—Dime que esto no es cierto, Autora.
Hice una mueca con los labios y suspiré, dejando salir el aire retenido en mis pulmones. Amanda y yo habíamos decidido ir a un café para poder conversar y aclararle todo lo ocurrido con Hunter el día de ayer.
Me sentía horrible, pues no había dormido casi nada la noche anterior y además, me sentía asqueada de estar en aquel lugar que algún día consideré mi hogar, pero que ahora solo me recordaba la traición de Hunter y cómo nuestra hermosa relación había llegado a su fin por su infidelidad.
—Ojalá fuera una pesadilla, pero es la verdad —me encogí de hombros—. Imagíname ahí en la peluquería, tirada en el suelo y haciendo el ridículo mientras la otra novia de Hunter lloraba en mis brazos.
Amanda reprimió una sonrisa llevando la taza de café a sus labios, pero no pasó desapercibida, pues su rostro siempre había sido un espejo de su alma.
—Es tragicómico, amiga —señaló con un ápice de diversión. Sonreí de medio lado, pues si lo pensaba bien, lo era.
—En definitiva, me alegro de que su aventura no me haya dejado alguna enfermedad de transmisión s****l —señalé con sinceridad. Tomé una dona de chocolate y me la llevé a la boca, deleitándome con el sabor del chocolate en mi paladar .
Amanda suspiró y luego dejó la taza sobre la mesa. Mi mejor amiga me observaba con cautela, midiendo mi lenguaje corporal e intentando darme mi espacio, pero yo sabía que ella tenía muchas dudas sobre cómo me sentía frente a esta situación, después de todo, Hunter y yo teníamos un proyecto de vida juntos y de un momento a otro, todo terminó.
—Sé que Nueva Zelanda será lo mejor para ti —dijo luego de unos minutos de silencio. Asentí hacia ella y desvié la mirada rogándole a Dios no equivocarme al tomar esta decisión de un momento a otro—. Te hará genial despejarte y conocer lugares nuevos.
—Espero que sea así… —sonreí levemente, pues aún no terminaba de convencerme por completo, ya que una parte de mí se aferraba a esta ciudad.
—¿Quieres ir a la Universidad para que hagas tu trámite? —cuestionó ella con amabilidad. Asentí en respuesta, pues yo amaba mi carrera universitaria y sin duda en algún punto de mi vida quería terminarla, no por nada ser profesora de artes había sido mi sueño desde siempre.
—También debo transferirte el dinero del pasaje de avión…—me recordé en voz alta.
Amanda rodó los ojos con fastidio y chasqueó la lengua en respuesta. Mi amiga tenía una situación económica que cualquier persona envidiaría, pues su padre era un gran empresario a nivel mundial, y Amanda era hija única, por lo que tenía a su disposición mucho dinero, del cual ella poco utilizaba, ya que no le gustaba abusar de la beneficencia de su padre. Incluso, ella decidió ser profesora de Artes, al igual que yo, teniendo millones de posibilidades para ir por una carrera de abogada o doctora, pero ella había escogido ser feliz y hacer lo que más le apasionaba.
—No te preocupes por eso, es un regalo —se encogió de hombros y luego alzó la mano al mesero que nos había atendido—. ¿Podrías traernos la cuenta, por favor? —pidió con su típica amabilidad.
Sonreí de medio lado, pues sabía que Amanda se negaría a aceptar mi dinero, por lo que debería retribuirlo de otro modo, eso sí, por el momento no podía pensar en aquello. Lo único que giraba por mi cabeza era que tenía que informarle a mi directora de carrera que me iría del país por tiempo indefinido y que quería congelar mis becas y beneficios estudiantiles, así al volver a California podría tenerlos nuevamente y graduarme.
—Déjame pagar la cuenta, tú ya has hecho mucho por mí —le dije a mi amiga, quien solo dejó escapar una risita, pero finalmente accedió guardando su billetera en la cartera.
Le extendí mi tarjeta de crédito al mesero y él hizo el cargo en ella. Luego de que mi amiga le dejara propina extra al mesero, ambas abandonamos aquella cafetería para después subirnos en su automóvil de último modelo y partir rumbo a la Universidad.
—¿Cuándo acaba el receso académico? —pregunté mientras mi amiga conducía con la vista fija en la calle y tarareaba una canción que yo desconocía.
—En dos semanas —respondió animada—, pero ya he ido adelantando materias. De hecho, vengo todos los jueves a la Universidad para estudiar en la biblioteca.
Dejé escapar una risita, pues no lo dudaba, después de todo Amanda era una de las mejores estudiantes de mi generación. Simplemente mi amiga era muy inteligente y aplicada con sus estudios.
Entre música y risas, el viaje no duró más de diez minutos, y cuando por fin llegamos a las dependencias de la Universidad, Amanda se estacionó y nos bajamos del automóvil para ir directo a la oficina de la directora.
—Mientras hablas con la directora, pasaré a buscar un libro que tengo pendiente en la biblioteca —comentó Amanda a la vez que nos deteníamos fuera de la oficina—. Cuando salgas seguro ya estaré aquí.
—Vale, no te preocupes —le sonreí—. Te escribo cuando esté lista, ve a perderte entre los libros, rata de biblioteca.
—Envidiosa —mi amiga me sacó la lengua con buen humor y luego se marchó, dejándome ahí.
Inhalé profundamente y me hice de ánimo para dar un golpe en la puerta frente a mí y esperar a que alguien me atendiera.
—Buenos días, directora —saludé a la elegante mujer frente a mí. Sus ojos verdes brillaron con reconocimiento al verme y de inmediato se hizo a un lado para dejarme entrar en su oficina.
—Aurora, hace mucho no te veía —aquella mujer torció una sonrisa perspicaz y luego me hizo una seña para tomar asiento frente a su escritorio. Obedecí en silencio y posteriormente ella se sentó frente a mí, cruzando sus piernas con total elegancia.
—No sé cómo decir esto, directora… —susurré algo tímida. La directora de carrera no era una mujer desagradable, por el contrario, el año pasado había impartido unas clases para mi generación y me había parecido una persona amable y comprensiva, pero aún así, no sabía cómo hilar mis pensamientos y expresar mi petición—. Me iré por unos meses a Nueva Zelanda.
Ella arqueó una ceja en mi dirección y luego hizo una mueca con los labios.
—Lo entiendo, también vi ese video que circula por redes.
(...)
—¿¡En serio te dijo eso!? —Amanda chilló conmocionada mientras caminábamos hacia la salida de la Universidad a paso rápido.
—Dios, que puta vergüenza —me quejé en voz alta.
No podía creer que mi directora de carrera haya visto aquel maldito video que aún circulaba en las r************* , en donde Hunter y yo discutíamos en la entrada del hospital y yo ventilaba a los cuatro vientos que me había sido infiel.
—Eso sí, nunca pensé que ese video te ayudaría en algo —Amanda soltó una carcajada y yo reprimí la mía al recordar cómo la directora se había puesto a llorar mientras rememoraba el momento en que descubrió que su marido le había sido infiel con su secretaria.
—Me dio mucha pena por ella, pero me alegro que haya podido entender mi decisión y mantener mis becas congeladas hasta mi regreso a California —añadí con felicidad.
—¿Congelar tus becas?
Aquella voz me revolvió el estómago y me detuve de golpe, provocando que Amanda se gire antes que yo, y sin previo aviso, plante una estruendosa cachetada en la mejilla de mi ex novio.
—¡Vete a la mierda, cerdo infiel! —chilló mi amiga y me apresuré para tomarla del torso e impedir que se lance sobre Hunter para continuar propinándole golpes.
—¿¡Qué te pasa, Amanda!? —cuestionó Hunter llevando una mano a su mejilla, la que poco a poco estaba tomando un color rojizo debido al golpe que Amanda le había propiciado.
—¡Que te quede claro que nadie se burla de Aurora, menos en mi presencia!
Mientras Amanda le reprochaba a Hunter aproveché para esconderme tras ella, pues por ningún motivo quería cruzar palabras con aquel imbécil.
—¿Dónde se supone que te vas, Aurora? —cuestionó él, ignorando los alegatos de la pequeña castaña.
Escuchar mi nombre salir de su boca provocó varias cosas en mí, pero predominantemente repulsión, porque al escucharlo sabía que ya no había amor por mí en su interior.
—No es de tu incumbencia —respondí a secas.
Tomé a mi mejor amiga del brazo y la jalé para continuar nuestro camino, pues no tenía ganas de seguir dándole más cuerda a Hunter, estaba de sobra perder el tiempo con él.
—¡Claro que lo es! —chilló él a nuestras espaldas, pero ambas lo ignoramos y caminamos sin darle atención—. ¡Oye, espera!
Bufé con cansancio al ver cómo Hunter corrió hasta ponerse frente a mí y mirarme con cara de estúpido.
—Ve al automóvil, amiga, yo voy en un minuto —le pedí a Amanda, quien casi no accede a mi petición, pero luego de unos segundos bufó y asintió con la cabeza para marcharse y esperarme en su automóvil, no sin antes darle una mirada de muerte a Hunter.
—Bien, ahora podemos hablar con calma y arreglar las cosas —dijo él, muy calmado. Solté una pequeña carcajada sin gracia y me crucé de brazos.
—Entre nosotros no hay nada que se pueda arreglar —espeté—. Me fuiste infiel, Hunter…
Me tragué el nudo que atravesaba mi garganta y me mentalicé con que yo era una mujer fuerte y que no debía dejarse derrumbar frente a ninguna persona, mucho menos si me había hecho tanto daño, como era el caso del hombre frente a mí.
—Aurora, yo cometí un error, pero puedo cambiar —susurró con la voz cortada.
Casi le creí su fachada de perrito atropellado, pero no, yo ya tenía mis ideas muy claras.
—En unas horas me voy del país —dije sin más. Hunter alzó las cejas y me miró con desconfianza, como si no me creyera—. No sé si volveré en unos meses, años o si me quedaré por siempre en mi nuevo destino.
—Pero… —él titubeó, pero lo interrumpí, pues no quería quedarme con ninguna palabra guardada.
—Mira, Hunter, lo único que sé es que mi lugar no está a tu lado —él me observó en silencio, entendiendo finalmente que lo nuestro ya no tenía vuelta atrás—. No te deseo el mal, por el contrario, espero que puedas ser feliz con alguien más, pero prométeme que serás un buen novio o esposo y que no engañarás a la mujer que te ame.
—Gracias —susurró a penas y las lágrimas corrieron libres por sus mejillas. Entendí en ese momento que mis palabras sí habían hecho eco en Hunter—. Lo siento, yo no puedo terminar de entender por qué lo hice, pero me arrepiento muchísimo.
—Debo irme —dije sin más, pues a estas alturas las palabras sobraban.
Continué mi camino hasta donde Amanda se encontraba y al subirme de copiloto solo pude llorar en los brazos de mi mejor amiga.
Me sentía tan estúpida por haberme enamorado de Hunter, pero quería tomarme esto como una lección de vida o algo por el estilo. Rotundamente no quería creer que todo este sufrimiento era en vano.
—Vendrá alguien mejor, con más amor y menos dolor —declaró Amanda mientras me abrazaba con fuerza y dejaba caricias en mi cabello.
Quería creer en sus palabras y pensar en que algo mucho mejor estaba por comenzar.