El sábado amaneció con esa luz blanca y cegadora que solo la nieve derretida puede producir, diseñada específicamente para torturar a las personas con resaca emocional. Y Ana tenía una resaca emocional de campeonato.
Desde la noche anterior, su cerebro no dejaba de reproducir en bucle el momento en que entrelazó sus dedos con los de Liam en la oscuridad.
—Estúpida oxitocina —murmuró Ana, acomodando violentamente una pila de Best Sellers—. Deberían vender bloqueadores hormonales en la farmacia junto con la aspirina y los condones.
La mañana en "El Refugio" fue un desfile de absurdos que puso a prueba su paciencia.
A las 10:00 AM, entró un señor de aspecto serio preguntando si tenían algún manual sobre "cómo comunicarse telepáticamente con los hámsters para que dejen de correr en la rueda a las tres de la mañana". Ana tuvo que morderse el interior de la mejilla hasta casi sangrar para no sugerirle que simplemente sacara la rueda de la jaula o fuera al psiquiatra.
A las 11:30 AM, una señora devolvió un libro de cocina francesa porque "las recetas tenían demasiadas letras y pocas fotos de la comida".
—Se llama lectura, señora, no i********: —había querido decir Ana, pero se limitó a procesar el reembolso con una sonrisa tan tensa que le dolió la cara.
Clara, por su parte, estaba en el mostrador, con los ojos pegados al celular y soltando chillidos agudos cada tres minutos.
—Unnie, no lo entiendes —gimió Clara, al borde de las lágrimas—. El protagonista acaba de descubrir que la chica no es su hermana perdida, sino la reencarnación de su esposa de la dinastía Joseon que murió por amor. ¡Es el destino! ¡El destino duele!
—Lo que es el destino es que te voy a despedir si no dejas de llorar sobre la caja registradora —dijo Ana, pasándole un pañuelo de papel—. Estás mojando los recibos y la tinta se corre.
La campanilla de la puerta sonó al mediodía.
Ana levantó la vista, preparada para decirle a alguien que el baño no era público, pero las palabras se le atoraron en la garganta y su corazón hizo un pequeño salto mortal.
Ahí estaba él.
Liam.
Llevaba una chamarra azul marino que resaltaba sus ojos miel y esa sonrisa de medio lado que debería ser ilegal por motivos de salud pública. Pero no venía solo.
Detrás de él, arrastrando los pies y con la capucha de una sudadera negra puesta hasta la nariz, venía una figura menuda.
—Buenas tardes, vecina —saludó Liam con esa voz alegre que llenaba el local—. Vengo a cobrar la invitación. Traje a la criatura de la oscuridad.
La figura encapuchada se quitó los audífonos grandes y miró alrededor con desconfianza. Era Sofía. Efectivamente, era pálida como un folio de papel bond, tenía ojeras marcadas bajo los ojos y una expresión de estar siendo torturada por la existencia misma.
—Hola —murmuró Sofía, mirando a Ana como si fuera una especie alienígena.
—Hola, Sofía —dijo Ana, saliendo del mostrador y recargándose en él. Decidió usar su tono de "bibliotecaria cool" (si es que eso existía)—. Bienvenida a mi cueva. Aquí no hay sol, así que estás a salvo de la radiación UV y de la gente feliz.
Sofía parpadeó, sorprendida por el comentario, y una comisura de su labio se levantó milimétricamente.
—Liam me obligó a salir —dijo la chica, señalando a su hermano con el pulgar—. Dice que parezco un champiñón de cueva.
—Dije que pareces un fantasma victoriano con deficiencia de vitamina D —corrigió Liam, guiñándole un ojo a Ana—. Aproveché que la señora Higgins, nuestra vecina chismosa pero eficiente, se quedó cuidando a mamá un par de horas. Necesitaba sacar a Sofía antes de que se fusionara molecularmente con el sofá.
Ana asintió, entendiendo perfectamente la dinámica. Miró a Sofía.
—Bueno, ya que estás aquí contra tu voluntad, ¿qué te gusta leer? Y si me dices Crepúsculo, te juzgaré en silencio, pero te venderé el libro porque el negocio es el negocio.
Sofía resopló con desdén.
—Por favor. Los vampiros que brillan son un insulto al género. Leo Manhwas. Webtoons coreanos. Pero dudo que tengas algo de eso aquí, seguro solo tienes clásicos aburridos de gente que se muere de tuberculosis en el siglo XIX.
Ana sonrió con astucia. Esa era su señal.
—Ah, me subestimas, pequeña padawan. Clara —llamó a su empleada—, tenemos una situación Código K.
Clara levantó la cabeza como un suricato al escuchar "Código K". Vio a Sofía, vio su camiseta de anime y sus ojos se iluminaron con la fuerza de mil soles.
—¡Oh, por Dios! —Clara salió disparada del mostrador—. ¿Lees Solo Leveling? ¿Conoces La Emperatriz Divorciada? ¡Ven, ven! Acaba de llegar el tomo físico de Villains are Destined to Die.
En cuestión de segundos, Clara había secuestrado a Sofía y la estaba arrastrando hacia la sección de Novela Gráfica al fondo de la tienda. Ana vio cómo la postura defensiva de Sofía se relajaba instantáneamente al ver las portadas coloridas.
Ana se giró hacia Liam, que observaba la escena con una expresión de alivio puro y ternura que le estrujó el corazón a Ana.
—Gracias —dijo él suavemente, recargándose en una estantería de Historia Europea—. No ha sonreído así en semanas. La situación en casa con mamá... a veces la asfixia un poco.
Ana se acercó a él, manteniendo una distancia segura (o lo que ella consideraba segura, que era lo suficientemente cerca para oler su loción de madera y café).
—Es una adolescente, Liam. Su trabajo es odiar el mundo y sentirse incomprendida. El tuyo es asegurarte de que sepa que tiene un lugar seguro al cual volver cuando termine de odiarlo.
Liam la miró, y la intensidad de sus ojos miel la hizo tragar saliva.
—Tú eres buena en esto —dijo él, bajando un poco la voz—. Para ser alguien que dice odiar a la gente, tienes un instinto muy protector.
—Es solo servicio al cliente —mintió Ana, cruzándose de brazos para protegerse de su mirada—. Si ella está feliz, compra libros. Si compra libros, yo como. Capitalismo puro y duro.
Liam soltó una risa suave y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
—Eres una mentirosa terrible, Ana. Pero fingiré que te creo. —Liam miró el reloj en su muñeca—. La señora Higgins se quedará hasta las cuatro. Eso me da... dos horas de libertad condicional.
—¿Y qué planeas hacer con tu libertad? —preguntó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—Bueno —Liam se pasó la mano por el cabello, un gesto nervioso que a Ana le pareció adorable—, pensaba tomar un café que no sepa a calcetín quemado. Y quizás... solo quizás... convencer a la dueña de la librería de que tome uno conmigo.
Ana lo miró. Podía decir que no. Tenía facturas que revisar.
Pero luego recordó la calidez de su mano la noche anterior.
—Tengo un termo de café recién hecho en la oficina de atrás —dijo Ana, bajando la voz como si compartiera un secreto de estado—. Y tengo unas galletas de mantequilla danesas que escondo de Clara porque es una aspiradora humana.
Liam sonrió, siguiéndola como un cachorro feliz.
—Me parece un trato justo. Después de usted, capitana.
Entraron a la pequeña oficina trasera. Era un espacio reducido, abarrotado de libros, facturas y una cafetera vieja que zumbaba suavemente. Ana cerró la puerta, dejando el ruido de la tienda fuera, creando una burbuja de intimidad instantánea.
Sirvió dos tazas humeantes y abrió la lata de galletas. Liam se sentó en la única silla extra, que era ridículamente pequeña para su tamaño, lo que hizo que sus rodillas rozaran las de Ana cuando ella se sentó en su escritorio.
El contacto fue eléctrico.
Ana sintió el calor atravesar la tela de sus pantalones.
—Está bueno —dijo Liam tras probar el café, mirándola por encima del borde de la taza—. Mucho mejor que el mío. Debería contratarte como barista.
—No podrías pagarme —bromeó Ana, mordiendo una galleta—. Soy cara. Cobro en tranquilidad y silencio, dos cosas que tú no pareces tener.
Liam dejó la taza en el escritorio y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, acercando su rostro al de ella.
—Podría aprender —susurró él, con un tono más grave—. A estar en silencio. Contigo es fácil. No siento que tenga que fingir nada.
Ana dejó de masticar. El aire en la oficina se volvió denso, cargado.
—Liam... —empezó ella, pero se quedó sin palabras cuando él estiró una mano y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón de cabello rojo que caía sobre su cara, colocándolo detrás de su oreja.
Sus dedos rozaron la piel de su mejilla. Eran ásperos, callosos, pero el toque fue tan suave que Ana se estremeció.
—Tienes migajas aquí —susurró Liam, sin apartar la mano de su rostro, su pulgar acariciando muy suavemente la comisura de sus labios—. Y tienes unos ojos que me están volviendo loco, Ana. Llevo días pensando en ellos.
Ana sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Liam la miraba con una mezcla de deseo y adoración que la aterrorizaba y la excitaba a partes iguales. Podía ver las motas doradas en sus ojos miel. Podía oler el café y la madera en su piel.
Él no se movió. Estaba esperando. Respetando su espacio, dejándole el control. Un Golden Retriever esperando permiso.
Al diablo con los muros, pensó Ana.
Se inclinó hacia adelante, cerrando la distancia que quedaba.
Sus labios chocaron con los de él.
No fue un beso de película, suave y perfecto. Fue un beso impulsivo, cargado de tensión acumulada. Ana presionó su boca contra la de él con firmeza. Liam reaccionó al instante, soltando un gruñido bajo en la garganta que vibró contra los labios de ella. Sus manos grandes subieron para acunar su rostro, profundizando el beso.
Sabía a café y a galletas de mantequilla. Sabía a deseo contenido.
Ana abrió un poco la boca y Liam aprovechó para deslizar su lengua, probándola, lento y sensual. Ana gimió bajito, enredando sus dedos en el cabello castaño de él, jalándolo más cerca, sintiendo la barba de tres días raspar deliciosamente contra su piel.
El mundo desapareció. Solo existían ellos dos y el calor en esa oficina pequeña.
—¡Oigan! —la puerta se abrió de golpe.
Ana y Liam se separaron como si fueran adolescentes atrapados por sus padres. Ana casi tiró la lata de galletas y Liam se golpeó la rodilla con el escritorio.
En el marco de la puerta estaba Sofía, con un manga en la mano y una expresión de asco absoluto.
—Ew. Qué asco. —Sofía hizo una mueca, cubriéndose los ojos dramáticamente—. Vine a decirte que ya elegí mis libros y me quiero ir, no a ver cómo se comen las caras. Mis ojos vírgenes se queman.
Liam se aclaró la garganta, rojo hasta las orejas, pasándose la mano por el cabello para arreglarse el desastre que Ana había hecho.
—Eh... sí. Claro, Sofía. Ya... ya nos íbamos.
Ana, tratando de recuperar la dignidad (y fallando miserablemente porque tenía los labios hinchados y rojos), se puso de pie y se alisó la blusa.
—Son seiscientos pesos de los libros, Sofía —dijo Ana con voz temblorosa pero tratando de sonar autoritaria—. Y si le cuentas a alguien lo que viste, le diré a Clara que te dé spoilers del final de tu serie.
Sofía abrió los ojos con terror.
—Eres diabólica. Me agrada. —Miró a su hermano—. Vámonos, Romeo. Mamá debe estar preguntando por ti.
Liam se levantó, mirando a Ana. Había una promesa en sus ojos. Una promesa de que eso no se iba a quedar así.
—Te veo luego, vecina —dijo él, con una sonrisa que prometía problemas de los buenos.
—Largo de aquí, Rodolfo —respondió Ana, pero no pudo evitar sonreír.
Cuando la puerta de la librería se cerró tras ellos, Ana se dejó caer en la silla de la oficina, llevándose los dedos a los labios, que todavía hormigueaban por el beso.
—Maldita sea —susurró, mirando al techo con una mezcla de pánico y felicidad—. Besa bien. Besa jodidamente bien.
Suspiró, tomando una galleta más.
—Estoy en problemas. Problemas graves. Y lo peor es que... creo que me gusta.