Alaska
Estaba súper nerviosa en el avión, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en la ventanilla. Washington apareció bajo las nubes como una maqueta perfecta y distante, y solo entonces respiré un poco mejor.
Hasta que finalmente llegué a la pista privada de los Harrington, amplia, silenciosa, custodiada por hombres trajeados y vehículos negros alineados con precisión militar.
Apenas descendí, el aire me golpeó el rostro. Olía a asfalto caliente y a poder.
Allí me esperaba el jefe de seguridad de mi hermano Daniel.
Después de Xavier, Marcus es mi favorito.
Es uno de piel bronceada y ojos marrones, alto, de presencia tranquila pero firme, súper guapo, con esa clase de seguridad que no necesita imponerse.
—Buenos días, señorita Alaska… —me dice, con una sonrisa profesional, y me saluda con la mano.
—Buenos días, Marcus —respondí, agradecida de ver un rostro conocido.
Miré alrededor, buscando instintivamente. —¿Y mis hermanos y mi madre…? —indagué.
Marcus adoptó un gesto serio, aunque amable.
—El señor Liam y Daniel están en una reunión con la ONU —explicó—. No vendrán hasta mañana.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Los gemelos y su madre tampoco se encuentran en la ciudad.
Sentí una mezcla extraña de alivio y decepción.
Asentí despacio, ajustando la correa de mi bolso. —Entiendo.
Marcus hizo un gesto hacia el coche que nos esperaba. —Vamos a casa, señorita. Todo está preparado para su llegada.
Mientras caminaba hacia el vehículo, con la pista extendiéndose a mis espaldas y Washington esperándome delante, tuve la sensación —incómoda y persistente— de que ese fin de semana no iba a ser tranquilo.
No tardamos en llegar a la mansión presidencial. El coche avanzó por el camino de grava escoltado por guardias, cámaras y una calma casi irreal. Aquel lugar perteneció a mi padre durante sus dos mandatos, pero yo era demasiado pequeña para recordarla. Todo lo que sabía de esa casa lo había aprendido a través de fotografías oficiales y recuerdos ajenos.
Ahora le pertenece a Dani.Mi hermano lleva tres años como presidente, uno de los más jóvenes en la historia del país. Tomó el poder a los treinta y dos y ahora, con treinta y cinco, carga sobre los hombros un país entero… y una familia que apenas ve.
El coche se detuvo frente a la entrada principal. Las puertas se abrieron y el mármol blanco brilló bajo el sol de la tarde como si nada pudiera ensuciarlo.
Marcus bajó primero y me tendió la mano.
—Señorita, si desea salir, recuerde decírmelo —dijo con tono serio, profesional—. El protocolo es claro.
Reí fuerte, incapaz de evitarlo. —El súper militar está de niñero —bromeé—. Dani se ha enfadado contigo, ¿verdad?
Marcus negó despacio, sin sonreír, pero con una suavidad inesperada en la mirada. —No —dijo—. Simplemente estoy cuidando lo más valioso del presidente.
Me quedé callada un segundo.No su cargo, no su imagen, no su poder, a mí.
Los sirvientes llevaron mis maletas a mi habitación sin hacer ruido, como si mi presencia fuera un trámite más dentro de la casa. La habitación era amplia, impecable, demasiado perfecta. Ventanales enormes, cortinas claras, muebles que nadie usa de verdad.
Me cambié, dejé el vestido sobre la cama y me puse ropa más cómoda, necesitaba sentirme ligera, real. Bajé descalza por las escaleras hasta el gimnasio privado, un espacio silencioso, de paredes blancas y espejos infinitos que devolvían una imagen que apenas reconocía.
Me puse mi ropa de ballet: el maillot ajustado, las medias, el moño tirante que siempre me duele un poco al hacerlo. Ese dolor me centra. Me recuerda que sigo aquí.
Encendí la música y comencé a entrenar.
Pliés, tendus, saltos precisos.Cada movimiento era limpio, controlado, pero por dentro estaba hecha un nudo.Yo estaba muy enojada, tanto que me ardía el pecho. Porque nunca están conmigo. Porque somos la hermosa familia presidencial para las cámaras, para los discursos, para las portadas… pero la realidad es otra.
Han faltado a mis últimos dos cumpleaños, cada uno de ellos y cuando se acuerdan de mí, simplemente me envían a buscar, como si fuera un objeto valioso que debe guardarse bien, no una persona que necesita presencia.
Papá, concentrado únicamente en la carrera de Daniel, en su imagen, en su legado.
Iñigo, absorbido por su puesto como Ministro de seguridad, hablando de narcos y ataques mientras yo aprendo a contar ausencias.Iván… a él y a mi madre les dio igual.
Giré frente al espejo, respirando con dificultad, sosteniendo la postura aunque las piernas me temblaran.Salté más alto, giré más rápido.
Como si pudiera expulsar la rabia por los músculos porque en esa sala, sola, sudando, con el cuerpo al límite, la verdad era imposible de ocultar:
No me faltaba lujo, no me faltaba protección, me faltaban ellos.
Me giré para tomar aire… y fue entonces cuando me di cuenta de que alguien había llegado.
Estaba apoyado cerca de la entrada del gimnasio, inmóvil, observándome. Cabello oscuro, ojos negros, la barbilla marcada en forma de candado,serio, imperturbable, exactamente como siempre.
El pulso se me aceleró, pero no retrocedí.
Me giré del todo y, como un eco insistente, recordé lo que Amaya me había dicho: mostrar seguridad.Levanté la barbilla.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí…? —indagué, procurando que mi voz no delatara nada.
Él no cambió de expresión.
—El suficiente —me dice, serio, con esa voz grave que siempre parece medir cada palabra.
A veces me desespera que sea tan indescifrable.El silencio se tensó entre nosotros, di un paso hacia él, luego otro.
Sentía el sudor en la piel, el calor del entrenamiento, la respiración todavía acelerada. No me cubrí el cuerpo, no me disculpé. No bajé la mirada.Me acerqué hasta quedar a una distancia peligrosa, lo bastante cerca como para notar su presencia, lo bastante lejos como para no tocarlo.
—Pues hola, Raúl Macwail… —dije con seguridad, dejando que mi voz sonara tranquila, firme—. ¿Qué trae al mejor amigo de mi hermano por aquí…?
Él no sonrió.Nunca lo hacía cuando algo le importaba de verdad.
—No vengo por Daniel —respondió—. Vengo por ti.
Sus palabras cayeron despacio, con peso. No como una provocación, sino como una certeza.
Crucé los brazos con calma, apoyando el peso en una pierna, tal y como me habían enseñado en ballet: postura abierta, espalda recta, mirada firme.
—¿Desde cuándo eso es parte de tus funciones? —pregunté—. Que yo sepa, no formas parte de mi seguridad.
Raúl inclinó apenas la cabeza, estudiándome.
—No —admitió—. Pero hay cosas que no necesitan un cargo para hacerse.
Di un paso lateral, sin romper el contacto visual.
—Entonces supongo que deberías explicarte.
Él avanzó un poco, lo justo para invadir mi espacio sin tocarme.
—Daniel me pidió que me asegurara de que estabas bien —dijo—. Y yo… acepté.
—¿Solo por eso? —repliqué, arqueando una ceja.
Por primera vez, algo se movió en su mirada. No una sonrisa. Algo más peligroso.
—No —respondió con honestidad—. No solo por eso.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, cargado de cosas que ninguno nombraba.
—Bailas como si quisieras desaparecer —añadió—. Pero te mueves como si supieras que todos miran.
Sentí el calor subir por el cuello, pero no cedí. —Tal vez porque estoy cansada de que decidan por mí —dije.
Raúl me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal.
—Entonces empieza a decidir tú —dijo—. Pero no finjas que no sabes el efecto que causas cuando lo haces.
El corazón me latía fuerte, pero me permití una media sonrisa. —¿Eso es una advertencia… o una confesión?
Raúl no respondió enseguida.Solo dio un paso atrás, devolviéndome el espacio… como si el control hubiera sido suyo todo el tiempo.
—Es información —dijo—. Y tú eres lo bastante inteligente para saber qué hacer con ella.
Me quedé allí, firme, respirando despacio.
—Ya me aburrí de bailar… —dije mirándolo de frente—. Y no quiero quedarme sola toda la tarde como el adorno de los Harrington.
Di un paso hacia él, desafiante.
—Podemos ir a ese lugar que fuimos la última vez, ya sabes… el mes pasado, cuando me robaste del internado.
Raúl dejó escapar una risa apenas audible, más un soplo que una carcajada.
—Conozco un lugar parecido en Washington —dijo—. Pero aquí es más difícil violar la seguridad.
Incliné la cabeza, provocadora.
—¿Es algo que Raúl Macwail no puede hacer? —lo reté.
Sus ojos se oscurecieron.
Se acercó sin prisa, como si el espacio le perteneciera. Alzó la mano y, con un gesto lento, me soltó el cabello, deshaciendo los listones. El moño cayó y mi cabello dorado se derramó sobre mis hombros. Sentí el cambio al instante, como si también se hubiera soltado algo dentro de mí.Quedamos demasiado cerca.
.Él, mucho más alto, bajó la cabeza hasta quedar a la altura de mi mirada. No me tocó. No hizo falta.
—No me gusta que me provoquen —dijo en voz baja—. Menos cuando saben exactamente lo que hacen.
No retrocedí.
—Entonces no me mires —respondí, tranquila.
Raúl sostuvo mi mirada un segundo eterno. Su pulgar rozó apenas el aire junto a mi mejilla, sin tocarme.
—Si fuera tan fácil… —murmuró.
El silencio se tensó entre los dos, cargado de promesas que nadie se atrevía a nombrar.
— Vístete y te espero en la zona norte en diez minutos.