París

1099 Words
La primera vez que visité a mi Abril, sin estar presente en cuerpo, la observé por la ventana de su habitación. No estoy seguro si ya les conté que estando en el limbo, con un poco de entrenamiento, puedes volar a tu antojo. ¡Sí volar! Parece utopía lo que estoy diciendo, pero es la verdad. Puedes recorrer el mundo a tus anchas. La energía es ilimitada. Si te preguntas qué comemos o cómo descansamos, existen alimentos en este mundo, pero uno come más por la sensación de estar lleno y pleno, porque, obviamente no se necesita de ningún alimento ni nada por el estilo. No consideramos el sueño como algo vital… porque pues, ya estamos muertos. Por lo tanto, tenemos las 24 horas del día disponibles para hacer cualquier cosa. Los primeros días, como dije anteriormente, me dediqué a entrenar. Mi compañera logró que, en tiempo récord, realizara control de mi alma. Es algo difícil, lo acepto. Hay que tener mucha concentración y voluntad para lograrlo. En mi primer vuelo, me costó mantenerme a flote. Esa energía que se maneja en el limbo, tiene un factor clave, que reitero, es la concentración. Si tu por un momento te desconcentras, aunque sea un poco, al suelo vas a dar. La clave era concentrar todas las emociones en el estómago, o eso fue lo que Burbuja me decía. Yo lo trataba de hacer, pero no me resultaba. Al principio me frustré, porque no podía disfrutar el paseo a mis anchas por cualquier zona. Pero poco a poco fui nivelando mis energías para que por fin me pudiera elevar e impulsarme por los cielos. Realizaba todas las maniobras posibles, giraba, daba mortales, era una locura. La frescura y libertad que se siente es inigualable. No es que diga que estar muerto se sienta mucho mejor, porque en el limbo no estaba Abi… ¡Sí mi Abi! Ya recordé de lo que estaba hablando. Llegué volando a la ventana de su cuarto. Estaba sentada frente a su espejo, peinándose, con los ojos llorosos. Quería estar ahí, abrazarla y decirle que todo iba a estar bien, que pronto estaría a su lado disfrutando de lo lindo que es la vida. Sé que no me escuchaba, pero aún así intenté hablarle. - Abril, vida mía – aseguré mientras observaba su rostro perfecto. Atravesé la ventana en busca de sentir su presencia más cercana. - ¿Cómo has estado? ¿Me has extrañado? – pregunté, esperando ingenuamente una respuesta de regreso, pero solo el silencio adornaba la habitación. - Sé que piensas que me has perdido, pero no es así. Estoy aquí para ti. Te cuidaré y en cinco años volveré a tu lado, volveré para que podamos viajar a París, como lo habíamos planeado desde un principio. Volveré para que podamos montar nuestra empresa de postres con la que tanto soñábamos. Desde aquí te extraño mucho más que nunca. Has sido lo mejor que me ha pasado y te lo juro que no descansaré hasta volver contigo… ¡Tienes que esperarme! Ella seguía peinando su cabello. Su mirada lucía más triste que en el hospital. Los ojos estaban a punto de estallar, pero no lo hacían. - Hazlo reina, si tienes que llorar, hazlo. Nadie está aquí para juzgarte. Deja de aparentar fuerza, porque es necesario soltarlo todo. Como si me hubiera escuchado, una lágrima se empezó a escurrir saliendo lentamente de su ojo derecho. Un río se formaba en las mejillas. Pronto, hasta la boca llegaron las lágrimas. Se agarró la cara con las dos manos intentando secarse, pero aún así no podía dejar de hacerlo. Sollozaba y los gritos eran desgarradores. - ¡No amor! ¡No tienes porque sentirte así! Estoy acá, solo tienes que ser paciente y esperarme, no hay nada más que hacer – le decía, ingenuo, pensando que mis palabras harían eco en sus oídos. De pronto, la chapa de la puerta de su cuarto giró y rechinó en todo el lugar. Mi suegra, Angélica, entró. Siempre había estado agradecido con ella, por traer al mundo una hija tan hermosa como Abi. Siempre me trataron bien en esa casa. Puedo entender que al principio tuvieran sus dudas, porque según el mundo, una persona que realiza sacrificios para ser deportista profesional, es alguien con aspiraciones ilógicas, y no es un buen partido por así decirlo. Aún así, me sentí respaldado por ellas cuando les comuniqué mi decisión de aventurarme en las pistas de bicicross. La escuchó llorando y se sentó a su lado. Yo también hice lo mismo, aunque no lo notaran, ahí estaba. - Sé que es algo muy difícil lo que estás viviendo – le comentó Angélica mientras apoyaba el brazo en su hombro derecho, con las mismas intenciones de llorar. Sé, que has perdido un amor, estando tan joven. Y no hay peor dolor. Pero tienes que ser fuerte y tratar de alzar la cabeza para seguir con tu vida. Abril simplemente la miró triste. El tono de voz de su madre se desvanecía en cada palabra. La pasaba mal si su hija estaba destrozada. - ¿Cómo que continuar con su vida? – le pregunté a la señora, parándome en frente de ella, aunque nuevamente, no caía en cuenta de que no me estaban ni siquiera viendo. - Hija – su voz se quebraba a pedazos. No te pido que sea ahora, pero tienes que volver a sonreír en algún momento. Mortificarte no servirá de nada, menos por… - Lo sé – la interrumpió Abi, forzando su respiración porque los mocos no la dejaban expresarse con claridad. Sé que no me puedo quedar lamentándome toda la vida, pero aún así tienes que entenderme. - Yo… venía a comentarte algo. Quise llorar. Me destrozaba el alma verla tan triste, sabiendo que absolutamente todo lo que estaba pasando era culpa mía. No tenía intenciones de interrumpir más en la conversación (aunque no lo estaba haciendo, era muy triste que no me pudieran escuchar) hasta que la siguiente frase me heló la sangre que corría por mi… ¡Qué idiota! No tengo ni sangre ni cuerpo. - ¿Quieres adelantar el viaje? – preguntó mi suegra. Abrí los ojos en señal de sorpresa. - Aunque no lo quiero hacer, siento que sería lo mejor mamá. - Yo también lo creo. Hablaré con tu padre para que compre los boletos lo más pronto posible. Tienes que despejar un poco tu mente y vivir hija… que aún estás muy joven y París puede ser el destino perfecto para olvidar la tragedia que ha ocurrido. «¿París? ¿Piensa dejarme?»
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