La decisión

1586 Words
Mientras descubría los misterios que implicaban la estadía en el limbo, mi familia armaba un debate interno sin yo saberlo. Llevaba ya dos días en coma. Los médicos decían que la posibilidad de que despertara era muy mínima. Pero como siempre, los sentimientos implicados permiten tener algo de fe. Quizás me amaban más de lo que yo pensaba. Estuvieron analizando la situación con todos los miembros de la casa. Empezando por mi abuela Gertrudis. Una mujer de basta experiencia. Había dado a luz a once hijos cuando aún era joven y esbelta. No digo que ya no fuera esbelta, pero sus ochenta y cuatro años ya le habían pasado factura en su físico. Eso sí, de salud impecable. Se había cuidado toda su vida. Nunca fumó ni hizo nada perjudicial para su salud. En cambio, cuidaba su cuerpo con ejercicio. Ella veía color n***o la situación. Era comprensible. Acababa de perder a su nieto favorito (o eso quiero pensar) de un día para otro y las palabras de los profesionales la desalentaban. Pero se plantaba firme en que no había necesidad de desconectarme. Costara mucho o poco los cuidados médicos, ella no se rendiría hasta verme de nuevo vivito y coleando. Siempre me cuidó. Me regalaba todo lo que le pedía. Era muy creyente, aunque respetaba cualquier otra versión de la fe y la espiritualidad. Esa era su mayor motivación para creer que yo podría despertar en cualquier momento. Recuerdo que, a mis quince años, no tenía ni idea a que me dedicaría en un futuro. Todos me hablaban de estudiar una carrera profesional. En ese tiempo la ingeniería de petróleos y todo lo relacionado se había puesto de moda. No me sonaba ninguna de las ideas que me planteaban. Contador, médico, administrador de empresas, me hablaron de tantos caminos que nunca me despertaron ninguna pasión. Yo lo que quería era ser un ciclista de BMX. Había entrenado desde pequeño y me estaba preparando para competir primero a nivel municipal, luego a nivel departamental, apuntarle a un nacional, posteriormente a un panamericano y finalmente mi sueño difícil pero no por eso inalcanzable, participar en unos juegos olímpicos. Era un deportista incomprendido. Mis padres siempre creyeron que yo entrenaba por diversión, por sentir la adrenalina. Nada más alejado de la realidad. ¡Claro que me encantaba sentir la sangre agitada mientras daba piruetas en la bicicleta! Pero no era mi objetivo principal. Como todo joven, quería comerme el mundo. Ser reconocido a nivel nacional. En todo el proceso que llenó de dudas mis sueños, Gertrudis, esa señora luchadora fue la única que me apoyó. Me recomendó que siguiera por el camino del deporte y no me dejara amedrentar de nadie. Abandoné esa idea impuesta de asistir a una universidad y seguí entrenando fuerte. Al día del accidente, había competido en numerosas competiciones municipales, donde era uno de los más destacados junto a mi amigo Gabriel. Había llegado a los departamentales a representar a mi querida Coliflor y una medalla de oro avalaba mi victoria en una prueba que me había costado sudor y lágrimas. Me enfrentaba allí a personajes que habían entrenado toda su vida en un club, con coach profesional y demás. Yo, un simple amateur que no sabía ni siquiera los tecnicismos y había sido autodidacta toda mi vida, les había arrebatado su preciado oro. En mi primer nacional no me fue tan bien como esperaba. Ni siquiera logré clasificarme para disputar una semifinal. Los otros departamentos tenían mucho nivel, pero yo me sentía orgulloso de representar mis raíces. Fue en Medellín, la capital de Antioquia. Me inscribí y gasté de mis ahorros para poder participar. Los viáticos corrieron por mi cuenta. No tenía representante, club, nada. En la grada la única que me hacía fuerza era mi querida Abi… ¡Cómo la quiero! Es el amor de mi vida ¿Ya lo había dicho? Ejem… perdón, me desvié del tema. Para no hacer el cuento más largo, mi abuela fue una de las que se opuso para que se me dejara intacto, así que tuviera que meter mano al bolsillo de la pensión para poder mantenerme respirando de manera artificial. Luego, estaba mi madre. Quizás la que más había sufrido en las últimas horas. Desde que se enteró del accidente no paraba de llorar. Nuestra historia es peculiar. Nunca fuimos íntimos, amigos ni nada por el estilo. Tal vez porque pasó seis años de mi vida alejada en un trabajo en la capital del país, Bogotá. Sólo hasta que entré a la adolescencia, descubrí el sacrificio tan grande que había hecho. Era una cosa de locos. Limpiaba al menos cinco casas en el día para mandar el dinero suficiente para cuidarme y que no me faltara nada. Aún así, nunca me lo echó en cara. Es un ángel caído del cielo. Cuando mejoré mi relación con ella, otro problema se nos atravesó en el camino. Sufrió una gran decepción debido a que yo no quería seguir los pasos de cualquier adolescente. Como dije en el punto anterior, la idea de estudiar no era algo que me apasionara y soy partidario de que uno debe hacer lo que le gusta, más no lo que le toca. Se ofreció de una y mil maneras a pagarme la universidad, a llevarme por los mejores campus para ver con cuál me quedaba, pero nada hizo efecto en mí. Lo único que yo quería era montar la cicla y olvidarme de todos mis problemas. Con el tiempo, observó que en realidad no era un pasatiempo más, y empezó a confiar en mí. Tengo que decirlo, no fue para nada fácil. Ahora, al ver que el deporte había causado la tragedia, entiendo que se lamentara, de no haber sido más insistente en sus palabras. De no haber cambiado mi rumbo como quería. Era una marca que le quedaría sin cicatrizar por los restos de sus días… si no despertaba. Estaba totalmente en contra de que se me desconectara, al igual que mi abuela. A pesar de los miles de advertencias de los médicos. Después, se encontraba mi tío Uriel. El hombre siempre fue un amargado de pacotilla. No lo soportaba. Me parecía engreído, altanero y un patán con las mujeres. No puedo negar que en mi infancia había sido un gran soporte en el cuál apoyarme. Me enseñó a jugar fútbol, andar en bicicleta, incluso a nadar. Pero eso no quita que con el tiempo nuestra relación se fue agrietando hasta el punto de que, a pesar de vivir en la misma casa, sólo nos dirigíamos el saludo. Era borracho, aunque nunca llegaba en ese estado a la casa, por miedo a lo que la abuela pudiera decirle. Eso sí, lo pillé mal parqueado varias veces y fui con quejas a mis familiares… ahora que lo pienso, es por eso que no le caigo bien… pero bueno, no soy monedita de oro. El hombre siempre me trató de vago por no querer estudiar, aunque paradójicamente, era mantenido a sus cuarenta años por su madre. Uriel tampoco era del agrado de mi bella Abril. Me decía que tenía un aire de violencia que no iba para nada con el ambiente de nuestra familia. A pesar de todo, no lo odio, sólo siento que nunca se le dieron las cosas y se desquita con las personas que no debe. Él fue enfático en que no se contaba con los recursos suficientes para pagar mi mensualidad en el hospital, sin saber si me despertaría. Intentaba convencer a todos de que yo ya era un vegetal, que mi cuerpo ya daba señales de muerte cerebral (aunque era una patraña absoluta). ¿Lo entiendo saben? Puede ser que mi nacimiento le quitara ciertos privilegios en la familia, y aunque… no, no, no me quiere por decirle a mi abuela que era un borracho, no tengo que darle más vueltas al asunto. Las miradas de las dos mujeres apuntaban a mi tío violentamente, aunque muy en el fondo sabían que había algo de razón en esas palabras. Mi padre se sumaba a las voces que clamaban piedad para dejarme vivir. Había sido la persona que nos había vuelto a unir con mi madre. Mejor dicho, la ausencia de mamá la suplió siempre. Don Armando, reconocido en todo el pueblo por ser uno de los mejores sino el mejor contador de la ciudad. Sus palabras desgarraban dolor, pero no se podía dar el lujo de que todos en la casa escucharan cómo por dentro estaba totalmente destruido. Se opuso rotundamente a la idea de mi tío de dejarme descansar en paz. La última persona que habían considerado para que integrara el debate sobre lo que pasaría con mi cuerpo, no era alguien perteneciente a la familia. Era mi hermosa Abril. No había parado de llorar al igual que mi madre. Era entendible, había perdido al mejor novio del mundo (por si no queda claro, soy yo) muy joven, y sentía que el mundo que tenía planeado se caía a pedazos. Cada plan, cada salida, cada beso, había sido enterrado. Curiosamente, ella estaba más del lado de mi tío que de los demás. Su teoría decía que desconectándome descansarían todos. Tanto yo, como ellos. Tenerme conectado a los aparatos más que una tortura por los gastos en equipos médicos y demás, iba a ser agotador y depresivo, viendo que la medicina arrojaba que no había posibilidades. Me amaba, pero así mismo necesitaba elegir lo mejor para mí y para ellos. Aunque me perdiera. Aunque me perdiera para siempre.
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