Había pasado una semana desde lo ocurrido con Enzo, y aunque me resultaba difícil de admitir, no había podido quitarlo de mi cabeza desde ese entonces. Cuando Rebecca solía dejarme sola en la tarde para irse a trabajar, me encontraba recorriendo mi cuerpo con la punta de mis dedos, mientras viajaba entre mis pensamientos. No podía parar de pensar en sus labios contra mi piel, su suave cabello, y sobre todo acerca de la sensación del metal frío de la perforación de su lengua en contacto con mi cuerpo. Y claro, como olvidarme de su último gentil beso, que daba la sensación de que todo era más que algo de una sola noche.
Tuve más de esas tardes de las que realmente me gustaría admitir, y hoy no había sido la excepción a ello. No tenía realmente problemas ni prejuicios con darme placer a mi misma, pero a su vez era consciente de que no se trataba ni cerca de ser la misma cosa. No me daba ni el cuarto placer ni tampoco la satisfacción que había logrado obtener en ese momento. Quizás era a causa de la libertad que sentí al dejar todas mis inhibiciones a un lado, o quizás era el hecho de saber que estaba teniendo un orgasmo en un armario con un desconocido, mientras del otro lado de la puerta se encontraba un grupo de personas esperándonos, y sabiendo bien lo que podríamos estar haciendo ahí dentro. El voyerismo nunca me había parecido algo a lo que apelaría, pero debía de decir que aquél momento con Enzo no me había molestado para nada. Se sentía algo perverso de hacer, mientras intentábamos generar el menor ruido posible. Y allí nuevamente, me encontraba no pudiendo hacer la misma rutina cotidiana de antes sin pensar al menos una vez sobre aquél encuentro. Estaba casi convencida que no sería así de no ser por la atracción mutua que se sintió en ese momento. En el cuál sin dudas, ese bastardo tenía un poder de encanto casi sobrenatural.
Una vez que finalmente había llegado hasta el clímax deseado, quité las manos de dentro de mis pantalones y mientras buscaba un pañuelo con el cuál limpiarme momentáneamente, decidí que era hora de charlar conmigo misma acerca de los pensamientos de mi propia cabeza.
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Todavía faltaba para que terminara el día y tenía suficientes cosas que hacer como para comportarme como una adolescente con su cabeza en las nubes todo el día. Debía y necesitaba enfocarme en la universidad. Esa era en definitiva mi prioridad.
No un maldito chico con tatuajes y lindo cabello.
Ese día había terminado las clases desde temprano, lo que me dejaba un buen tiempo para estudiar y terminar algunos apuntes que podría completar en la biblioteca. De todas formas, tenía todo el día para mi misma ya que Rebecca se había encargado de escribirme con anterioridad que luego de su trabajo iría a verse directamente con Cristopher, y ya luego de ello se dedicaría a estar ausente todo el fin de semana. A veces me gustaría tener su versatilidad en cuanto a planes significaba.
De cualquier forma, no había sentido en quedarme todo el día encerrada en la habitación, dejándome llevar por mis propios pensamientos, siendo que ya iba a tener libre todo el fin de semana para ello. Además, sentía que ya necesitaba un poco de aire, por lo que la caminata hasta la biblioteca no me vendría para nada mal.
Sea lo que sea que había ocurrido con Enzo había sido divertido, pero debía de caer en la idea de una vez por todas, de que sólo había sido cosa de una sola vez. Además, no le había visto en ninguna parte del campus después de aquella fiesta, incluso aunque mis ojos lo buscaran descaradamente a todo lugar al que iba. Parecía como que repentinamente, fuese inexistente afuera de aquella casa de fraternidad.
De todas formas, tenía el pensamiento de que no haberlo cruzado era la mejor opción. Por que a pesar de la broma, ¿Cuáles podían ser las ventajas de verlo de nuevo?
Tomé todo lo que necesitaba y salí dirigida a la biblioteca, tomando el camino largo del campus hacia ella. Una suave y fresca brisa de otoño soplaba junto a un cielo algo nublado. Luego de un par de minutos llegué a la biblioteca, saludando amablemente a la recepcionista que ya acostumbraba a verme seguido por allí. Busqué una pequeña mesa que me sirviera de escritorio y dejé todas mis cosas sobre ella, mientras me encargaba de buscar los libros que necesitaba para estudiar.
Una vez que tenía todo preparado, finalmente me puse los audífonos y me enfoqué en mis deberes durante un buen par de horas. A pesar de que tenía la música en mis oídos a volumen bajo, podía sentir la tranquilidad del silencio inundar aquél cómodo rincón que me había preparado. Era un lugar ideal para estudiar, y se encontraba junto a una ventana que me daba una bonita vista del exterior.
Casi no había gente fuera transitando por el campus, siendo que era viernes, además del hecho de que unos minutos luego de que llegara a la biblioteca, comenzó a llover de manera bastante intensa. Desde mi lugar podía observar a través de la ventana como comenzaban a crearse charcos sobre el césped, y aquellos jóvenes que se hacían llamar estudiantes se encontraban saltando sobre ellos como si fueran tan sólo pequeños niños.
Dejé salir un suspiro mientras observaba el panorama. Siempre me había gustado la lluvia, y aquella sensación que otorgaba de comodidad y tranquilidad ante el sonido de las gotas sobre el vidrio de la ventana. Decidí que era suficiente uso de audífonos, siendo que el sonido más relajante lo estaba oyendo allí mismo y sin necesidad de ningun tipo de música que le acompañe. Esto representaba más de mi que una fiesta, y se sentía reconfortante volver a la rutina de siempre a la que ya me encontraba acostumbrada.
Nadie podía distraerme en ese momento de la sensación de paz y tranquilidad que-
_¿Qué hay, alma de la fiesta?
Bueno, a excepción de eso.
Eso podía distraerme de ciertamente, cualquier cosa si es que era honesta.
Miré hacia arriba, observando como Enzo agitaba una de sus manos en forma de saludo mientras me otorgaba una sonrisa. Estaba vistiendo un hoodie gris, junto a unos pantalones de mezclilla y un par de zapatillas blancas en sus pies. Su cabello se encontraba recogido al igual que en la fiesta, con un moño desordenado. Tanto su cabello como su rostro se encontraba algo humedecido en gotas de lluvia, y era algo realmente injusto lo adorable que se veía con ese aspecto.
A esas alturas había olvidado completamente mis convicciones anteriores acerca de que era mejor opción no verle.
_Uh...hola.
Agité también mi mano en respuesta, logrando una pequeña sonrisa ladina en el rostro de Enzo.
Se dirigió hacia mi con una confianza inundando cada paso que daba, y luego se lanzó a sentarse a mi lado. Una vez allí, sentado sobre el sofá que daba hacia la pared, comenzó a agitar su cabeza para sacudir el agua de su cabello como si se tratara de un perro sacudiéndose de la lluvia, cosa que me hizo reir levemente.
_¿Qué hay? ¿Qué te encontrabas haciendo?-Preguntó con una presumida sonrisa mientras observaba la manera en la que mis ojos recorrían los detalles de su rostro.
La pregunta me había descolocado un poco, siendo que era la última cosa que le imaginaba decir.
Después de días sin habernos visto el rostro, Enzo actuaba como si nada hubiese ocurrido entre ambos. Como si no nos hubiésemos encerrado juntos dentro de un clóset, intentaba tener una conversación normal a mi lado.
Sacudí levemente mi cabeza mientras la inclinaba hacia un lado para observarle y luego realizar una pausa antes de contestar.
_Nada, sólo estudiaba un poco...-Comencé a decir, bajando el volumen en cuanto observaba aquella sonrisa en su rostro volverse más amplia mientras sus ojos se mantenían sobre mi.
Y fue en ese momento que me dí cuenta el apodo por su parte en cuando me saludó. El por qué me llamó "alma de la fiesta" y no por mi nombre. Cuando me defendí de su acusación en la fiesta, había admitido asistir a distintas fiestas aparte de aquella, pero allí me encontraba, estudiando en una maldita noche de viernes.
Una pequeña risa escapó de sus labios al verme darme cuenta de ello, pero rápidamente volvió en si mismo, intentando ponerse serio ante mi mirada. En un instante en el cual se encontraba acomodándose sobre su asiento, se acomodó de tal manera que quedó cerca de mi, al menos lo suficiente para que su pierna rozara la mía. Al notar que no le empujé lejos sintiéndome incómoda por ello, se inclinó sobre mi hombro curiosamente para intentar ver el libro que leía, apoyado sobre mi falda.
Podía sentir su respiración cercana chocar contra mis mejillas, logrando que un pequeño calor subiera por todo mi cuerpo. A pesar de ello, él seguía lo suficientemente lejos como para que me sintiera incómoda de su presencia. Parecía como si siempre estuviera tanteando lo suficientemente cerca como para tocar la línea, sin cruzarla necesariamente. Siquiera a pesar de que era consciente de que me atraía, lo cuál era algo digno de apreciar. Más aún, proviniendo de alguien que pertenecía a una fraternidad.