El silencio en la habitación de Raed fue roto por una vibración intermitente. El móvil de Catrina, abandonado en la mesa de noche, se encendía y apagaba con cada llamada entrante. Raed, que había estado recostado, sonrió. El nombre de Tamara brillaba en la pequeña pantalla, una señal de que el pánico comenzaba.
Después de que el teléfono vibrara incansablemente, Raed se levantó. Su movimiento fue lento y silencioso, como el de un depredador. Se pegó a la puerta, y a través del ojo mágico que acostumbraba a instalar en sus habitaciones temporales, esperó. La vista desde su lado era clara, pero para el otro era una simple mancha oscura.
Y entonces la vio.
Catrina, con el teléfono en la oreja, susurraba al dispositivo que no emitía sonido. Su rostro, una mezcla de frustración y ansiedad, la hacía ver casi vulnerable. Se detuvo frente a la puerta de Raed, girando la cabeza de un lado a otro, buscando una señal. De repente, su mirada se posó en un costado, y Raed sonrió al verla señalar la puerta, como si buscara la aprobación de la mujer de servicio que limpiaba el pasillo.
No pasó mucho tiempo antes de que Catrina tocara la puerta con los nudillos, sus ojos clavados en la madera, como si se preparara para una batalla. Raed no le dio tiempo a dudar. Abrió la puerta sin camisa, su cuerpo esculpido de músculos y algunas cicatrices que Raed consideraba marcas de honor. No llevaba ni un solo tatuaje; su piel era un lienzo limpio, un contraste con el mundo de excesos en el que vivía.
—¿Qué haces tocando la puerta del centro de tortura de un nazi? —dijo Raed con una media sonrisa, su voz un susurro que la golpeó con la fuerza de un látigo.
La expresión de Catrina al verlo a medio vestir fue una mezcla de sorpresa y un deseo que, aunque intentó ocultar, Raed notó. Sus ojos viajaron por el cuerpo del alemán y luego se clavaron en los suyos.
—Dame mi teléfono —dijo, su voz tan firme como pudo lograr.
—Pasa. Está allá —dijo él, señalando su mesa de noche con un gesto despreocupado. La invitación era un claro desafío.
Ella lo miró, y luego a la habitación. Cruzar ese umbral se sentía como firmar un pacto con el diablo.
—Tráelo —soltó ella.
Raed se carcajeó. Una risa fría y gutural que llenó el pasillo.
—Ni que fuera tu gato. Ve por él, o ¿es que no tienes tanto veneno como el que demuestras?
Catrina lo miró con rabia y deseo a la vez. Entrar en la habitación de un hombre como él no parecía una buena idea, pero Raed se apartó como un reto y ella no pudo resistirse. El orgullo de la tigra no le permitió retroceder. Cruzó el umbral.
Cuando tuvo el teléfono en su mano, una sensación de alivio la invadió. Pero el alivio duró poco. Escuchó el cerrojo de la puerta sonar con un clic seco. Se dio la vuelta y lo encontró mirándola, con las manos en los bolsillos, la sonrisa borrada de su rostro.
—Discúlpate, o te corto la lengua —dijo Raed, su voz ahora era puro hielo.
Ella titubeó. El miedo que había logrado contener, ahora amenazaba con desbordarse.
—¿Por qué? —dijo, la voz le tembló ligeramente—. No te he dicho nada.
Él caminó hacia ella, sacando una mano del bolsillo con algo brillante. Catrina se tensó, el corazón latiéndole desbocado. Temía que fuera un arma, un cuchillo. Pero era solo un bolígrafo, plateado y elegante.
—Discúlpate por lo que me dijiste abajo. No soy un nazi. Arrebasas los insultos —dijo, la frialdad en sus ojos era un castigo.
Un nudo se formó en la garganta de Catrina. Se había pasado de la raya, lo sabía. El miedo, por primera vez, se impuso a su arrogancia.
—Ok… ok… lo siento —dijo, su voz apenas audible. Y luego, el orgullo volvió—. Pero tú me llamaste serpiente, y no sé qué otras cosas más. Tú empezaste, desde el principio. ¡Hasta chocaste mi auto!
Él la miró, la ira se disolvió en una sonrisa. Se acercó a ella.
—Te propongo algo —dijo, Catrina su voz baja y seductora—. Llevarnos bien. A distancia. Por tu hermana y mi padre. Juro respetarte si es mutuo.
Ella lo miró, intentando descifrar sus intenciones. Él guardó el bolígrafo en su bolsillo nuevamente, el brillo desapareció como si nunca hubiera estado allí. El gesto fue tan sutil, tan rápido, que Catrina dudó de haberlo visto.
—Bueno. Mantén la distancia ahora. Sal, y no vuelvas aquí —dijo Raed.
Ella se sintió tonta, usada. Él la había manipulado. Apretó el teléfono en su mano y salió corriendo de la habitación. No se atrevió a mirar atrás. La mujer de servicio que limpiaba el pasillo se asustó al verla salir tan asustada de la habitación del nuevo jefe, un hombre tan hermoso como silencioso. Catrina corrió por el pasillo, sin saber que el juego de Raed no había terminado, sino que apenas había comenzado.
Al llegar a la sala, su rostro volvió a su habitual máscara de frialdad. Su padre y Celine estaban sentados en el sofá, inmersos en una conversación sobre el vestido, mientras Tamara, los acompañaba.
Catrina disimuló su agitación, su respiración agitada se calmó con un esfuerzo de voluntad. Se sentó en un sillón individual, su postura impecable. Hizo todo lo posible para ignorar la mirada que sentía en su espalda. Sabía que Raed, el manipulador, el "juez", la estaría observando. No le daría la satisfacción de verla afectada.
La conversación sobre el vestido continuó. Catrina, que minutos antes había estado en un estado de pánico, ahora asentía con la cabeza, ofreciendo sugerencias profesionales con voz tranquila.
—¿Te parece bien un encaje en la parte de abajo? —preguntó Celine.
—Sí, el encaje ruso es muy sutil, pero le dará un toque de elegancia. Tu vestido debe ser tan especial como tú, Celine —respondió Catrina, la cortesía perfecta, el veneno de la "serpiente" guardado.
Catrina, sin embargo, se sentía en otro mundo. Su mente no podía dejar de repasar la escena de hace unos minutos. La forma en que Raed la había arrinconado, el bolígrafo en su mano que ella confundió con un arma, su voz de hielo. “Discúlpate, o te corto la lengua”. Era un animal. Un depredador que disfrutaba con el miedo de su presa.
El pensamiento de la disculpa la llenó de una amargura que apenas pudo contener. Se había disculpado, pero no por respeto, sino por supervivencia. Y él lo sabía. Él había visto su miedo.
Después de un rato, su padre se levantó, sonriendo.
—Vamos, Catrina. Tenemos que preparar los últimos detalles de la pequeña fiesta de compromiso.
Catrina asintió. La "pequeña fiesta" era una hipocresía que le revolvía el estómago. Por muy "pequeña" que fuera, no dejaba de ser una consolidación de poder frente a la mafia. Era una declaración de guerra disfrazada de celebración.
Ella lo odiaba. Odiaba los matrimonios por conveniencia, el uso de las mujeres como peones en un juego de ajedrez entre hombres. Lo había vivido en carne propia el día de su propia boda. Su matrimonio con Flavio no había sido más que una transacción, una fusión de empresas, una alianza de sangre.
Pero Celine era diferente. Raed era diferente. Las costumbres de los alemanes eran diferentes. Raed también era un hombre de negocios, un estratega, un "juez", un hombre de respeto. Y Celine, con su dulce sonrisa, parecía haber aceptado su destino sin cuestionar.
Catrina miró a su padre, un hombre que parecía tan feliz como hacía años no lo veía. Por él, por la felicidad de su padre, ella haría este sacrificio. Puso su mejor sonrisa. Sería la hija perfecta. La mujer de negocios exitosa. La "tigra" que no se dejaba pisotear.
Mientras salían de la mansión, Raed los vio desde su ventana. Catrina iba del brazo de su padre, su postura erguida, su sonrisa radiante, su máscara impecable. Raed sabía que era una fachada. Él había visto el miedo en sus ojos.
Esa misma noche, Catrina se sumergió en su santuario de telas y diseños. Sobre la mesa de su estudio, colocó trozos de lino, seda y lana. Telas de colores sobrios, casi sombríos, elegidos meticulosamente para aquel capo alemán que, por primera vez, había logrado que el perfume de un hombre calentara su piel. Aquella tarde, en el escalón, había sentido una mezcla de adrenalina y desafío que no experimentaba desde la agonía de su divorcio. Y Raed Richter, ese "nazi elegante", era la causa de todo.
Una luz intermitente en la puerta de servicio la hizo volver a la realidad. Era Manolo, su contacto de confianza. Catrina lo hizo pasar, y el hombre, sin decir una palabra, le entregó un sobre manila. Ella le pagó en efectivo, el gesto tan rutinario como respirar, y él se marchó en silencio.
Al quedarse sola, Catrina se sentó en su silla y abrió el sobre. El informe de los Richter era mucho más detallado de lo que esperaba. Leyó la primera página, los ojos azules fijos en el perfil del hombre que la había llamado “víbora venenosa”.
Raed Richter, El Juez.
La descripción era letal: "no perdona a enemigos ni a traidores", "un castigador más que un asesino despiadado", "bajo su juicio en Alemania es casi el dueño de los bajos mundos". Era exactamente lo que ella había supuesto: un mafioso, un tirano, una versión alemana de su padre, pero sin el corazón que, a pesar de todo, Can aún conservaba.
Luego, la sección de su vida amorosa. Y fue ahí donde el informe la descolocó por completo. "Vida amorosa: algunas amantes. Es un hombre de trabajo. Un corazón frío. Nada de romanticismo ni matrimonios antiguos."
Catrina sintió un tirón extraño en el pecho. Las fotografías que acompañaban la ficha mostraban a un hombre impecable, siempre en traje, siempre con la misma expresión de frialdad. En algunas fotos, estaba rodeado de mujeres hermosas, pero en todas, su mirada era la de un hombre que estaba allí por obligación, un témpano de hielo en una fiesta.
—Es como todos, creo que peor —murmuró, sus dedos trazando la silueta de Raed en la fotografía—. Es tan arrogante que puede que no le guste ni conquistar a una mujer y por eso apenas y tiene vida con mujeres. Porque belleza no le falta al idiota...
Pero su voz se detuvo, su mente se atascó en una pregunta que no podía responder.
—Pero, ¿por qué "juez"? ¿Por qué no te has casado? Es tan raro.
Esa soledad, ese desinterés por una unión, era una anomalía en su mundo. En la mafia, los matrimonios eran alianzas, y las alianzas eran poder. Un hombre como Raed debería haber estado casado con la hija de otro capo importante, pero no.
Mientras Catrina leía, el informe seguía revelando secretos, cada línea más perturbadora que la anterior. Su dedo se detuvo en la sección de Celine Richter, un anexo tan breve y críptico que a Catrina le costó varios segundos procesar el significado.
De Celine solo decía:
Hermana y madre del Juez intocable.
El corazón de Catrina se detuvo. El aliento se le escapó en un suspiro incrédulo. El informe no decía “hermana” o “madre”, sino ambas. Juntas. Su mente, acostumbrada a la lógica y la razón, no podía encajar las piezas. ¿Era un error? ¿Una mala traducción? Pero el informe era de su mejor contacto. Manolo era conocido por su precisión letal, casi tanto como el hombre que tenía frente a ella.
"¿Hermana y madre?" La frase resonaba en su cabeza como un eco fantasmagórico. La imagen de la dulce y apacible Celine, la mujer que esperaba casarse con su padre, se superpuso a la de una figura materna de un capo despiadado. La contradicción era tan inmensa que la cabeza de Catrina empezó a doler.
Se levantó de la silla y caminó de un lado a otro en su estudio. Todo lo que creía saber sobre Raed y Celine se había desmoronado. El Juez no solo era un hombre sin corazón, sino que su vínculo con la única mujer que amaba era un enigmático y oscuro laberinto.
Su mente, que había buscado respuestas sobre por qué Raed no tenía amantes ni pareja, encontró una posible, aunque aterradora, explicación. Tal vez su vida estaba tan entrelazada con la de Celine que no había espacio para nadie más. Raed no solo la protegía como un hermano, sino que la veneraba como un hijo.
El aire de la habitación se volvió denso. Lo que había comenzado como un simple juego de poder y venganza personal, se había transformado en un misterio familiar que la arrastraba cada vez más profundo. Catrina guardó el informe con manos temblorosas. La soledad que había sentido antes se había disipado, reemplazada por una sensación más peligrosa: el deseo de desentrañar cada uno de los secretos de Raed Richter.
Con su mente llena de nuevas preguntas, Catrina se fue a la cama. Mañana, tendría que enfrentarse de nuevo a él, y esta vez, el juego sería aún más personal. Pero ella estaba lista. El teléfono desaparecido de su bolso era solo el primer movimiento en su partida de ajedrez, y ella, la Tejedora, no se iba a quedar atrás.