- ¿Estoy muerto? ¿Qué clase de broma es esta? – pregunté con cierta incredulidad, guardando la esperanza de que aún pudiera volver con mis seres queridos.
- Creo que aún no entiendes nada – me afirmó mientras inflaba una bomba de chicle con su boca.
Burbuja era una chica con los ojos grandes, muy abiertos. Era pelirroja natural. Sus pecas grandes, pequeñas, de tamaños muy variados, resaltaban en su rostro. Sus ojeras eran prominentes. Contrastaban con el tono de sus pupilas verdes. Vestía una falda de colores blanco y rojo. Su camisa era de tirantes, color blanco.
Tenía dos colitas en su peinado. Encima de su ceja, destacaba una cicatriz larga, desde esta hasta la cien.
- ¿Burbuja me dijiste? – seguía sin entender nada.
- La misma – me respondió entre dientes, mientras la pequeña bomba no lograba mantenerse y explotaba emitiendo un sonido agudo y chillón, que supongo, sólo yo podría escuchar.
- Te vuelvo a repetir… Ya me olvidé.
- Es normal que estés confundido.
Aunque sabía que ya no estaba vivo, escucharlo de otra persona hacía que los pelos se me pusieran de punta… o bueno, lo que sea que estaba sintiendo en ese momento, porque para ser sincero no sentía nada en mi cuerpo.
- Bueno, te tengo noticias. En lo que estamos ahora, se llama limbo.
- Y este limbo… ¿Por qué se produce? – le pregunté. El ave de la curiosidad me había picado intensamente.
- Bueno, no lo sé exactamente, pero tengo entendido que las personas que mueren de forma violenta y no alcanzan a solucionar sus problemas en la tierra bueno… pues están aquí.
- ¿Podrías dejar de decir bueno en cada frase?
- Bueno – se burló la chica, esbozando una sonrisa extraña, que dejaba ver que faltaban un par de dientes en su sonrisa. Tienes que entender que no es fácil de explicar… y a ti te veo un poco asustado.
- Normal, me despierto y veo a mi propio cuerpo en frente de mis ojos ¿Qué esperas?
- Bueno
- ¡Deja de decirlo!
- Perdón, hace mucho no hablaba con alguien y bueno…
Estaba cansado de escuchar la palabra, pero que se hacía, no entendía absolutamente nada.
- Para que lo entiendas más fácil – continuó la adolescente mientras mascaba y mascaba el chicle, creo que ya no le quedaba ni un gramo de azúcar. No sé que hay más allá de la muerte, porque llevo vagando en el limbo muchos años. Pero puedo decirte que mientras estás acá, no depende sólo de ti volver.
- ¿Volver? Barájamela despacio porque hay muchas cosas que no entiendo, me estás dando mucha información para tan poco tiempo.
- Bueno, el limbo es un lugar peligroso. No estamos ni aquí ni allá. No podemos descansar en paz y nuestra alma queda vagando por el mundo terrenal sin poder establecer contacto con la gente. Aún así, me he dado cuenta con el tiempo de una cosa.
- ¿Cuál? – pregunté curioso.
- Bueno, en este lugar… puedes adquirir muchos conocimientos.
- ¿Qué clase de conocimientos?
- Bueno, es lo que sigo tratando de descubrir. Por ahora, te puedo decir que en este lugar habitan seres extraordinarios, pero mucho cuidado… hay algunos que se camuflan en el bien.
- Vas muy rápido Burbuja. No sé ni siquiera que ha pasado ¿No te das cuenta que estoy en shock?
- Ya te dije que te veía un poco asustado. Lo primero, es que tienes que aceptar que estás muerto.
Abrí los ojos dirigiéndome hacia mis manos. Aunque observaba mi cuerpo completo, no podía obviar el hecho de que frente a mí estaba mi verdadero cuerpo inerte.
Intenté abrazar a mi madre.
Intenté abrazar a mi amada.
Las extremidades traspasaron, de nuevo.
¿Veredicto? Efectivamente, estaba muerto… y aún más, muerto de ganas por entender las palabras de mi nueva conocida.
- El segundo paso – siguió hablando la pelirroja, no dejaba de exprimir el chicle. Es entender, que en el plano en el que nos encontramos, están habitando todas las personas que murieron de forma violenta.
- Y estando en un hospital ¿Por qué sólo te veo a ti?
- ¡Lávate los oídos! Muerte violenta, dije. Estoy segura de que sabes lo que eso significa. Aunque puede que no veas a toda la gente y para allá iba. El tercer punto, tienes que tener cuidado con quién tratas. Eres nuevo y varias personas van a tratar de aprovecharte de ti. Dicho esto, tienes que tener cuidado con las cosas que parecen buenas y se ocultan detrás de formas dulces.
- ¿Cómo tú?
- ¡Serás imbécil! Soy solo una dulce niña que murió aquí por culpa de una imprudencia.
- ¿Y quién no me dice que eres algún demonio intentando engañarme? – bromeé para intentar romper el hielo.
- Me gusta tu actitud, vas comprendiendo.
- Bueno, dejémonos de tantas formalidades y pasos. Me hablaste de una serie de conocimientos, aún no estoy al tanto de eso.
- ¡Ajá! Ahora eres tú quien dice bueno.
Sacudí la palma de mi mano contra mi frente. Absorbo mucho de los demás en poco tiempo. Algo que jamás me ha gustado, pero he tenido que convivir con ello durante toda mi vida.
- Cómo te dije, aún no lo sé bien, pero – se produjo un intenso silencio, donde curiosamente dejé de escuchar los sollozos de mi madre y mi novia. Pero créeme cuando te digo que no todas las personas son buenas aquí, en el limbo.
- ¿Podrías dejar de dar tantos rodeos? ¡Escupe!
- Bueno, he visto almas que saben agarrar cosas físicas del plano terrenal, curar enfermos, lograr que los demás puedan alcanzar el descanso eterno y muchas cosas de bien. Pero hay otros, que se dedican a firmar pactos, que se roban tu alma, que se comprometen contigo a hacerte llegar a la luz y terminan estafándote, vendiendo toda tu integridad. Hay otros más fiesteros, que les encanta asustar humanos, aparecer en casas, espejos y ciertos elementos que tienen algo de sinergia o conexión con nosotros. Ahora que estás de este lado, tienes que decidir lo que quieres hacer. Si trabajar para volver allí o quedarte para aprender muchas cosas.
Me quedé por un momento quieto, pensando seriamente. A pesar de que ya no estaba vivo, parte de mi se sentía feliz, con una pequeña esperanza de volver con mi querida Abi, que estaba sufriendo mucho en esos momentos. Tenía que volver a su lado. Teníamos tantos planes juntos… no quería abandonarla.
- Oye ¿Quiénes son las que te están abrazando? – preguntó la chica, con la mirada puesta en mi cuerpo inconsciente y las dos mujeres al lado.
- Ah sí, una es mi madre, la otra es mi novia, la mujer más hermosa que mis ojos han visto. Tienes que decirme cómo volver de la manera más rápida, porque necesito volver a su lado.
- La quieres mucho ¿Verdad?
- No la quiero, la amo. Abril es mi todo. Es la persona con la que quiero despertar cada mañana. Es la mujer con la que me quiero casar, para pasar el resto de mis días…
- Pfff – interrumpió Burbuja, sin un ápice de vergüenza. Yo creía que esos cuenticos de amor solo se daban cuando uno era un niño, pero te veo tan convencido.
- ¡Hey! ¿Con qué derecho una pequeña como tú se dirige a mí de esa manera?
- Quizás me veas como una niña, pero he vivido mucho aquí en el limbo y he visto tantas historias de amor fallidas, por eso te digo, ya estás de este lado… no te daré muchas esperanzas.
- Eres muy graciosa ¿sabes? – Le dije, sin esperar el chaparrón que se venía. Ya me dijiste que existen almas que sabían volver al plano terrenal, tienes que enseñármelas.
- Bueno, lamento decirte esto, y para allá iba. En el limbo hay que cumplir unas reglas. Una de ellas, es la instancia mínima.
- ¿Y como de cuánto estamos hablando?
- Bueno, al menos cinco años.
- ¿Qué? ¿Estás loca? ¡Yo no puedo durar tanto tiempo aquí! ¿Quién demonios impone esas reglas? ¡Necesito hablar con él o ella!
- Bueno, las pondrá algún tipo de dios o como lo quieras llamar. Pero nadie lo conoce, nadie lo ha visto.
- ¡Esto es el colmo! ¡Es inaudito!
- Bueno, no fue tu elección venir aquí. Tienes todo el derecho de alterarte, pero cuidado… mucho cuidado con las almas que te ofrezcan volver así porque sí.
- Entiendo ¿Pero entonces qué hago?
- Bueno, podrías estar junto a mí, mientras te acostumbras a la estadía. Después puedes caminar por tu cuenta.
- No me estás entendiendo ¿Qué puedo hacer para intentar aprender a devolverme? Tengo entendido que apenas pasen los cinco años sino tengo la habilidad parta volver, no lo podré hacer.
- Estás en lo correcto. Pero como te dije antes, volver no es algo que dependa única y exclusivamente de ti.
Quedé pensativo. Ella se percató de eso y procedió a seguir con su explicación.
- ¿Ves tu cuerpo? Podrías intentarlo todo para salir, pero si allá afuera, donde ellas habitan, deciden desconectarte para no mantenerte en estado vegetal… ahí tendremos un grave problema, porque no podrás volver y tampoco trascender.
- ¿Cómo?
- Sí, para trascender debe haber algún vínculo aún entre el plano terrenal y el limbo, ese vínculo es el cuerpo. Seguimos atados a él, aunque no sabemos cómo. Si esa “antena” desaparece, nos quedamos vagando por la eternidad… y cómo te he dicho, hay almas muy poco agradables.
Quedé aturdido. Me acababa de enterar que estaba muerto, seguido de que me encontraba en un lugar poco amable y para finalizar, ahora tenía que preocuparme por las decisiones que mi familia pudiera o no tomar sobre mi cuerpo. Estaba entre la espada y la pared.
Le dirigí una mirada algo preocupada a mi nueva compañera.
- ¿Te puedo preguntar algo? – le dije.
- Adelante.
- Me dices que llevas mucho tiempo aquí ¿No?
- En efecto.
- ¿Por qué no volviste?
- Bueno, es una buena pregunta – me afirmó sin siquiera mirarme a los ojos. Para eso tengo que contarte una cosa. Hace quince años, tenía trece. Habitaba en Coliflor con mi familia. Un día, mi padre tuvo una idea que nos encantaba. Ir a pescar al río más cercano. Todos mis hermanos alistaron las cañas, las carnadas para que todo estuviera listo. Curiosamente, mi hermano pequeño Milton, no quería ir. Estaba algo asustado porque jamás en su vida había experimentado esa sensación. Lo motivé a que fuera… que ingenua. Ya en el sitio, lanzamos todas las cañas cargadas. En algún momento, busqué a Milton con la mirada. Su timidez era algo particular y no podía dejarla pasar por alto. Lo animé a sujetar la caña, pero un pez de un tamaño descomunal, lo jaló. Cayó al caudal, inundado de corriente. Cuando lo vi luchar por su vida, un sentimiento brotó dentro de mí. Ni mi padre, ni los demás quisieron hacer algo. Yo me lancé hacia el agua, a rescatarlo. Caí junto a él y lo abracé. Lo sujeté en mis brazos, luchando para sacar su cabecita del agua. La que resultó ahogándose fui yo. Mi cabeza se estampó contra una piedra en al camino y no tuve salvación alguna. La corriente me arrastró y durante todo el recorrido estuve viendo mi cuerpo, así como lo haces ahora. En resumen, nunca tuve un cuerpo al cuál volver. Desapareció, inundado por el agua.
- Qué desafortunado.
- Lo sé, tu al menos estás a tiempo de redimirte. Tienes cinco años para convencer a tu familia de que te deben esperar.
- ¿Cómo puedo hacerlo?
- Aprendiendo, conozco al indicado.