“Oliver estará esperando por ti en Wellington, espero que se lleven bien y cuiden la casa.
Pronto Mabel y yo volveremos para estar con ustedes.
Te amo, hija”
Una lágrima escapó por mi mejilla al leer aquel mensaje de mi padre, pues aún sentía nostalgia por abandonar la ciudad que me vio nacer, crecer, enamorarme y perder la cabeza por un hombre que no me merecía.
Me limpié las lágrimas como pude y negué con la cabeza, alejando todos los pensamientos negativos que surgían en mi mente, pues estaba a punto de cambiar mi vida y tenía una oportunidad para hacer las cosas mejor que antes. Caminé por el aeropuerto arrastrando mi maleta e intenté sonreír al imaginar cómo sería Nueva Zelanda y el cambio de clima.
Llevaba mucha ropa de invierno, pues había visto en internet que la temperatura era menor que aquí en California, y lo que menos quería era pasar frío.
—Se ruega a los pasajeros con destino a Wellington abordar —dijo aquella voz mecanizada por los altavoces del aeropuerto. Mi estómago se revolvió con nerviosismo, pero alcé la cabeza y caminé hasta la sala de embarque con mi mejor energía.
—Ahí te voy, Wellington —musité con optimismo.
Embarqué el avión y antes del despegue me aseguré de cerrar bien mi ciclo con Hunter, bloqueando su existencia de todas mis r************* , pues ya no quería saber más de su existencia.
—Por favor, a todos los pasajeros, seleccionar el modo avión en sus aparatos tecnológicos antes del despegue, o de lo contrario apagarlos para no interferir con el vuelo. Gracias por su comprensión y esperamos disfruten el viaje.
Accedí de inmediato ante aquella petición, pues luego de haber bloqueado a Hunter, no había más que hacer en mis redes, por lo que puse mi celular en modo avión y luego me dispuse a escuchar música con mis earpods.
Cuando el avión por fin despegó cerré los ojos y una sonrisa tranquila se dibujó en mis labios, pues próximamente mi nueva vida comenzaría a tomar forma al otro lado del mundo.
(...)
Luego de volar por aproximadamente trece horas, ya no sentía mis nalgas debido a que no estaba acostumbra a estar sentada tanto tiempo. Lo único que agradecía es que el tiempo en el avión me había servido para dormir y también para reflexionar sobre mi ex relación con Hunter.
Si debo culparme de algo en aquella historia, es de haber idealizado a aquel imbécil, pues en mi mente solo pensaba que él era un hombre perfecto y que era del tipo de personas que nunca cometía errores o actuaba mal, pero finalmente, como decía mi madre, uno nunca acaba de conocer a las personas.
El rencor hacia Hunter seguía latente en mi corazón, pero la tristeza ya se había esfumado por completo. Era como si mi cerebro solo se hubiese permitido sufrir un par de horas y luego hubiera dado un fin rotundo al sentir algo más que ira hacia él.
Al salir del aeropuerto el viento nocturno resopló en mi rostro, dándome así la bienvenida a mi nueva ciudad temporal.
Tomé un taxi con ayuda de uno de los guardias del aeropuerto y le entregué al conductor la dirección que mi padre me había indicado, la cual correspondía a la casa que compartía con Mabel, su nueva esposa, y Oliver, el hijo de ella.
Todo el camino hacia aquella casa me la pasé pensando en cómo sería Oliver, si nos llevaríamos bien o en realidad sería un martirio estar aquí en esta nueva ciudad sin conocer a nadie.
—Es aquí, señorita —me indicó el amable chofer al estacionarse frente a una enorme casa—. Es la casa de enfrente.
Arrugué las cejas al notar que varias personas entraban y salían del lugar con vasos en la mano, cigarrillos y quizá otras sustancias también.
—¿Está seguro? —pregunté confundida.
¿Una fiesta en casa de mi padre? Lo dudaba…
—Sí, aquella casa concuerda con la numerología que me indicó usted —aseguró el conductor con seguridad.
—Está bien —accedí sin convencerme del todo—. ¿Cuánto le debo por el viaje? —pregunté rebuscando en mi cartera, pero caí en cuenta que no tenía dólares neozelandeses para poder pagar—. Sabe, solo tengo dólares estadounidenses, no pasé por la casa de cambio…
—Serían 30 dólares de los suyos, entonces —dijo rápidamente, formando una gran sonrisa en sus labios.
Estaba consciente de que aquel hombre de cabello blanco y avanzada edad estaba cobrándome dinero extra, pero fingí demencia y le pagué lo que él me pedía sin rechistar.
Le agradecí por ayudarme a bajar mi maleta y luego él se marchó sin mirar atrás. Me sentía algo temerosa, pues no entendía por qué en mi supuesto nuevo hogar había una fiesta.
Crucé la calle y caminé hasta la entrada de la casa que el taxista me había indicado como mi destino, arrastrando mi maleta, y antes de que pudiera tocar la puerta, esta se abrió de golpe.
—¿Vienes a la fiesta? —cuestionó un chico castaño frente a mí.
Lo observé más a detalle y me pareció de aspecto amable, además de no mostrarse ebrio como la mayoría de los chicos que transitaban por el sitio. Tenía los ojos verdes y el pelo castaño claro, además de ser considerablemente más alto que yo.
—Necesito hablar con Oliver, no sé su apellido… —recordé de pronto—. ¿Lo conoces? —pregunté con una sonrisa nerviosa, pidiéndole ayuda a Dios para encontrar a ese chico que desde ahora se convertiría en mi roomie.
El chico frente a mí observó mi maleta en mano y al instante sus ojos se abrieron un poco más de lo anterior.
—Ay, no… —se lamentó llevando una mano a su frente y negando con la cabeza—. Dime que hoy no es viernes…
Su actitud logró ponerme muy nerviosa, pues no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Hice una mueca y tomé un poco de distancia, pues ahora dudaba de sus facultades mentales en el momento. Quizá si estaba ebrio.
—¿Sabes? No importa, creo que todo esto fue un malentendido —dije restándole importancia al asunto.
Joder, estaba en un país desconocido, de noche y sin un destino claro. ¿En qué me había metido al aceptar esta oferta de papá?
Pensé en caminar hasta encontrar un taxi y pedirle que me deje en un hotel no tan costoso, pues claramente me había equivocado de dirección y no quería exponerme a que cualquiera de estos chicos ebrio me hiciera algo.
—¡No! —el castaño alzó un poco la voz, llamando la atención de algunas personas a nuestro alrededor—. Yo soy Oliver —explicó—. Lo siento, Aurora, olvidé que llegarías hoy e hice esta fiesta pensando que estaría solo, pero me equivoqué —reconoció avergonzado.
Vale, eso me hacía sentir aún más incómoda, porque además de invadir su espacio ahora había interrumpido sus planes.
—Descuida, puedo ir a un hotel, no te preocupes que no le diré a mi padre sobre esto, yo solo… —titubeé—. Pensé que mi padre te había dicho que llegaba hoy…
Oliver se acercó más a mi y con una sonrisa me tomó de la mano para jalarme hacia el interior de la casa. Arrastré mi maleta y lo seguí de cerca, sin decir nada, pues estaba confundida sobre qué hacer ahora.
—¿Qué dices? —preguntó él—. ¡Esta es tu casa también! —gritó por encima de la estruendosa música.
Dentro de la casa todo era un desorden monumental, habían personas bebiendo, fumando, besándose, y también bailando con total desplante y casi sin ropa. Observé cómo Oliver tomó un micrófono a la vez que bajaba la música del estéreo y me soltaba la mano para alzarla y llamar la atención de las personas que estaban en la fiesta, quienes fácilmente eran unas treinta o cuarenta.
—La fiesta terminó —dijo por lo alto.
La música se detuvo por completo y todos comenzaron a chiflar e insultar al dueño de casa, pero él solo se encogió de hombros con indiferencia y sonrió.
—¡Aburrido! —alegó una hermosa chica qué pasó a mi lado y le dio una mala mirada a Oliver. Me quedé largo rato observándola, pues tenía el cabello teñido de un hermoso color azul eléctrico, lo que en definitiva no la dejaba pasar desapercibida entre la multitud.
—Así es la vida, querida —rebatió Oliver con una sonrisa de medio lado, pero la chica estaba tan lejos que difícilmente pudo oír su respuesta.
Me quedé ahí de pie al lado de Oliver, mientras veíamos como todo el mundo abandonaba la casa, hasta que nadie más que nosotros quedó en el interior.
—No quería arruinar tus planes, Oliver —dije algo avergonzada, pues era obvio que él no esperaba mi llegada y eso me hacía sentir culpable.
—No, la verdad fue mi error, Aurora, me confundí con el día —él bajó la mirada y luego suspiró con resignación—. Eres más que bienvenida, creéme. Mientras te acomodas, voy a ordenar un poco este desastre.
Asentí hacia él y justo en ese momento mi celular vibró en mi bolsillo y lo tomé de inmediato. Oliver hizo un intento por comenzar a ordenar, recogiendo algunos vasos y colillas de cigarro de la alfombra color blanco, la cual seguro quedaría del asco.
—Papá —saludé con alivio, contestando la llamada entrante.
—Hija, ¿llegaste bien a casa? —preguntó. Los ojos de Oliver se abrieron y me observó detenidamente, como si él fuera un niño pequeño y yo fuera acusarlo frente a su madre, lo cual por supuesto no haría.
—Si, recién llegué a tu casa… —dije sin dar mayores detalles—. Conocí al hijo de Mabel, estoy con él.
—¡Genial! Envíale nuestros saludos —respondió muy emocionado y yo solo me limité a caminar hasta las escaleras de la casa y sentarme en uno de los peldaños, mientras Oliver inútilmente intentaba ordenar todo el desastre que se había generado con la fiesta—. Pronto estaremos de vuelta y espero que mientras eso ocurre, no quemen la casa —dijo a modo de broma, pero al ver cómo Oliver tenía la casa ahora, no me parecía algo tan alejado de la realidad.
—Tranquilo, aquí nos arreglaremos —respondí con desdén para no preocupar a papá.
—Debo colgar, hija —mencionó papá con un poco de tristeza, pero yo lo entendía—. Hablamos después, te amo.
—Adiós papá, también te amo.
La llamada finalizó y la casa se llenó de un incómodo silencio. Lo único que se podía oír era el ruido que Oliver hacía al ordenar. Me quedé quieta en mi lugar sin saber qué hacer, pues me sentía algo incomoda, ya que esperaba ser recibida de otra manera y no ser una molestia.
—Lo siento, Aurora —Oliver volteó en mi dirección—. Te juro que quería esperarte con la cena lista, mi intención no era que llegues y esté todo el desastre en su punto máximo… —se lamentó una vez más, pero yo solo negué con la cabeza y me encogí de hombros.
—No es necesario, de hecho, comí en el avión —sonreí de medio lado y él dejó lo que estaba haciendo para caminar hacia otro sitio dejándome sola.
—Lo que sí alcancé a tener listo fue esto —dijo a lo lejos.
De pronto volvió a aparecer en escena y se acercó a mí con una sonrisa en los labios y una caja pequeña entre las manos, la cual me mostró de cerca y al ver el interior sé que mis ojos se iluminaron, pues me topé con un trozo de brownie que decía “Bienvenida a casa, Aurora”.
—Oh, que lindo gesto —dije con sinceridad y tomé la caja que él me ofrecía. Oliver se sentó a mi lado y sonrió de medio lado al ver mi reacción genuina.
—De nada —dijo animado y luego mordió su labio inferior mirándome con inocencia—. Espero que eso compense el hecho de que no te preparé la habitación que será tuya.
Solté una carcajada y luego suspiré, sintiéndome más en confianza con este chico, que en realidad sí era muy amable y parecía estar contento de tenerme ahí.
—Tienes suerte de que no soy vengativa —dije mucho más relajada.
—Entonces te cederé mi habitación, ven —me guiñó un ojo y yo me puse de pie para seguirlo, aún con la caja entre mis manos—. Eso sí, me falta presentarte a otro integrante de esta familia.
Lo observé con curiosidad, hasta que llegamos al segundo piso de la casa y él abrió una de las habitaciones. Me llevé el susto de mi vida cuando un hermoso cachorro saltó sobre mí, pero al instante me agaché para hacerle cariño en la pancita, pues se mostraba juguetón y era pequeño.
—Te presento a Mowle.
—Dios, eres adorable —le dije al perrito, quien no dejaba de sacar su lengua y mover la cola.
—Lo sé, hermanita, no por nada es mi hijo —me guiñó un ojo y yo reí ante su apodo, pues en teoría no eramos hermanos, pero supuse que era un apodo algo cercano, ya que nuestros padres habían decidido casarse.
Oliver me mostró su habitación, la cual tenía en medio una cama tamaño king y era muy minimalista. Había un espejo, un closet y algunos cuadros decorativos.
—¿Dormiré aquí? —pregunté para confirmar.
—Sí, acomódate con confianza —él asintió con la cabeza y se agachó para tomar a Mowle y cargarlo en brazos—. Acuéstate si quieres, yo traigo tu maleta enseguida.
Asentí hacia Oliver y me senté en la cama con confianza mientras él cerraba la puerta tras de sí y salía en compañía de su cachorro. Observé nuevamente el brownie que tenía en mi poder y me pareció un gesto muy tierno por parte de este chico, por lo que me tomé un tiempo para tomarle una fotografía y postearla en mis r************* .
Le di una mordida al brownie y me deleité con el sabor. Tiempo después el cansancio poco a poco se apoderó de mí, por lo cual me acomodé sobre la cama y cerré los ojos dándole paso al descanso.