04. Wellington

2215 Words
El mar frente a mis ojos es de un color azul cristalino, lo que me tiene por completo relajada. La brisa choca contra mi rostro y luego en la orilla puedo ver a Hunter, quien por arte de magia no está solo, sino con otra mujer de la mano. ¿Qué diablos? Poco a poco observo en primera fila cómo ambos se acercan hasta quedar a centímetros el uno del otro. Me siento desesperada, pues no quiero ver eso, me causa mucho dolor, pero por más que lo intento, no puedo dejar de hacerlo. Hunter toma el rostro de aquella mujer y la besa intensamente, provocando que yo estalle en lágrimas. —¡Maldito infiel! —chillé espantada. De un solo golpe me senté sobre la cama y fui tomando consciencia de que acababa de tener una pesadilla con el estúpido de Hunter. Había volado más de trece horas cruzando medio mundo y ahora ya no estaba en California, sino en Wellington, Nueva Zelanda. Un extraño sonido logró captar mi atención y observé en dirección a la puerta, desde donde se podía escuchar un rasgueo constante. Arrugué las cejas y me puse de pie intentando no provocar ruido, hasta que abrí la puerta y me encontré con mi maleta en la entrada y a su lado, Mowle, el hermoso Husky siberiano de ojos azules que me miraba con la lengua afuera. —Hola, Mowle —lo saludé y acaricié su cabecita. Algo llamó mi atención y es que colgando de su cuello había un papel. Lo tomé entre mis manos y leí la nota escrita en él. “Aurora, hoy trabajo hasta tarde, pero te dejo escrito mi número de teléfono por cualquier emergencia, no quise despertarte antes de irme. Trabajo en la tienda de mascotas que queda a veinte minutos de aquí, puedes buscarme ahí si necesitas algo. Salgo cerca de las dos de la tarde, de todos modos. Con cariño, Oliver. PD: en la cocina te dejé el desayuno y te agradecería no dejar que Mowle salga solo a la calle” Sonreí al leer el mensaje de Oliver y luego observé al canino que movía su cola frente a mí. —Bueno pequeño, hoy solo seremos tú y yo —el hermoso perrito ladró en respuesta y me pareció lo más tierno del mundo. (...) Me sentía muy extraña al no tener nada que hacer en aquella ciudad, pues en California además de asistir a la Universidad me dedicaba en mis tiempos libres a impartir clases y talleres particulares de Artes, en museos o galerías que me solicitaban. La paga era muy buena, tanto así que tenía una buena cantidad de ahorros en el banco, lo que seguro me permitiría estar aquí un buen tiempo. Cuando terminé de ordenar la habitación de Oliver, bajé hasta el primer piso para toparme con que todo estaba tan ordenado y limpio que parecía que Oliver nunca hizo un enorme desmadre en la casa anoche. —Al parecer, aquí no hay mucho que hacer —hablé en voz alta y Mowle me respondió con un ladrido, siguiendo de cerca todos mis pasos. Decidí hacer caso a Oliver y desayunar, pero antes de comenzar a preparar mi clásico café matutino, mi celular vibró en el bolsillo de mis jeans, anunciando una llamada de un número desconocido, por lo que la contesté de inmediato, ya que podía ser de la Universidad o algo importante. —¿Hola? —Aurora… Aquella voz sólo me provocó girar los ojos con desagrado y formar una mueca con los labios. —Mira, solo quiero saber cómo estás —dijo luego de mi silencio. Bufé sintiéndome agobiada, pues nunca esperé que Hunter fuera un ex novio insistente a tal punto de parecerme tóxico y hasta psicópata. —Estoy bien, pero no quiero saber más de ti, Hunter —aclaré de inmediato—. Sigue tu camino y yo seguiré el mío, tal como habíamos hablado. —Aurora, estuvimos mucho tiempo juntos, yo solo me preocupo al saber que te has ido del país por mi culpa. —Tampoco te creas tan relevante, porque si viajé al otro lado del mundo fue para estar con mi familia —medio mentí—. Así que baja tu ego, adiós. Terminé con la llamada y bloqueé aquel número de teléfono, sintiéndome cansada de su insistencia, pero lo que sí me alegraba mucho era saber que por esta llamada él debería pagar un cargo extra en su compañía telefónica. —Diablos, quizá no debí cortarle la llamada tan pronto —dije con mejor ánimo, dibujando una sonrisa en mis labios. Mowle ladró y giró en círculos llamando mi atención, por lo que me acerqué hasta él y me guió hasta una esquina de la cocina en donde estaba su dispensador de alimento y el agua fresca que caía de una cascada. Observé el aparato, que a mi parecer era muy moderno y presioné el botón del centro, el cual liberó comida dentro del plato de Mowle, lo que a él le hizo muy feliz y comenzó a comer con fiereza. Luego de eso me dediqué a revisar la despensa y noté que no habían muchas cosas, lo que no me pareció raro, después de todo, Oliver estaba viviendo solo hace más de un mes. Una idea bailó por mi mente y luego de verificar la hora en mi reloj, decidí tomar un baño rápido, para después vestirme con la ropa más abrigada que tenía para salir de casa, fijándome de que Mowle se quedara adentro y de que la puerta haya quedado cerrada. No tenía idea de dónde estaba específicamente, por lo que busqué en google maps cuál era la tienda de mascotas más cercana y al ver que no estaba lejos comencé a caminar hacia aquel sitio, disfrutando de las vistas y dándome cuenta que, al parecer, este barrio era muy bueno, pues las casas estaban bien cuidadas, las personas regaban su césped y paseaban mascotas, incluso más de alguna señora me saludó. Y finalmente, Oliver tenía razón, porque luego de veinte minutos llegué a mi destino con muy buen humor después de mi caminata por el barrio. La tienda de mascotas donde trabajaba Oliver era enorme y tenía un diseño adorable por fuera. —Buenas tardes, señorita. ¿Qué desea ver de la tienda? Una amable señora mayor me saludó al entrar a la tienda, y yo le sonreí de medio lado y acomodé la bufanda que traía en el cuello. Ella tenía el cabello rubio dorado y los ojos verdes, además de traer colgado un identificador con su nombre. —Buenas tardes, disculpe, yo… —vacilé un momento, pues no me había detenido a pensar en que quizá mi visita podría ocasionar problemas a Oliver en su trabajo—. Busco a Oliver… él trabaja aquí, pero no sé su apellido. —¿Oliver Williams? —preguntó ella con una sonrisa—. Oliver trabaja en el área de mascotas domésticas. Mis ojos se abrieron un poco más de lo normal al escuchar aquel apellido, pues no podía procesar que Oliver tuviera mi mismo apellido, era imposible. —Creo que no, no es Williams —aseguré. La señora ladeó su rostro y se encogió de hombros. —Soy la dueña de esta tienda, querida —sonrió con dulzura—. Por lo que, créeme cuando te digo que no hay otro Oliver trabajando aquí… Me quedé en silencio intentando hacer funcionar mis neuronas al máximo, pero nada pasaba por mi mente en ese momento, estaba totalmente bloqueada y la conversación que había tenido la noche anterior con Oliver pasó nuevamente por mi cabeza. Él me había llamado “hermanita”, y yo pensé que lo decía de broma, pero tal vez no… —¿Tú debes ser Aurora? La hermana de Oliver que vino desde Estados Unidos… La suave voz de la señora me trajo de vuelta a la realidad y sus palabras quemaron en mi interior, pero aún así asentí con la cabeza, dándole la razón, aunque en ese punto ya no estaba segura ni de mi propia existencia. —Sí, pues… ¿podría hablar con él? —pregunté con la voz temblorosa—. Solo un segundo. —Claro, te acompaño, querida. —Muchas gracias. Caminé a su lado por un largo pasillo repleto de alimentos, juguetes y otros accesorios para mascotas, pero mi cabeza estaba en cualquier lugar luego de lo que ella me había revelado sin darse cuenta. “¿Sería posible que Oliver sea hijo de mi padre y Mabel?”, me cuestioné con tristeza, porque de ser así, mi padre habría engañado a mamá cuando ella aún estaba viva y padeciendo por el maldito cáncer. —¡Oliver, tienes visitas! Nos detuvimos frente a un mostrador vacío, el cual indicaba “mascotas domésticas”. La señora me dejó esperando en el sitio, asegurándome que Oliver estaba en bodega, pero pronto me atendería y yo agradecí enormemente su ayuda y disposición. —¿Aurora? —preguntó el castaño al verme ahí. Intenté sonreír con el buen ánimo que traía hace unos minutos, pero no lo conseguí. Miré que en sus manos traía varias cosas de la tienda—. ¿Ocurrió algo en casa? —sus ojos se abrieron un poco más e incluso se le cayó un hueso de plástico al piso—. ¿Es Mowle? —No pasa nada —dije de inmediato, bajando la mirada hasta la punta de mis zapatos y él suspiró de alivio, para luego recoger lo que había caído y dejar algunas cosas sobre su mostrador—. Venía a buscarte para ver si íbamos juntos al supermercado… quería comprar cosas para la despensa. —¡Claro! —asintió y me dedicó una sonrisa—. Mmm… Hay algo más, ¿cierto? Alcé la mirada y observé su identificador. Suspiré sintiéndome ofuscada al leer el apellido Williams al lado de su nombre. —Así que eres Oliver Williams —musité. El castaño frente a mí alzó una ceja y me miró muy confundido. —Claro… —susurró y luego se sentó tras del mostrador—. ¿Y eso qué tiene que ver? —Pues me gustaría saber por qué tienes el apellido de mi padre. Oliver me observó fijamente e hizo una mueca con los labios, mostrándose algo incómodo con lo que yo le estaba solicitando, lo cual aumentó mi ansiedad en el momento. —Pensé que Theo te lo había dicho, Aurora… —dijo. —No, papá no me dijo nada, evidentemente. —Theo me adoptó cuando se casó con mi madre, fue un lindo gesto de su parte, pues yo llevaba solo el apellido materno —explicó con una sonrisa melancólica—. Mi padre biológico nunca me reconoció legítimamente. Me quedé en completo silencio, pues me dolía el hecho de que mi padre no se molestara en mencionar que yo ya no era hija única, sino que ahora tenía un hermano. Me crucé de brazos y negué con la cabeza, sin saber bien cómo reaccionar. —Entiendo… —dije sin entender nada en realidad. Oliver me agradaba, pero aún así me sentía dolida con papá. Observé de reojo como el castaño, que ahora debía ver como un hermano, se retiraba el uniforme de trabajo y tomaba una llave de la encimera. —¿Vamos al supermercado? Mi turno acabó y podemos ir en mi automóvil. Solo asentí con la cabeza, pues no tenía energías para nada más y seguí a Oliver hasta la salida, donde ambos nos despedimos de la dueña de la tienda, quien le dio un efusivo abrazo de despedida al castaño. Salimos al estacionamiento y Oliver me hizo una seña hacia uno de los automóviles estacionado. Una vez nos subimos a su modesto automóvil, Oliver me miró de reojo y antes de comenzar a andar habló. —Yo estoy muy feliz de saber que ahora, además de una figura paterna, tengo una hermana menor. Giré mi rostro y lo observé fijamente. Oliver tenía una sonrisa marcada en los labios y hasta me parecía tierno de su parte el hecho de que me quería incluso sin conocerme, tal como si fuéramos hermanos sanguíneos. —Gracias, Oliver —dije—. Solo debo procesarlo, no es nada personal contigo. —Está bien —accedió y luego me guiñó un ojo—. ¿Sabes? Te tengo una propuesta. —¿De qué va? —pregunté interesada. —Hacer una fiesta esta noche en casa —soltó con emoción y yo liberé una carcajada divertida, pues al parecer, mi nuevo hermano era un fiestero total. —Yo no soy de muchas fiestas… —intenté disuadirlo, pero sus ojitos de perro atropellado me hicieron darle una oportunidad—, pero lo acepto. —Es que pensé que te ayudaría a conocer más personas de nuestra edad —se encogió de hombros y sonrió con inocencia—. Además, Theo me pidió que te mantuviera divertida porque necesitas distraerte. —Sí, es cierto —asentí con la cabeza y sonreí de medio lado. —Entonces vamos de compras, porque seguro necesitaremos cervezas —dijo con evidente emoción y luego comenzó a conducir.
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