El despertador sonó a las 5:30 AM, rompiendo el silencio con la sutileza de un taladro percutor directo en el cráneo. La habitación estaba sumida en esa oscuridad azulada y fría previa al amanecer, oliendo a encierro, a madera vieja y a la desesperanza de un lunes cualquiera.
Liam se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano callosa por el rostro, rascando la barba de tres días que ya picaba contra su palma.
—Mierda, otro día en el paraíso —murmuró con voz ronca y cargada de sarcasmo, estirando los brazos hacia el techo hasta que su espalda crujió, liberando la tensión acumulada.
Se levantó desnudo, ignorando el frío que le erizaba la piel bronceada. Caminó hacia el baño arrastrando los pies como un zombie funcional. Su cuerpo era un mapa de trabajo duro: espalda ancha, cicatrices pequeñas en los nudillos y una musculatura funcional, forjada por la necesidad de ser el pilar de la casa desde los doce años, no por vanidad de gimnasio.
Entró en la regadera. El agua salió helada, golpeando su pecho como miles de agujas líquidas.
—¡Ah, carajo! —gritó ahogado, apoyando la frente contra los azulejos húmedos mientras el agua fría le bajaba la erección matutina de golpe y le encendía el cerebro—. Despierta, imbécil. Tienes bocas que alimentar y deudas que fingir que no existen.
Salió temblando, se secó rápido con una toalla rasposa y se vistió con unos jeans gastados. Abrió el cajón de la cómoda y se quedó mirando El Suéter.
Era rojo, de lana gruesa y tenía un reno con la nariz pomposa en el centro que parecía haber consumido sustancias ilícitas. Era objetivamente horrible, un crimen contra la moda. Pero Liam pasó los dedos por el tejido con una suavidad inusual, casi reverente, con una mueca triste en los labios.
Fue lo último que su madre tejió hace tres años, justo antes de que el Alzheimer empezara a borrar los patrones de punto de su mente y los nombres de sus hijos de su memoria. Ponerse ese suéter era como recibir un abrazo de la mujer que ella solía ser antes de convertirse en un fantasma en vida.
—Hoy te toca salir a pasear, Rodolfo —dijo Liam, suspirando mientras se metía la prenda por la cabeza—. Trata de no espantar a los clientes, por favor.
Bajó a la cocina. El aire estaba cargado, oliendo a pan tostado quemado y a café barato. Se escuchaba el zumbido asmático del refrigerador viejo y el sonido frenético de dedos golpeando una pantalla táctil.
Sentada a la mesa estaba Sofía, su hermana menor.
A sus 19 años, Sofía era una friki orgullosa y un desastre estético encantador. Tenía el cabello castaño recogido en dos chonguitos desordenados estilo manga, una camiseta de Attack on Titan talla XL que la hacía ver diminuta y unos audífonos enormes alrededor del cuello. Su piel tenía ese tono "pantalla de carga" de quien no ha visto el sol en semanas, y sus ojeras competían con las de un mapache.
—Buenos días, Otaku suprema —saludó Liam, sirviéndose café y apoyándose en la mesa, mirándola con el ceño fruncido y negando con la cabeza—. Oye, en serio, Sofi. Necesitas fotosíntesis. Estás tan pálida que si te recargas en el refrigerador, te camuflas. Pareces un fantasma victoriano con cuenta de Crunchyroll.
Sofía levantó la vista del celular con una expresión de tragedia griega, agitando las manos en el aire como si estuviera invocando un hechizo de protección nivel 5.
—No me toques, Liam, en serio. Mi horóscopo dice que hoy Marte está retrógrado sobre mi casa de la comunicación y tengo la energía cruzada. Todo va a salir mal si interfieres en mi aura con tu vibra de "señor responsable".
Liam ignoró olímpicamente la advertencia astral. Se acercó a ella y, en lugar de alejarse, la envolvió en un abrazo de oso, apretándola contra su pecho (y contra la nariz del reno).
—Pues dile a Marte que se joda y pague la renta —dijo él, besando la coronilla de su hermana con ternura mientras ella fingía resistirse, pataleando levemente, pero terminaba recargando la cabeza en él—. Soy tu hermano mayor, mi aura anula a tus planetas y a tus chinos tristes.
—Son coreanos, inculto —refunfuñó ella, pero sonriendo levemente contra la lana del suéter.
En ese momento, la madre de ambos entró en la cocina arrastrando sus pantuflas. Parecía una muñeca de porcelana rota; delgada, con el cabello blanco en una trenza floja.
El ambiente cambió al instante. El sarcasmo ácido de los hermanos se evaporó.
—Mamá —dijo Liam, cambiando su tono a uno dulce y protector, guiándola a la silla—. Ven, siéntate, hermosa.
Ella lo miró, parpadeando confundida, hasta que sus ojos se posaron en el suéter rojo. Una chispa de reconocimiento iluminó su rostro cansado. Estiró una mano temblorosa y tocó la nariz del reno.
—Rodolfo... —susurró ella con una sonrisa infantil—. A tu padre le gustaba este suéter. Se reía mucho. ¿Vendrá a cenar hoy?
Liam sintió el golpe en el pecho, familiar y doloroso.
—No, mamá. Papá... tiene mucho trabajo en la oficina —mintió Liam, apretando la mandíbula mientras le servía leche, ocultando la rabia fría en sus ojos con una sonrisa forzada—. Pero estamos nosotros. Y Rodolfo.
El día en el nuevo local, "Cacao & Grano", fue una comedia de errores.
Liam había decidido arriesgar sus ahorros en una apuesta: un pop-up store navideño de chocolates artesanales y café gourmet. Había firmado el contrato de arrendamiento hace dos días, con la esperanza de que las ganancias pagaran los medicamentos de su madre por los próximos seis meses.
Pero el universo tenía sentido del humor.
A las 10:00 AM, Liam intentó armar una estantería sin leer las instrucciones ("Soy hombre, las instrucciones son para los débiles", pensó), y terminó con tres tornillos sobrantes y un mueble que se inclinaba peligrosamente a la izquierda como la Torre de Pisa.
A las 2:00 PM, llegó un proveedor con cajas de "Chocolate Dietético Sin Alma". Liam tuvo que pelear media hora, frotándose las sienes, para explicar que él había pedido cacao al 70%, no esa cera con sabor a tristeza y cartón.
A las 5:00 PM, una señora entró preguntando si vendían chocolates que "no engordaran pero supieran a Nutella". Liam tuvo que usar todo su autocontrol de Golden Retriever para no decirle que la magia no existía fuera de Hogwarts.
Para cuando dieron las 7:00 PM, Liam estaba agotado, pero necesitaba cafeína para cerrar el inventario. Decidió ir a probar la competencia (una cafetería genérica a dos cuadras) y comprar algo dulce para Sofía, como ofrenda de paz por el abrazo matutino y su palidez vampírica.
Salió a la calle nevada cargando tres vasos de café hirviendo: dos para él (porque uno no iba a bastar para revivirlo) y uno lleno de caramelo y azúcar para su hermana.
El viento helado de diciembre se colaba entre los edificios como un lobo hambriento. Liam caminaba rápido, cuidando el equilibrio.
Ya la había visto antes.
Hace dos días, justo después de firmar el contrato, la vio a través del escaparate de la librería de enfrente. Una chica pelirroja acomodando libros con una cara de querer asesinar a la humanidad entera. Esa expresión de "odio al mundo" le había parecido fascinante, magnética. Quiso entrar, pero la burocracia lo detuvo.
Liam dobló la esquina con paso rápido, pensando en si el chocolate amargo se vendería mejor con un toque de sal, cuando sus botas resbalaron ligeramente en la nieve traicionera.
Justo en ese momento, un abrigo n***o se cruzó en su trayectoria.
El impacto fue inevitable.
¡Plaf!
Uno de los cafés salió volando, explotando contra el abrigo de la desconocida.
—¡Ah, por favor no...! —escuchó que murmuraba ella, mirando la mancha café que ahora adornaba su pecho con una expresión de horror absoluto.
Liam se quedó paralizado un segundo, sosteniendo los otros vasos como malabarista de circo barato, levantando los codos en señal de impotencia con una mueca de culpabilidad genuina.
—Perdón, perdón —dijo él rápidamente, poniendo su mejor cara de arrepentimiento—. No te vi. O bueno... sí te vi, pero demasiado tarde. La nieve me jugó una mala pasada. ¿Estás bien?
Ella levantó la vista.
Liam sintió una patada en el estómago.
Eran los mismos ojos verdes de hace dos días, pero de cerca eran letales. Su cabello rojo, rebelde y desordenado, parecía electrificado. Lo miró con los ojos entrecerrados, escaneándolo con un desdén que le heló la sangre.
—Estoy... fantástica —respondió ella con un sarcasmo tan helado que podía haber congelado el café derramado, fulminándolo con la mirada—. ¿Siempre atacas gente inocente con bebidas calientes o solo a las pelirrojas?
Liam parpadeó, sorprendido. Tiene garras. Y qué garras. Su cerebro de "Gato n***o" reconoció a un igual. Sonrió, esa sonrisa que sabía que a veces resultaba estúpida pero encantadora, rascándose la nuca con la mano libre.
—No, no... es algo exclusivo —dijo él, soltando una risa suave y negando con la cabeza—. Solo a las mujeres que parecen necesitar un café nuevo. Te prometo que te lo repongo. O dos, si quieres.
Ella frunció los labios, indecisa. Liam notó que, a pesar del abrigo enorme y su actitud de puercoespín, olía increíblemente bien. Una mezcla de manzana, vainilla y canela que le llegó de golpe a pesar del olor a café. Y sus manos, en el breve contacto del choque para no caerse, habían sentido unas curvas peligrosas y firmes bajo la lana.
—No hace falta —dijo ella finalmente, cortante, haciendo un ademán de fastidio—. Ya me voy.
Intentó esquivarlo. Liam dio un paso al lado, torpemente, sin querer dejarla ir todavía.
—Espera, en serio. Déjame compensarlo. Me llamo Liam —dijo, ofreciendo una sonrisa genuina y abierta.
—No pregunté —respondió ella, pasando de largo sin siquiera voltear a verlo.
Liam se giró, viéndola alejarse con ese andar decidido y furioso.
—¡Bueno! —gritó, su voz resonando clara como un campanazo en la calle—. ¡Espero verte otra vez! Quizás sin café volando esta vez. ¡Feliz Navidad, pelirroja!
La vio tensarse un momento, cerrar los ojos brevemente, pero siguió caminando.
Liam se quedó ahí parado, con una sonrisa boba en la cara y las manos ocupadas.
—Pelirroja... —murmuró para sí mismo, pasando la lengua por sus dientes con una expresión divertida—. Así que eres la vecina gruñona. Esto se va a poner muy bueno.
Liam llegó a casa pasadas las 10:00 PM. La casa estaba en silencio.
Revisó a su madre, que ya dormía tranquila. Sofía estaba en el sofá, con la boca abierta y el celular en el pecho, roncando suavemente. Liam le dejó el café (ya frío) en la mesa de centro, la cubrió con una manta y subió a su habitación.
Cerró la puerta y se recargó contra ella, exhalando todo el aire de sus pulmones.
—Mierda, estoy muerto —susurró, sintiendo cómo el cansancio le tiraba de los párpados.
Se quitó la ropa mecánicamente. Dobló el suéter de reno con cuidado y tiró los jeans al suelo. Quedó desnudo, su cuerpo marcado y fibroso brillando pálidamente bajo la luz de la luna.
Se metió en la cama, pero el sueño no llegaba. Su cerebro seguía acelerado.
Sacó su celular para desconectar un poco. abrió Dreame, su placer culposo secreto (nadie espera que un tipo de 1.85 y barba lea novelas en internet). Vio que había una actualización de una historia que seguía: "obsesión, amantes en la eternidad".
—A ver qué hace Natalia hoy... —murmuró, leyendo un par de párrafos. La historia estaba buena, pero sus ojos se cerraban.
Cambió de aplicación. Abrió t****k para ver videos idiotas antes de dormir. Scrolleó un poco: un perro bailando, una receta de pasta, un choque de autos... y entonces, el algoritmo, que lo conoce mejor que su madre, le mostró un video.
Era un trend viral. Una chica pelirroja, con lentes y actitud de bibliotecaria sexy, mordiéndose el labio y mirando a la cámara con ojos de "te voy a comer vivo" mientras sonaba una canción lenta.
Liam se detuvo.
El video se repitió.
—Mierda... —susurró.
La imagen de la chica del t****k se fusionó instantáneamente con la de su vecina gruñona.
Ojos verdes. Enojados. Y esas curvas que había sentido bajo el abrigo. El recuerdo del aroma a manzana, vainilla y canela le golpeó la memoria.
Su respiración cambió. Dejó de ser la respiración lenta del descanso para volverse pesada, profunda y animal.
Su mano bajó por su abdomen plano, pasando por el vello oscuro que bajaba hasta su ingle, y encontró su erección. Estaba dura como el granito, palpitando furiosa, la cabeza del m*****o rozando su ombligo, pidiendo guerra.
—En serio, Liam... ¿con la vecina que te odia? —se recriminó a sí mismo, pero ya no había vuelta atrás.
Escupió en su mano, un sonido húmedo y obsceno en el silencio de la noche, y envolvió su polla con fuerza. El tacto mojado y caliente lo hizo arquear la espalda y soltar un gruñido. Empezó a bombearse, un ritmo lento al principio, estirando la piel tensa, sintiendo cómo la sangre se agolpaba en el glande, mirando el techo pero viendo otra cosa.
—Mmm... —apretó los dientes, visualizando la escena.
En su fantasía, no estaban en la calle nevada. Estaban en el almacén oscuro de su nuevo local, rodeados de sacos de cacao.
Imaginó que la acorralaba contra la pared, inmovilizando sus manos sobre su cabeza. Que ella intentaba soltarle uno de sus comentarios sarcásticos, pero él la callaba devorándole la boca, mordiéndole el labio inferior hasta hacerlo sangrar un poco.
Visualizó sus manos grandes y callosas arrancándole ese abrigo n***o, rompiendo los botones sin piedad.
—Vamos, pelirroja... enséñame esas tetas... —gruñó Liam en la oscuridad, acelerando el ritmo de su mano, el sonido de la fricción llenando el cuarto.
En su mente, la desnudaba con violencia. Debajo del abrigo había una piel blanca, lechosa, casi translúcida, y unos pechos enormes y pesados que se desbordaban. Imaginó que los agarraba con posesión, hundiendo sus dedos en la carne suave, viendo cómo sus pezones rosados se ponían duros como piedras.
Imaginó que bajaba la cabeza y los mamaba, succionando con fuerza, escuchándola gemir, rompiendo su fachada de chica dura.
—Joder... qué rica estás... —jadeó, sintiendo el líquido preseminal mojar su mano, lubricando el movimiento frenético.
Visualizó que la levantaba, que ella envolvía esas piernas gruesas y blancas alrededor de su cintura. Imaginó que la penetraba de un solo golpe, brutal, hasta el fondo, sintiendo sus paredes estrechas y mojadas apretándolo, ordeñándolo.
Liam bombeaba su mano con furia, golpeando sus caderas contra el aire, imaginando que embestía contra ella una y otra vez, escuchando el choque de sus cuerpos y sus gemidos sucios.
—Ana... di mi nombre, maldita sea... —gruñó, con los ojos cerrados, el sudor perlando su frente—. ¡Dilo!
La presión en sus testículos era insoportable, una bola de fuego a punto de explotar. Apretó el glande con el pulgar, torturándose, imaginando que le corría por la cara, por esos ojos verdes desafiantes, marcándola como suya, quitándole lo "fantástica" a base de placer.
—¡Ahhh, carajo! —rugió, dándose tres estocadas finales, rápidas y despiadadas.
El orgasmo lo golpeó como una descarga eléctrica, violento y sucio. Se arqueó en la cama, los dedos de los pies engarrotados, mientras se corría en chorros espesos que cubrieron su mano y mancharon su vientre y su pecho, vaciándose por completo, gimiendo roncamente hasta quedarse sin aire.
Se quedó allí tirado, jadeando fuertemente, con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, el olor a su propio deseo llenando la habitación.
Se limpió como pudo con la camiseta vieja que usaba de pijama y se volvió a acostar, mirando el techo en la penumbra, sintiendo el hormigueo en la piel y una risa estúpida formándose en sus labios.
—Increíble —masculló, pasándose una mano por el cabello húmedo de sudor—. Leo un capítulo de fantasía, veo un t****k de diez segundos y termino teniendo el mejor orgasmo del mes pensando en la vecina Grinch. Soy patético.
Se giró para dormir, acomodando la almohada.
—Si ella supiera lo que acabo de hacer en su honor, seguro me demanda por acoso mental. O me cobra el café doble.
Y con el aroma imaginario de vainilla y canela todavía en la nariz, Liam se durmió, sabiendo que estaba jodido. Muy jodido.