Después de quedar satisfecho, Raed la sostuvo contra su cuerpo con una fuerza que no necesitaba. El silencio de la habitación, roto solo por sus respiraciones agitadas, era un mundo aparte. Los dedos del Juez se perdieron en el cabello de Catrina, y con una frialdad impropia del momento, empezó a preguntar.
—Catrina… ¿qué tanto conoces a tus guardaespaldas?
Catrina, casi dormida en la calidez de sus brazos, parpadeó. La pregunta la tomó por sorpresa. No había ternura en su voz, solo la curiosidad de un hombre que no confiaba en nadie para cuidarla. Una parte de él, oscura y dominante, tomaba el control. Para Raed, lo que sentía aún no era amor, no del tipo que idealizaba. No era un hombre mujeriego, pero sí se había obsesionado otras veces con mujeres que, o no funcionaban, o lo aburrían. Por eso se sentía lejos de estar enamorado, pero el deseo por Catrina era un hambre que no conocía límites. Era un deseo más visceral, más profundo.
—No los conozco de nada —dijo, su voz en un murmullo de sueño—. Antes los manejó Flavio, ahora mi padre. ¿Por qué preguntas?
Él le respondió al escucharla, con una única palabra que selló el momento.
—Curiosidad.
Fue lo que dijo antes de volver a tomarla. El resto de la noche se fue en caricias que para Catrina eran una entrega absoluta, y para Raed, una reafirmación de su posesión.
Cuando la dejó dormida, Raed se vistió en silencio. El aire frío de la habitación le recordó el mundo real. Antes de salir, bajó hasta la recepción. El recepcionista, un hombre con rostro cansado, lo vio acercarse. Raed le puso un fajo de billetes en la mano.
—Usted nunca me vio —dijo con frialdad, la voz un eco de la autoridad que tanto lo definía.
El hombre tomó el dinero como a quien le pagan por estar vivo y asintió.
—Y si vino, yo no lo vi, señor. Algo difícil, porque siempre estoy aquí, pero no lo veo. No lo veo, señor, ni diré jamás que le he conocido.
Raed asintió y salió. Subió a su Audi con una certeza que lo consumía. Reemplazaría los guardias de Catrina. Pero primero, debía pensar cómo hacerlo sin levantar sospechas, sin que nadie, ni siquiera el astuto Can Volkanosky, se enterara de su nuevo plan.
Cuando Raed llegó a su propia mansión esa que, sin decirle a nadie, había comprado creyendo que sería el escondite perfecto para traer a su serpiente, la noche ya era un manto de silencio. Entró en la habitación, un espacio diseñado con una frialdad impecable, y la imaginó. La vio desnuda en su cama, de la misma manera que la había dejado del otro lado de la ciudad. El eco de sus gemidos parecía flotar en el aire, llenando la vacía habitación.
Se sirvió un trago tras otro, la voz interior un látigo amargo. "Maldita sea, Volkanosky. ¿Por qué tu hija me tenía que gustar así?". La frustración le quemaba la garganta más que el whisky. Era una atracción que arde y quema, un veneno del que no podía deshacerse. "Y no puedo dejarla, no ahora mismo. Estoy loco por sus labios y ese pecaminoso cuerpo."
Sus manos apretaron el vaso. Su plan. Su maldito plan. Se había dicho a sí mismo que esta visita a Rusia sería un simple negocio, una cortesía. Conocer a Can Volkanosky, entregar a Celine, sellar el pacto familiar y largarse a Alemania sin problemas ni contratiempos. Un plan frío, calculador, perfecto para un hombre como él.
Pero todo se había desmoronado.
"Demonios, que llegue el puto matrimonio para largarme a Alemania". Se regañó a sí mismo, dándose cuenta de que había perdido el control. "Estoy haciendo de esta visita un desastre."
Más de dos meses en Rusia, cerca de ella, le habían dado la vuelta a su vida. El veneno de Catrina estaba en él, corría por sus venas, y parecía que se negaba a irse. Era un hambre que no podía saciar, una adicción que lo consumía. Y en la soledad de su mansión, el Juez, el hombre que juzgaba a otros con la lógica más fría, se encontraba a sí mismo juzgado por una pasión que lo estaba volviendo loco.
La mañana siguiente amaneció con un cielo gris, como si Rusia compartiera el mismo desconcierto que llevaba Raed en el pecho. Catrina abrió los ojos lentamente, sola en la cama. Por un instante pensó que todo había sido un sueño, pero el olor a él aún estaba impregnado en las sábanas, un perfume amaderado y a tabaco. Se llevó una mano a los labios, recordando cada beso, cada mordida, y un calor extraño la invadió. La sensación era una mezcla de terror y un deseo tan grande que la asustaba.
Con esfuerzo se levantó, temblando todavía del recuerdo de esa noche. La ducha la envolvió con agua tibia, pero ni el vapor pudo borrar la huella de Raed en su piel. Cada caricia estaba marcada como fuego.
Cuando bajó al lobby, sus guardaespaldas la esperaban. Uno de ellos le abrió la puerta del auto con la misma indiferencia de siempre. Pero Catrina, ahora, notaba algo distinto: sus miradas ya no le parecían seguras, sino vacías, como ojos que no veían. "¿Quiénes son en realidad?", pensó, recordando las palabras de Raed. Esa semilla de duda, el veneno de la desconfianza, ya estaba dentro de ella.
Mientras tanto, Raed desayunaba en el comedor de su mansión. Sus ojos, a pesar de estar fijos en el móvil, no leían; esperaban un mensaje que nunca llegaba. Había decidido que no la llamaría, que no sería él quien diera el primer paso. Necesitaba medir hasta dónde llegaría ella. Sin embargo, cada minuto de silencio era un tormento. La calma externa era un disfraz para el infierno que ardía en su interior.
Su asistente, un hombre meticuloso de traje gris, entró con un portafolio.
—Señor Juez, ya están listos los documentos de la licitación —dijo, su voz profesional—. Además, el señor Volkanosky confirmó que la cena de esta noche es en su casa.
Raed levantó la vista, su expresión endurecida. La noticia de la cena era un alivio y una condena.
—Perfecto. Asegúrate de que todo esté en orden.
El asistente asintió, pero antes de salir se atrevió a decir:
—Se le ve… inquieto, señor.
Raed apretó la mandíbula, cortante.
—Ocúpese de su trabajo, no del mío.
En la otra parte de la ciudad, Catrina almorzaba con Tamara, quien hablaba sin parar de la fiesta del club, de lo bien que lo habían pasado y de cómo Yonder estaba obsesionado con ella. Catrina, con la mente en otra parte, apenas escuchaba.
—¿Y tú? —preguntó Tamara con picardía, inclinándose sobre la mesa, sus ojos brillantes—. Te vi desaparecer esa noche con el Juez. No me lo niegues, Catrina… tienes cara de mujer marcada.
Catrina enrojeció, bajando la mirada a su plato. No podía decirlo en voz alta, pero Tamara tenía razón: estaba marcada. Cada centímetro de su piel, cada rincón de su alma. Y esa noche, inevitablemente, volvería a verlo en la cena en casa de su padre.