—No te lo he preguntado, pero… —vaciló Oliver mientras arrastraba el carrito de compras—. ¿Mi hermanita tiene novio? Digo, para saber si debo esperar visitas sorpresas o flores para ti en algún momento.
Su pregunta quemó en mi interior y aunque Oliver lo preguntaba de forma casual, me hacía sentir como si él supiera la verdad de mi relación con Hunter y mi viaje hasta aquí. Me limité a negar con la cabeza mientras tomaba un paquete de galletas de la estantería y lo dejaba dentro de nuestro carrito de compras.
—No, no tengo —dije sin más luego de unos segundos en silencio—. ¿Y tú tienes novia?
Oliver ladeó su cabeza y me miró de reojo, midiendo sus palabras antes de hablar.
—Digamos que tengo una amiga s****l.
Liberé una fuerte carcajada al escucharlo y me detuve abruptamente mientras él también reía a mi lado. Su respuesta logró relajarme y sacar el sabor amargo que su pregunta había dejado, lo que me hacía sentir muy cómoda en compañía de él.
—¿Y cómo funciona eso? —pregunté intrigada y Oliver solo se encogió de hombros, para luego mirarme con picardía—. Olvídalo, prefiero no saber —agregué rápidamente.
—Creo que es lo mejor —me guiñó un ojo en respuesta—. Además tú no tienes permiso para tener un amigo s****l.
—¿Cómo que no? —refuté. Oliver me escudriñó con sus ojos verdes y luego negó con la cabeza.
—Solo tendrás permiso si Theo está de acuerdo.
Bufé en respuesta, porque mi padre definitivamente nunca estaría de acuerdo con algo por el estilo, de hecho creía que era muy conservador para avalar esas cosas.
Oliver y yo terminamos por llenar nuestro carrito de compras y nos dirigimos a la caja para pagar lo que llevábamos, que básicamente eran muchas cervezas, frituras y alguna que otra necesaria, como pan y leche.
—Buenas tardes —saludó Oliver a la señora detrás de la caja—. Le presento a mi hermana, viene desde California.
Abrí mis ojos un poco más de lo normal al escuchar a Oliver hablar de mi de esa forma, tan cálida y como si nos conociéramos de toda la vida. Sonreí a la señora que me miraba con simpatía.
—Que bueno conocerte —dijo con una sonrisa en los labios—. Soy amiga de Mabel, por lo que seguro estaremos viéndonos una vez ella vuelva de su viaje con Theo.
—Claro, es un placer conocerla —dije con amabilidad.
Oliver y yo terminamos de guardar nuestros productos en una bolsa reciclable y luego de despedirnos de la amiga de Mabel, salimos del supermercado entre bromas y risas sobre la amistad s****l que él mantenía.
—Entonces hoy será mi presentación ante la sociedad —bromeé una vez nos subimos al automóvil. Oliver se carcajeó y asintió con la cabeza en afirmación—, y supongo que conoceré a tu amiga especial.
—Eso de seguro, ya que siempre está en mis fiestas —se mordió el labio inferior y comenzó a conducir en dirección a casa.
(...)
—¿Esto es importante? —pregunté señalando un horrible jarrón n***o con siluetas de hojas en dorado.
—Diría que es mucho más importante que mi propia vida, pues mi madre lo trajo desde China —dijo Oliver dibujando una sonrisa en sus labios—. Puedes dejarlo en la habitación de mamá, ya que ahí nadie entrará.
Asentí con la cabeza y llevé con cuidado aquel objeto hasta la habitación que mi padre compartía con Mabel. Se me hacía extraño estar en aquel lugar, pues yo a ella no la conocía, a pesar de que llevaba casi tres años de matrimonio con mi padre. No sabía cómo era, qué le gustaba, si era simpática como su hijo o si en secreto me odiaba por ser la primogénita de su marido.
—¿Aurora?
—¡Ya voy!
Salí del aturdimiento al escuchar el llamado de Oliver, por lo que dejé el jarrón sobre la cama matrimonial, junto a otras cosas que Oliver y yo estábamos escondiendo antes de que los invitados lleguen, y luego salí de aquella habitación.
—Creo que no hace falta guardar nada más —dijo el castaño cuando llegué a su lado.
—Quizá deberíamos sacar la alfombra, alguien podría derramar cerveza o incluso vómito —sugerí con diversión al ver la cara de asco del castaño. Oliver asintió de inmediato ante mi idea y tomamos juntos la alfombra para sacarla con cuidado.
—Ya decía yo que me hacía falta conocer a mi hermanita.
Sonreí ante sus palabras, pues aunque aún la noticia estuviera fresca, me agradaba sentir que ya no estaba tan sola en el mundo, que tenía una familia más allá de mi padre y mi madre que descansaba en paz.
Oliver y yo llevamos la alfombra con sumo cuidado hasta la habitación donde ellos guardaban millones de cosas innecesarias y la dejamos en una esquina. Mi celular vibró anunciando una llamada entrante, por lo que tomé el aparato desde el bolsillo trasero de mis jeans y contesté al ver que se trataba de una llamada de mi padre.
—¡Hola, Aurora! —saludó él con ánimo.
—Papá… —musité con la voz entrecortada debido a que sentía las palabras atoradas en mi garganta. Oliver notó mi incomodidad y en silencio le agradecí el hecho de dejarme sola dentro de aquel cuarto de cosas innecesarias—. ¿Qué tal están?
La señal hizo de las suyas y no logré escuchar con claridad lo que él decía. Ya estaba acostumbrada a que nuestras conversaciones fueran así, con interrupciones, pero justo en ese momento necesitaba conversar con él algo muy importante, como el hecho de que ahora yo tenía un hermano del cual no sabía su existencia hasta hace un par de horas.
—¿Me escuchas bien, hija? —preguntó de pronto.
—Sí, te escucho… —susurré—. Debemos hablar de algo importante, papá.
—Sí, dime —dijo. Escuché un alboroto al otro lado de la línea y luego él volvió a hablar—. Creo que acabo de encontrar señal sobre una montaña de troncos caídos.
Sonreí al imaginarlo buscar señal como loco y luego suspiré, pensando en que no debía ser injusta con mi padre y tenía que intentar entender por qué había decidido no contarme sobre la adopción de Oliver. Este era el momento preciso para ser una persona madura.
—¿Sabes? Hoy descubrí que tengo un hermano.
Papá suspiró y aclaró su garganta, acto que solía hacer cuando se sentía nervioso o presionado.
—Oliver… —susurró—. Lamento mucho no haberte contado sobre aquello, pero… —vaciló un momento—. No quería que te sintieras desplazada o como si yo hubiera conseguido una nueva familia sin ti, porque tú eres parte de mi vida, de mi familia, y pensé que si te enterabas de que Oliver ahora también era mi hijo, sentirías que te estaba reemplazando.
—Te entiendo —musité.
Mis ojos habían comenzado a picar con las ganas de llorar, pues no me sentía lista para esta conversación. En primer lugar, porque él tenía razón, yo habría sentido aquello en su momento, pues en mi mente no se podía procesar el hecho de que papá se hubiera casado en una ceremonia espiritual sin invitados, y además que luego hubiera adoptado a un hijo. Mi yo de hace tres años no iba a entenderlo, pero mi yo del presente sí podía comprender que no todo giraba a mi alrededor y que mi padre merecía ser feliz luego de que la muerte de mamá le dejase un horrible hueco en el corazón.
—Te pido perdón por haberlo ocultado —mencionó luego de mi silencio.
—No te disculpes, de hecho no es nada malo —dije de inmediato—. Es solo que me hubiese gustado saberlo antes de viajar y hacer como si Oliver solo fuera un desconocido —intenté aclarar mis pensamientos mientras hablaba—. Él pensó que yo sabía que éramos hermanos, y pues…
—Lo sé, debo hablar con Oliver también —dijo con un suspiro interrumpiendo mis palabras.
—Eso deberá ser en otro momento, pues en unas horas será mi presentación ante la sociedad —bromeé para aligerar el ambiente—. Oliver hará una pequeña reunión íntima en casa, para que pueda conocer personas.
—¿Pequeña reunión íntima? —preguntó papá con burla—. Ay, hija… Aún no conoces tan bien a Oliver, alias el señor de la noche.
Exploté en carcajadas, pues mi intento por cubrir a Oliver había fallado, y es que al parecer, papá ya sabía que Oliver era un fiestero sin remedio.
—Hablamos mañana, papá —dije luego de unos segundos en silencio—. Iré a ayudarle a Oliver.
—Que lo pasen bien —respondió con entusiasmo—. Hablamos luego, te amo.
—También te amo, papá.
Finalicé la llamada y suspiré, dejando ir el nudo que presionaba violentamente mi garganta. Hice una seguida de respiraciones profundas para calmar mi ansiedad frente a la reciente conversación con mi padre y luego salí de aquella habitación lista para disfrutar de un momento de relajo junto a quien ahora era mi hermano.
—¡No seas idiota, hombre! —chilló Oliver con espanto. Arrugué las cejas con confusión mientras me dirigía rápidamente hacia el origen de aquellas voces.
—Eres un gallina, Oliver.
Asomé mi cabeza en la cocina de la casa y me topé con que Oliver ya no estaba solo, sino en compañía de un rubio tan alto que fácilmente yo le llegaba bajo los hombros.
—Hola —saludé anunciando mi llegada.
El chico llevó su mirada hacia mí y sonrió de medio lado. A simple vista parecía el típico chico malo, pues llevaba puesto unos jeans rasgados y una chaqueta de cuero negra que se ceñía a la perfección a su esbelto torso.
—¿No nos presentas? —cuestionó él en dirección a Oliver, quien miraba a su acompañante con desagrado.
—Ella es Aurora, mi hermana —dijo Oliver a secas—. Y la próxima vez que te cueles por la cocina llamaré a la policía, idiota.
—¡No seas cobarde, Oliver! —chilló aquel rubio dejando escapar una risa tan contagiosa que hasta yo sonreí—. Además, sabes que soy el único que se cuela por la cocina.
—Púdrete —espetó el castaño cruzándose de brazos—. Mejor nos ayudas a ordenar los sillones.
Oliver se volteó para abrir el refrigerador y yo caminé hasta la estantería, en busca de los vasos plásticos que habíamos comprado en la tarde. El rubio desconocido se acercó a mí y sonrió con cordialidad, mostrándose como una persona agradable.
—Ya que tu hermano no nos presentó como corresponde, lo haré yo —ladeó su sonrisa y me pareció de lo más sexy, pero me limité a mirarlo con una sonrisa de labios cerrados—. Soy Finn Patel, el mejor amigo de Oliver. Es un gusto, Aurora.
Su nombre en mis labios salió con tanta naturalidad, que su acento logró seducirme en cierta medida. Asentí con la cabeza y extendí mi mano hacia él en forma de saludo. Cuando su piel tocó la mía, sentí el frío en su mano, lo que contrastó totalmente con el calor en las mías y me provocó una rara sensación.
—Es un gusto conocerte, Finn —dije sin más y liberé su mano de mi agarre.
—Un gusto y la mierda —Oliver espetó frente a nosotros. Ambos reímos ante la intervención del castaño, pues ya comenzaba a acostumbrarme a Oliver—. Vamos, que los invitados ya vienen.