu…! —grito, y empiezo a pegarle con el puño, como cuando hacíamos guerra de almohadas.