Mi hermana tiene unos buenos amigos, ellos son Margot y Rich una pareja de esposos, un poco mas mayores que Jenn, pero entre ellos hay una gran amistad. Estos grandes amigos, con mucha razón, se quejaban porque no conocían nuestro nuevo hogar. Al principio Jenn tenía previsto invitarlos, pero luego por razones obvias lo evitaba. Un día, finalmente mi hermana se decidió.
Teníamos planificado una noche para ver películas en videos, cena, tomar un buen vino. Además, los esposos pasarían la noche en nuestra casa. Los señores llegaron casi finalizando la tarde, aunque aun no anochecía. Todos de buen animo, compartimos junto con los invitados, de verdad que estábamos muy relajados y alegres y felizmente las cosas iban bien, y a decir verdad, ninguno se preocupaba por "esas otras cosas" pues estábamos como en los días de calma.
Entonces, comimos unas botanas y nos dispusimos a ver la película entre familia y amigos. Habían transcurrido unos 20 minutos de haber comenzada la cinta cuando frente a la gran pantalla de televisión empezó a fluir un humo gris azulado. Ese humo tomo la forma de la cabeza de un viejo hombre que nos veía de forma terrorífica y se reía mostrando unas encías vacías. Nuestros amigos salieron espantados Rich delante y Margot más atrás corriendo hasta su auto. Solo alcanzamos a escuchar el vehículo irse aceleradamente. Extrañamente, no se por qué, nosotros, los que habitamos esta casa no nos sentimos asustados por la presencia de esa aparición. Mi hermana se encontraba apenada, como si uno de nosotros hubiese cometido una imprudencia a los invitados y por eso se habían marchado. Casi normalizando esa cosa espectral.
Cuando tuvo oportunidad, mi hermana visitó a sus amigos para saber cómo estaban. Habló con ellos y les contó de lo que sucedía en la casa, disculpándose por el mal momento. Pasó mucho tiempo para aceptar la visita en nuestra casa, esto, para evitar que alguien sufriera las impertinencias de los fantasmas.
Pero, una tarde nos visitó nuestra amiga Verónica, aunque nos encontrábamos nerviosos por las cosas acontecidas decidimos relajarnos y subir a escuchar música en el salón. Entramos a la estancia y nos quedamos conversando, coincidiendo sobre lo bella que era la casa, especialmente esa habitación. Y allí sucedió de nuevo.
Por primera vez a plena vista de nosotros se accionó el tocadiscos, comenzó a sonar una rítmica y animada melodía. Todos quedamos sorprendidos
- ¿Cómo se había prendido la música?
- ¿Eso no era posible?
Pero para mí estaba por acontecer otras cosas. Además de la música en el salón, también yo podía ver como un hombre aparecía parado en el salón hacia el lado de las poltronas, cerca del tocadiscos.
Era un hombre bastante alto de contextura delgada, el rostro trigueño, de cabellos marrón oscuro, grandes y alegres ojos negros, nariz un poco larga aguileña y labios finos. Vestía una hermosa bata de seda de un color púrpura y rojo, con suaves diseños negros- Debajo de la bata se llevaba una pijama gris claro y pantuflas del mismo color.
Él resplandecía como si brillaba, sus ojos me miraban con tan simpática e intensidad. Tanto, que parecía como si siempre había sido mi amigo; así lo sentí desde el primer momento.
Sin embargo, aunque los demás sentían su presencia en el salón, solo yo podía verlo. Él, con gran energía salvo la distancia que había entre los dos y me rodeó en muy fuerte con su brazo a modo de pareja de baile, rodeando mi cintura desde mi lado derecho. Todo esto sucedía mientras sonaba aquella música, y él rápidamente se colocó frente a mí y agarro también mi mano izquierda, me tomó con mas fuerza hacia él de la cintura y comenzamos a bailar al son de esa rítmica música.
En el salón, una atmósfera misteriosa y envolvente nos cubrió, los demás presentes, Verónica, mi hermana y mis sobrinos, veían como me deslizaba elegantemente por el suelo de madera. Mi vestido, ligero, flotaba al compás de la melodía envolvente. Los ojos curiosos del resto de las personas observan con asombro, incapaces de discernir con quién bailo.
Para ellos, la pista de baile parece estar desierta, sin embargo, sus rostros reflejaban una mezcla de asombro y perplejidad al ver cómo me movía grácilmente al ritmo de una música. Con movimientos fluidos y precisos, como si estuviera guiada por las manos invisibles de un compañero incorpóreo.
El aire se llena con la gracia de los movimientos y su presencia invisible pero magnética cautiva a los presentes, manteniendo sus ojos fijos en mi figura solitaria. Ellos son incapaces de distinguir una silueta, un cuerpo físico que me acompañe en el baile. Solo me ven, con apariencia de estar levemente suspendida en el aire, deleitada en un baile apasionante.
Quienes se encuentran allí entran en un estado de trance hipnótico. Los movimientos expresivos y la forma de comunicarme con un ser invisible cautivan sus corazones y los sumerge en un torbellino de emociones. Es como si la música, les envolviera y les llenara de vida. Mi danza sin compañero parecía ser una conexión directa con el mundo espiritual, una experiencia única y mágica que aunque ellos no podían ver en su totalidad también podrían vivirlo.
Parecía que el tiempo se detuvo mientras bailábamos, mientras el salón se colmó de un aura etérea. Los espectadores, cautivados por la enigmática escena, transportados por la fascinación y el misterio de aquel baile solitario. Saben que están siendo testigos de un fenómeno inexplicable y asombroso, y sus corazones se llenan de emoción y admiración.
Yo estaba emocionada y sorprendida con absolutamente todo lo que estaba pasando. Por mi cabeza se atropellaban todos los pensamientos y todas las preguntas en un solo momento,
¿Cómo era posible que podía verlo?,
¿Cómo sabía que sólo yo lo veía?
¿Cómo podía sentir su cuerpo y sus brazos?
¿Cómo era posible que pudiera sentir su abrazo?,
¿Por qué sentía como si lo conocía, si nunca lo había visto?
Mientras tanto los que se encontraban en el salón me veían sorprendida como yo danzaba y hablaba sola. Ya que cuando acerco su rostro al mío, mientras bailábamos, le pregunté, cual era su nombre.
Dentro de mi cabeza escuché, a un mismo tiempo, su voz y la mía. Aún sin terminar de formular mi pregunta, me respondió "Norman".
Pregunté si estaba leyendo mi mente, rápidamente me dijo: “no. Ese es mi nombre, me llamo Norman” y siguió bailando con un aire desenfadado, más bien de felicidad.
Fue así como ese día de manera inusual conocí al resplandeciente Norman. Poco a poco fuimos entendiendo por qué sucedían esos eventos en aquella casa. Esa misma tarde mientras bailábamos, en un tono despreocupado, me comentó un poco de su historia.
Por años había sufrido una enfermedad. Había padecido de leucemia lo que el tiempo después le causó la muerte. Me contó de su infancia de su vida, de su muerte y del por qué seguía en esa casa.