Diciembre 2017
-La diócesis se honra de que ustedes, estudiantes del seminario de este año, cursen sus estudios con la bendición de Dios y transmitan el mensaje de nuestro Salvador a las comunidades, a todas ellas. Por lo tanto, en este mes tan especial que celebra el nacimiento más importante del año, le damos gracias al Señor por la vida, por la salud y por los alimentos que nos brinda y le rogamos, ¡Suplicamos! Por quienes hoy no tienen un techo sobre sus cabezas ni comida en sus estómagos, que la palabra de Dios les llene el cuerpo y el alma, que los nutra la fe.
Mónaco sonrió mientras escuchaba, desde la biblioteca los avisos matutinos. Era primero de diciembre, el ocho tendría examen de Filosofía y el doce tendría uno de Teología. Estaba preparado, confíaba en sí mismo y en lo que podía dar, miró a sus compañeros, varios de ellos en silencio y estudiando, cómo tenía que ser, como siempre soñó.
Aunque la realidad no fuese eso.
¿Qué le llevó a desear unirse al sacerdocio? ¡Era una respuesta sencilla! Sí, había escuchado la palabra de Dios con anterioridad y sí, se decdía a sí mismo no desear ser un fanático de la religión pero cuando creces rodeado de esta, cuando desayunas, almuerzas y cenas con la bendición, cuando das gracias al despertar y al acostarte, y sobretodo cuando te rodeas de personas que han olvidado su fe en una fuerza que rige al mundo y que es quien causa sus males pero también sus buenos momentos de vida, es ahí que en su sistema empezó esta idea de lo que deseaba para su futuro.
No pensaba frecuentemente en Natalia, ni siquiera sentía ganas de hacerlo, ¿Para qué? Claramente esa chica tenía sus propios demonios con los que luchar, aunque se arrepintió en el segundo en el que la dejó atrás, verla enloquecida y llena de ira por el simple hecho de no aceptar un rompimiento le dejó muy en claro que no podía continuar en su vida. No es que la quisiera tanto, tampoco. No la veía a ella como una futura esposa, o como una madre para sus hijos. ¡Por Dios! Se rió solo mirando el libro, ni siquiera deseaba eso con alguien más porque de ser así no estaría preparándose para servir su vida a Dios, su esposa sería la iglesia y sus hijos serían los fieles creyentes del Señor quienes lo usarían a él como intermediario entre su Padre celestial y sus pecadora vida terrenal.
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-Monedas, unas monedas, por favor- Natalia estaba cansada, agotada, y su barriga de embarazo de cinco meses no le ayudaba en nada. Había cometido una cagada al dejarse embarazar y eso le costó caro. Ella consiguió, luego de mucho suplicar en la vía a cada conductor que pasara, la forma de volver a casa. Incluso unas ancianas le ayudaron a pagar su último boleto de autobus porque su poco dinero se había acabado. Todo estuvo bien, por pocos días, a ellos ni siquiera les preocupó que hubiese desaparecido. Su madre pensaba que estaba en lo de su papá o en casa de alguna amiga- y qué amiga si no tenía ni una de esta desde hacía años- mientras que su papá pensaba que estaba en casa con su madre. Sí, los padres ideales.
Alguien se apiadó y le tendió un billete de dos dólares. Ella abrió los ojos sorprendida.
-¡Gracias!- dijo a la mujer de traje de oficina que le guiñó el ojo alejándose mientras hablaba por teléfono. Natalia respiró hondo y pensó con tristeza, alguien así hubiese podido ser ella si hubiera tenido otra vida.
Ella no sabía que estaba embarazada cuando Mónaco la dejó, fue un mes después, cuando su menstruación llegó de forma extraña, que visitó el hospital por fuertes dolores abdominales y suplicó a la novia de su padre que le acompañara al hospital porque, según ella, era una gastritis muy intensa.
Lo que descubrió fue un pequeño grano en su vientre gracias a una ecografía que le hicieron, la prueba sanguínea lo confirmó: Ella estaba embarazada.
Echada de casa de su padre luego de que la chica le avisara y este le insultara por teléfono diciéndole la clase de decepción que era para él, fue con su mamá. Su enferma madre de quien se cuidaba incluso al dormir por miedo que le causaba con sus alucinaciones y momentos de brote psicótico. Pero que está, en un momento de sobriedad en el que sus pastillas y su alcohol se había acabado y que aún no había cobrado su cuota mensual, terminó sacandola a patadas a la calle porque, según ella, tenía al diablo dentro. El diablo que para su madre era ese pequeño bulto del cual ella se sentía responsable.
Natalia quería abortar, ¡Claro que deseaba hacerlo! ¿Cómo no? Pero había algo que se lo impedía y era el dinero. Ella no tenía nada porque sus ahorros los gastó en su viaje junto a Mónaco y en el regreso cuando este la abandonó. Quería buscarlo, decirle que era un idiota y que por su culpa estaba embarazada, ¿Pero cómo? No sabía dónde buscarlo ni sabía un carajo más allá de su nombre. Mónaco Rocci.
Con los dos dólares en su mano y unos pocos centavos más fue al supermercado, tenía una mano en su vientre ancho mientras entraba y el dependiente le hacía un gesto al de seguridad para que la siguiera. La gente a su lado se apartaba, apestaba, ella lo sabía muy bien porque sentía el hedor provenir de ella. Compró lo que pudo con los dos dólares y ochenta y cinco centavos y sintiéndose no feliz, pero sí amena, salió en dirección al basurero que había adaptado como cama mientras el cielo se oscurecía y la lluvia amenazaba con truenos fuertes que hacían que su pequeño bebé en el vientre se asustara.
-Shhh, ya mi amor- consoló a su barriguita mientras las lágrimas salían de sus ojos, abrió una botella de agua y la llevó a sus resecos labios- Todo estará bien, mi ángel, todo estará bien- aseguró aún cuando ambos sabían que nada era como sonaba, sino peor… Mucho, mucho peor.