El martes en Cambridge no fue un día, fue una sentencia. El aire pesaba como el plomo y el silencio en el penthouse de Leonardo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. La Manada estaba en alerta máxima. Ya no había bromas sobre panqueques ni risas sobre el entrenamiento. Había armas de pulso cargadas, radios encendidos y una tensión que hacía que los músculos de Brandon saltaran bajo su piel. Ian, el más tranquilo y brillante del grupo después de Leo, estaba sentado frente a una de las terminales del búnker. Sus dedos se movían con una precisión metódica, filtrando los restos del código que el acosador había usado el día anterior. —Tengo algo, Leo —dijo Ian, con su voz suave pero cargada de urgencia—. Hay una frecuencia de radio de onda corta que se activa cada vez que Clara e

