—Me has traído un café — comentó el señor Kidman mientras subíamos en el ascensor — ¿acaso quieres ser la favorita del jefe?
Comencé a reír por su comentario ¿quién se creía este hombre? a mí no me importaba su nombre, su dinero o su posición y si había sido amable con él era solo para ganar una batalla contra mi madre y su entrometida amiga, no para agradarle, realmente eso era lo que menos me importaba.
—Parece ser que el café lo hace alucinar, señor. Yo le recomendaría dejarlo si es así — contesté en tono de broma, aún con la mirada fija hacia las puertas, esperando a que se abrieran.
—Creo que no es el café, pero estoy casi seguro de que es una droga — contestó él mientras me miraba.
Las puertas se abrieron y él fue el primero en salir, yo le seguí, olvidando por completo lo que había dicho.
—Creo que eres menos inteligente de lo que creí — dijo él en la entrada de su oficina.
—Se equivoca, señor. En realidad soy menos estúpida de lo que usted se imagina.
Me senté en mi puesto, otra vez solo admirando la blanca pared que se encontraba en frente de mí, apenas era el segundo día pero ya comenzaba a pensar que sinceramente no iba a poder con esto, el aburrimiento era extremo y lo era del tipo de persona que gustaba de perder su tiempo en el trabajo, me resultaba algo bastante irrespetuoso, me hacía sentir incómoda la sola idea. No obstante la puerta del elevador se abrió media hora después, me pareció extraño, no se me había informado nada al respecto, pero tratándose de Patricia (que era quien estaba en la entrada) no me extraña para nada, esa mujer es un fastidio.
—Buenos días ¿en qué puedo ayudarle? — pregunté inmediatamente mientras me colocaba del pie.
Era un muchacho de cabello n***o, de tez blanca y ojos azules, tenía un gran porte y algo en él se me hacía familiar.
—Necesito ver al señor Franco Kidman — respondió él de manera cortante, sin un buenos días, ni un hola «Un patán» pensé inmediatamente.
—¿Tiene una cita? — pregunté tratando de sonar lo más amable posible.
—No necesito una cita — contestó él con su tono arrogante.
—Creo que todos necesitan una cita, no pueden venir y solo exigir — respondí cansada de él.
—Tú no sabes quién soy yo...
—¿Alguien con complejo del padrino? — interrumpí con una sonrisa burlona escapándose de mi boca.
—Hablas mucho...
—Usted igual, no puede pasar si no tiene cita
—Yo... — comenzó a decir él, podía notar que estaba perdiendo la paciencia, pero a mí aún me sobraba.
—Usted no puede entrar si no tiene cita — intervino el señor Franco abriendo la puerta.
—No seas tonto, papá — respondió el muchacho mientras se acercaba a él y le daba un abrazo.
Me puse roja de la vergüenza, en mi defensa no sabía que él era su hijo, no tenía ni la más mínima idea, ni siquiera sabía que tenía un hijo. Pero allí estaba eso que se me hacía familiar y es que eran casi iguales físicamente, el cabello, los ojos, las facciones, la arrogancia. Aunque he de admitir que el señor Franco es mucho más agradable o al menos se esfuerza por serlo.
—Él es mi hijo, Adrián Kidman — se dirigió hacia mi el jefe — y ella es Sarah, mi nueva secretaria, es una pasante — agregó dirigiéndose al muchacho.
—Un placer conocerlo — dije con una falsa sonrisa muy poco creíble.
—Si ajá — contestó él notando mi falacia — agenda una cita — dijo finalmente para entrar a la oficina.
—Lo lamento mucho ¿nos preparas dos cafés? — preguntó mi jefe mientras me miraba.
—No se preocupe, señor. No hay problema — contesté dirigiéndome inmediatamente a la cocina.
Me sentía como Shrek, pasé de estar roja de la vergüenza a estar verde de lo molesta, todo lo hacía con desagrado, solo pensar en ese tal Adrián me revolvía el estómago «Todos los Kidman deben ser unos imbéciles» pensé mientras servía el té en las tazas.
Me dirigí hacia la oficina, pero como había visita esta vez toqué con el pie.
—Pasa adelante — dijo el señor Kidman de manera inmediata y en voz alta.
—Con permiso — dije antes de entrar a la misma con la bandeja entre mis manos, la coloqué en la mesa y me dispuse a salir inmediatamente del lugar.
—¿Cuántas veces lo has escupido? — preguntó Adrián volteando a verme, diciéndolo como si la pregunta fuese en serio — no te preocupes, igual no lo voy a beber.
—Disculpa los malos modales de mi hijo — intervino el señor Kidman, quizás para evitar que abriera o mi boca o porque en serio le resultaba una situación bochornosa.
—No se preocupe, señor. No tiene porqué disculparse, sucede hasta en la mejores familias — lo miré mientras sonreía y salí de la habitación.
Una vez en mi puesto mis piernas temblaban «Me van a despedir, ahora sí es cierto que mamá va a arrastrarme por el pelo limpiando las calles conmigo» lo peor es que una parte de mí sentía que Patricia se iba a enterar de lo sucedido y se lo iba a contar a mi mamá, parecía una niña estúpida preocupada por algo como eso. Quizás ya era momento de abandonarla «No puedo».
—Hasta luego, señorita — dijo Adrián saliendo de la oficina del jefe.
—Hasta luego, futuro señor Kidman — contesté mientras lo miraba.
—Si de aquí a ese entonces necesitas trabajo no dudes en llamarme — respondió él mientras se subía al elevador.
—Claro, lo tendré en cuenta.
El elevador se fue y con él mis miedos aumentaban, solo podía imaginarlo encontrándose con Patricia en la parte de abajo y hablando durante horas de la mala persona que yo era.
—¿En serio escupiste el café? — preguntó el señor Kidman antes de volver a su oficina.
—¿Realmente cree que haría algo así? — pregunté de vuelta.
—Sin comentarios.
«Me deben ver como un monstruo»