El camino de regreso a casa de Liam fue, por falta de una mejor palabra, una tortura psicológica adolescente. Sofía no dejó de burlarse ni un segundo, pero Liam estaba demasiado ocupado sonriendo como idiota para que le importara.
El lunes por la mañana, el local "Cacao & Grano" olía a granos tostados, a chocolate derretido y a estrés.
Liam se movía detrás de la barra con la eficiencia de un pulpo con cafeína. La máquina de espresso siseaba y escupía vapor con un ruido agudo, mientras él vaporizaba leche para un capuchino.
—Aquí tiene, señora —dijo Liam, deslizando la taza sobre la barra de madera con una sonrisa encantadora, guiñándole un ojo—. Cuidado, está caliente.
Liam suspiró, limpiándose las manos con un trapo húmedo que colgaba de su cintura. Su cerebro, sin embargo, no estaba en el café. Estaba al otro lado de la calle.
Se llevó los dedos a los labios inconscientemente. Todavía podía sentir la presión de la boca de Ana.
—Mierda, Liam, concéntrate —se regañó a sí mismo—. Tienes un negocio que levantar, no una telenovela que protagonizar.
La campanilla de la puerta sonó con un tintineo alegre.
Liam levantó la vista.
Se le cayó el trapo de las manos.
Era ella.
Ana.
Llevaba ese abrigo n***o enorme que parecía una armadura, una bufanda roja enrollada tres veces al cuello y las manos hundidas en los bolsillos. Tenía la mandíbula tensa, como si estuviera caminando hacia un pelotón de fusilamiento en lugar de una cafetería.
—Vaya —dijo Liam, apoyando ambas manos en el mostrador e inclinándose hacia ella, con esa sonrisa depredadora y suave—. Miren a quién trajo el viento del norte. ¿Te perdiste, vecina? ¿O vienes a robarme las recetas?
Ana se detuvo frente a la barra. Sus ojos verdes lo escanearon de arriba abajo.
—Bájale dos rayitas a tu ego, Golden Boy —respondió ella, arrugando la nariz—. Mi cafetera decidió suicidarse esta mañana. Explotó. Café por todas partes. Fue una masacre.
Liam soltó una risa baja.
—Pobre cafetera. Probablemente no pudo soportar la presión de tu mirada de juicio antes de las 9:00 AM. ¿Lo de siempre? ¿n***o, amargo y capaz de despertar a un muerto?
—Exacto —dijo Ana, evitando mirarlo a los ojos—. Como mi alma.
Liam preparó el café en silencio. Sirvió el café, pero en lugar de dárselo, lo dejó sobre la barra y cubrió la taza con su mano.
Ana levantó la vista, frunciendo el ceño.
—¿Qué haces? ¿Tengo que decir una contraseña secreta?
—No —dijo Liam, mirándola fijamente—. Solo quiero saber si vas a fingir que no pasó. Me besaste. En tu oficina.
Ana se tensó. El rubor subió por su cuello.
—Fue un error de cálculo. Estaba... vulnerable. El azúcar. La cafeína. No le des tanta importancia.
Liam sonrió. No una sonrisa de burla, sino una de triunfo.
—Mentirosa —susurró él, deslizando la taza hacia ella—. Te gustó. Tanto como a mí.
Ana agarró la taza como si fuera un salvavidas.
—Eres insoportable.
—El sábado —dijo Liam de repente, limpiando una mancha imaginaria en la barra—. Cierro temprano. A las 8:00 PM. Hay un lugar de hamburguesas a tres cuadras. Grasosas. Sucias. Nada romántico. Solo comida y dos vecinos que se caen mal.
Ana lo miró, procesando la información.
—¿Me estás invitando a una cita con comida chatarra?
—Te estoy invitando a una evaluación nutricional de la competencia —corrigió Liam, guiñándole un ojo—. Estrictamente profesional.
Ana se mordió el labio inferior para reprimir una sonrisa.
—El sábado a las 8:00 —dijo ella finalmente, dando media vuelta hacia la puerta—. Pero tú pagas. Por los daños y perjuicios a mi cafetera.
—Hecho.
Ana llegó a la puerta y la abrió. El viento helado entró en el local.
—Ah, y Liam —dijo ella sin voltear, con la mano en el pomo.
—¿Sí?
—Ponte el suéter del reno —dijo Ana, y Liam pudo escuchar la sonrisa en su voz—. Si voy a salir contigo, quiero que estemos ridículos los dos. No pienso ser la única que haga el ridículo socialmente.
Salió y la puerta se cerró tras ella.
El sábado a las 7:30 PM, Ana estaba parada frente a su armario abierto, debatiéndose entre la dignidad y la diversión.
—Dijiste que los dos íbamos a ser ridículos —murmuró para sí misma, apartando blusas negras y grises—. No puedes echarte para atrás, Ana.
Rebuscó en el fondo, en esa caja etiquetada como "Cosas que compré borracha en sss en 2019", y sacó La Prenda.
Era un suéter verde perico, de tela sintética y picante. Tenía bordadas unas orejas de elfo en los hombros, cascabeles reales cosidos en el cuello que sonaban cada vez que respiraba, y en el pecho decía en letras doradas y brillantes: "Jingle My Bells".
Se lo puso. Se miró al espejo. Parecía un ayudante de Santa Claus que había perdido la voluntad de vivir.
Se movió un poco. Clin, clin, clin.
—Perfecto —dijo Ana, soltando una risita nerviosa—. Si esto no lo espanta, nada lo hará.
Mientras tanto, en casa de los Miller, Liam se estaba ajustando El Suéter de reno frente al espejo del pasillo.
Sofía apareció por el pasillo, comiendo una bolsa de papitas y con una mascarilla facial negra puesta. Se detuvo en seco al verlo.
—Oh. Por. Dios —dijo Sofía, con la boca llena—. Vas a salir con eso puesto. Voluntariamente.
—Es el código de vestimenta —dijo Liam, echándose loción—. Ana lo pidió.
Sofía soltó una carcajada que casi la ahoga.
—¡Uuuuh! Liam tiene novia, Liam tiene novia —canturreó ella, haciendo un bailecito ridículo—. ¿Te pidió que te vistieras de payaso? Eso es amor verdadero o sadismo puro. Me cae bien.
—No es mi novia, enana —replicó Liam, aunque se estaba poniendo rojo—. Es una... evaluación de la competencia.
—Sí, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —Sofía se acercó y le dio unas palmaditas en el hombro, dejando un poco de polvo de papas en la lana roja—. Oye, en serio, hermano. Te ves... feliz. No la cagues.
—Gracias por el voto de confianza —dijo Liam, rodando los ojos—. Cuida a mamá. No tardo.
—Vete, Romeo. Y usa protección... para el frío, claro —gritó Sofía mientras él salía, riéndose como una hiena.
El lugar de hamburguesas, "Benny's", era un desastre encantador con luces de neón parpadeantes y olor a aceite refrito.
Cuando entraron, el silencio en el restaurante fue palpable por tres segundos.
Ahí estaban: un hombre alto y musculoso con un reno de nariz pomposa en el pecho, y una mujer pelirroja con cara de pocos amigos vestida de elfo verde que tintineaba al caminar.
Mientras esperaban mesa, dos niños que estaban en la barra señalaron descaradamente.
—¡Mira mamá! —gritó uno de ellos, con la sutileza de un megáfono—. ¡Son los ayudantes feos de Santa! ¡El reno parece borracho!
El otro niño se rió, señalando a Ana.
—¡Y ella suena como un gato con collar!
Ana entornó los ojos, lista para responderles que Santa Claus era un invento capitalista, pero Liam le puso una mano en el hombro, riéndose.
—Déjalos. Tienen razón. Nos vemos ridículos. Ese es el punto.
Se sentaron en una cabina de vinilo rojo que rechinaba. Liam no podía dejar de mirar el suéter de Ana.
—Jingle My Bells —leyó él, aguantándose la risa—. Ana, te superaste. Pareces un árbol de Navidad radiactivo.
—Cállate, Rodolfo —respondió ella, aunque sonreía—. Tú pareces un accidente de tráfico tejido por una abuela daltónica.
—Touché.
Entre ellos había una montaña de papas fritas y dos hamburguesas que desafiaban las leyes de la física. El ambiente era ruidoso, nada de música romántica de piano ni violines. De hecho, la lista de reproducción era un caos absoluto.
De repente, el ritmo cambió. Unos acordes de bajo y acordeón inconfundibles llenaron el lugar a todo volumen.
Y la Chona se mueve, y la gente le grita...
Ana se atragantó con una papa frita.
Sus ojos se abrieron como platos. Su mente viajó instantáneamente a la noche del apagón en su departamento, a su vibrador "Thor", a Spotify traicionándola y a La Chona sonando mientras ella... bueno.
Un ataque de risa nerviosa la invadió. Intentó disimular bebiendo agua, pero se estaba poniendo roja.
Liam la miró, confundido, con la hamburguesa a medio camino de su boca.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te ríes así? ¿Te gusta Los Tucanes de Tijuana?
Ana negó con la cabeza frenéticamente, con lágrimas de risa en los ojos, incapaz de explicarle que esa canción ahora era el soundtrack oficial de su vida s****l fallida.
—No... nada —logró decir, tosiendo—. Es solo... apreciación cultural. Me trae recuerdos... impactantes.
Liam arqueó una ceja, sospechando que había una historia detrás, pero decidió no presionar.
—Eres rara, Ana. Muy rara.
—Lo dice el hombre con un reno en el pecho —replicó ella, recuperando el aliento mientras la canción seguía con su ritmo frenético.
Comieron, hablaron de cosas triviales y profundas a la vez.
—Entonces —dijo Ana, limpiándose una gota de cátsup—, ¿me estás diciendo que tu plan de retiro es irte a vivir a una cabaña en el bosque y criar alpacas?
Liam se rió.
—Oye, las alpacas son nobles. Y su lana se vende bien. —Se puso un poco más serio—. Solo quiero paz, Ana. Llevo corriendo desde los doce años. Trabajando, cuidando a mamá... A veces solo quiero un lugar donde el único ruido sea el viento.
Ana dejó su hamburguesa. El tintineo de sus cascabeles se detuvo.
—Te entiendo —dijo ella suavemente—. Yo me escondo en los libros porque ahí los finales están escritos. Sabes quién vive y quién muere. En la vida real... te rompen el corazón y te dejan con una hipoteca y un gato imaginario.
Liam estiró la mano sobre la mesa grasosa y cubrió la de ella.
—Yo no me voy a ir, Ana. Soy como una mala hierba o como este suéter: molesto, persistente y difícil de quitar.
Ana lo miró, sintiendo que los ojos le picaban. Era un momento perfecto. Intenso. Emotivo.
Hasta que Liam intentó ponerse "sexy" y beber su malteada de fresa sin soltarle la mano.
Subestimó la densidad del helado, succionó con demasiada fuerza y el popote hizo un ruido obsceno y fuerte:
¡SHHHHHLORP!
Ana parpadeó. Liam se quedó congelado con los cachetes inflados y los ojos abiertos de pánico.
De repente, Ana soltó una carcajada. No una risita tímida, sino una carcajada real, sonora, haciendo sonar todos los cascabeles de su cuello.
—¡Ay, por Dios! —logró decir entre risas—. ¡Qué seductor, Liam! ¡Casi me desmayo de la pasión!
Liam tragó el helado con dificultad, rojo como la nariz de su reno, pero terminó riéndose también.
—Mierda. Arruiné el momento de película, ¿verdad?
—Totalmente —dijo Ana, secándose una lágrima de risa—. Pero creo que me gustas más así. Siendo un idiota real.
Caminaron de regreso a la librería bajo una nevada ligera. El aire estaba helado, pero Ana sentía el calor del cuerpo de Liam caminando pegado al suyo. Parecían dos adornos navideños gigantes caminando por la calle oscura, ignorando las miradas extrañas de los pocos transeúntes.
Llegaron a la puerta trasera de "El Refugio". La callejuela estaba oscura, iluminada solo por una farola lejana.
—Bueno —dijo Ana, girándose para quedar frente a él, abrazándose a sí misma por el frío. Clin, clin.— Gracias por las arterias tapadas, por La Chona y por el espectáculo de la malteada.
Liam no sonrió esta vez. Su expresión era intensa, oscura. Dio un paso hacia ella, acorralándola suavemente contra la puerta de metal frío.
—Ana —dijo él. No hubo bromas. No hubo "Golden Boy".
Ana dejó de respirar. Los cascabeles se silenciaron.
Liam levantó una mano y acarició su mejilla, su pulgar trazando la línea de su mandíbula con una lentitud exasperante.
—La otra vez... tú tomaste el control —susurró él, acercando su rostro hasta que sus alientos se mezclaron en una nube blanca—. Esta vez, déjame hacerlo a mí.
Ana asintió, incapaz de hablar.
Liam no se abalanzó. Se inclinó despacio, dándole tiempo para huir si quería. Pero Ana no huyó. Al contrario, se inclinó hacia él.
Cuando sus labios se tocaron, no fue un choque. Fue una fusión.
Liam la besó con hambre, con una posesión que hizo que a Ana le temblaran las rodillas. Sus manos grandes la agarraron por la cintura, pegándola contra su cuerpo duro, levantándola ligeramente del suelo.
Ana gimió en su boca, abriendo los labios, y él profundizó el beso, su lengua explorando con una autoridad que la hizo olvidarse de su nombre, de la nieve y de sus miedos.
Fue un beso sucio, caliente y desesperado. Un beso que decía "te quiero en mi vida y te quiero en mi cama".
Liam se separó milímetros, jadeando, con la frente pegada a la de ella.
—Joder, Ana —gruñó él, con la voz rota—. Vas a ser mi ruina.
Ana, con los labios hinchados y el corazón a mil por hora, lo miró a los ojos y, por primera vez, no usó el sarcasmo como escudo.
—Entonces húndete conmigo, Liam.
Se quedaron ahí, abrazados en el frío, dos figuras ridículas vestidas de Navidad, besándose como si el mundo se fuera a acabar mañana. Y a Ana, por primera vez en su vida, no le importó en absoluto.