Loca enamorada

1520 Words
ZOE Entré al cuarto de Julian con la bandeja de comida en mano, y apenas crucé la puerta y la cerré, ya le estaba hablando: —Pero mira quién anda de buen humor hoy. Parece que nos hemos ganado la loteria con esa gran sonrisa que tienes, ¿O me equivoco? Se tiró para atrás en la cama con una sonrisita y me soltó: —Eso deberías decírtelo ti misma que parece que alguien te esta cambiando la vida. Seguro es amor… Le puse las manos en la cintura y le hice cara de seria, aunque no pude evitar sonreír. —Ese anillo lo dice todo —agregó, y yo, sin pensarlo, escondí la mano izquierda detrás de la espalda. Desde que Jack me propuso casamiento, no hay pasillo del hospital donde no me cruce con alguien preguntándome por él. Médicos, enfermeros, hasta pacientes: todos opinando, felicitándome, diciendo que soy afortunada. Y sí, lo soy. Pero el revuelo me tiene un poco harta. No pueden vivir su propia vida, pero tambien es entendible, Jack es demasiado famoso y es extraño que quiera comprometerse con una mujer como yo. —No lo escondas, Zoe —me dice Julian sin siquiera verme—. Se te nota hasta en la cara. Y ahí no me aguanté, me reí. Porque él ha estado para mí en los peores días, cuando sentía que el mundo se me caía encima. Siempre escuchando, siempre aguantando. La verdad, me parte el alma saber que nadie viene a verlo. Su hijo nunca aparece. Está solo, y lo único que tiene es el recuerdo de su esposa y ese collar que nunca suelta. —¿Sabes qué? Me hubiese gustado conocerte en tus mejores años, cuando eras joven —le dije. Él se echó a reír con ganas, moviendo la cabeza. —Era un tipo guapo y musculoso, eh. Seguro que te hubiera gustado al instante. —Eso ya lo sé —le respondí, mientras me sentaba a su lado. Lo miré comer y mis ojos se fueron a su otra mano, donde apretaba ese collar. —¿Y quién es el valiente? —preguntó, girándose hacia mí. —¿Puedo contarte un secreto? —le dije, casi susurrando. Y justo en ese instante, una enfermera irrumpió, jadeando como si hubiera corrido mucho. Se miraba cansada. —Zoe, te necesitan en urgencias ya —me soltó, agitadísima. Volví a mirar a Julian. —Queda pendiente —le dije, y él asintió sin drama. Salí al trote hacia urgencias. Apenas llegamos, vi a un tipo gritando del dolor. Corrí a su lado. Dos médicos ya lo estaban atendiendo, pero estaba claro que el tipo necesitaba quirófano urgente. —¿Qué pasó? —pregunté mientras uno intentaba estabilizarlo. —Atropello y fuga. Viene grave —contestó sin mirarme, concentrado en la máquina. Estábamos por entrar cuando alguien me agarró del brazo. Era la misma enfermera de antes. —Tranquila. El doctor Michael se va al quirófano. Te toca quedarte en urgencias —me dijo, y asentí, regresando rápido. Y entonces lo vi. Una cara conocida. En una de las camillas. Nuestros ojos se cruzaron y el tiempo se frenó por un segundo. —Zoe —dijo mi nombre. Así, simple. —¿Qué le pasó? —pregunté al médico que le estaba cosiendo la pierna. —Accidente escalando. Solo un raspón fuerte, nada grave —explicó la doctora. —Ya casi está. Nelson. Él y yo… fuimos algo. Salimos más de un año. Todo empezó por una bebida que le tiré sin querer en un restaurante. Una metida de pata que se volvió historia. —No pensé verte acá —me dijo, mientras intentaba acomodarse sin morirse de dolor. —Trabajo acá —le contesté. —Igual, no esperaba esto. Pero me alegra verte, Zoe. Hace mucho. —A mí también me alegra. ¿Ahora eres fanático de la escalada o qué? —le dije, mirando la herida. Se rió. —Tenía que hacer algo para dejar de pensar en ti, de lo contrario me hubiera hundido en la depresión. Me dejó sin palabras. —Y bueno, necesitaba distraerme. Aunque parece que tu sigues acá. —Este hospital es como mi segunda casa —le dije, un poco en broma, metiendo las manos en los bolsillos de la bata. Se rió con más ganas. Siempre dijeron que éramos tal para cual. Y yo nunca lo negué. Es lindo, con esos ojos color café y los hoyuelos que aparecen cuando se ríe. Yo también caí como una tonta. Y no me arrepiento. —Estás hermosa —me dice, con esa mirada que conocía de memoria—. Como siempre. Le sonreí. Porque a veces, por más que todo cambie, hay cosas que se sienten igual. —Qué bueno que no terminaste hecho un desastre sin mí. Sigues igual, como si el tiempo no pasa por ti. Se rió. Obvio. Siempre le causaron gracia mis comentarios punzantes. Intentó incorporarse y no lo pensé dos veces: lo ayudé, pasando una mano por su cintura y la otra apoyada en su abdomen. Iba suave, sin apurar. Hizo una mueca que me partió un poquito por dentro. —La verdad, no debí subir esa roca con dolor de cabeza... debí hacerte caso —murmuró. Siempre yo le daba consejos y el siempre me llevaba la contraria. Me dio risa y solté su cintura justo cuando llegamos donde estaba su amigo. Él me miró fijo. A los ojos. Y como reflejo, me eché el pelo detrás de la oreja. Y claro, notó el anillo. Su mirada bajó a mi mano y pude notar que no le gustaba para nada ver ese anillo ahí. —Felicidades. Automáticamente bajé la mano. —No es lo que crees. —¿Ah, no? Tienes un anillo en el dedo que grita comprometida. ¿Qué más puede ser? —dijo, esquivando mi mirada. —Me alegra por ti. Espero que te guste quedarte en casa con alguien que sí eligió quedarse contigo. Y ahí me dio justo donde más dolía. Siempre entendió todo de mí, incluso lo que yo apenas descubría. Era tan perfecto que me asustaba... y yo, al revés, hecha un lío. No quise seguir lastimándolo. —Sabes por qué lo terminé... —dije bajito. Justo cuando se alejaba, alcanzó a decir: —Sí. Todo bien. Ni se volteó. Rechazó mi ayuda y caminó como pudo, agarrándose el costado. Fruncí el ceño mientras lo veía alejarse. Lo nuestro no acabó mal, pero quedó incompleto. Pudo ser algo más. Mejor. Pero yo no me atreví. Miré el teléfono justo cuando empezó a sonar. Era Jack. —Ven al frente —soltó, seco. —¿Qué pasa? —pregunté, pero colgó sin más. Me quedé con la boca abierta, apretando el teléfono con rabia. Me caia mal que alguien me cortara en la cara como si nada. Y justo en ese momento, apareció un Bugatti n***o mate que conocía demasiado bien. Sonreí. Sebastián al volante, Jack de copiloto. La pareja del año con esos dos dementes. —Súbete, perdedora, no quiero perder tiempo, tenemos muchas cosas que hacer y con una mujer tan complicada como tu, seguro que se nos lleva todo el dia—dijo Sebastián, bajándose los lentes. —Vamos de shopping —agregó Jack. —¿Son idiotas o sólo actúan como si lo fueran? Estoy trabajando, no puedo —les dije mientras me acercaba. —No quería hacer esto, pero tú me obligas —contestó. Y entonces empezó a tocar la bocina como loco. Larga, insistente, molesta. Todos empezaron a mirar. Abrí los ojos como platos, traté de alcanzarlo por la ventanilla, pero la subió de golpe y me quedé golpeándola con el puño. Me quejé del dolor mientras él seguía riéndose como un niño. —¡Alguien va a llamar a los policias, no sean estupidos! —grité entre el caos. La bocina paró. Bajó el vidrio y me miró fijo. —Vamos, Zoe. Súbete ya y no hacemos más show —dijo Sebastián. Me rendí. Subí al auto. —Son unos imbéciles —refunfuñé, dando un portazo. Sebastián sonrió por el retrovisor y aceleró como si estuviera en una pista. —¿No me extrañaste? ¡Una semana sin vernos! —dijo, dándole ritmo al volante. Me incliné entre los dos y le di un golpe en la sien. Se quejó como si lo hubiera atropellado. —¡Hey! Se supone que los doctores curan, no golpean —dijo, haciéndose el ofendido. Fui por otro golpe, pero Jack me detuvo tomándome la muñeca con delicadeza. —¡Vas a rayar el anillo! —dijo, examinándolo con demasiada atención. Puse los ojos en blanco. —La primera pelea de casados. Qué tierno que son ustedes dos, el amor se respira en el aire—se burló Sebastián mientras subía el volumen. Siempre somos un circo cuando estamos juntos. Pero hoy no estaba con ánimos. —¿Por qué vamos de compras? —pregunté, buscando una razón válida para ese secuestro. —Para que causes buena impresión con tu futura suegra, querida —soltó Sebastián. No puede ser.
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