Después de confesarme regresé a la habitación con el corazón todavía acelerado. El pasillo estaba en silencio, apenas iluminado por las lámparas antiguas que siempre parecían observarnos más de lo que alumbraban.
Al abrir la puerta, la escena me arrancó una carcajada inmediata.
Amaya estaba sentada en su cama, con el cabello rojo suelto, desordenado, rodeada de velas encendidas que había robado quién sabe de dónde. Frente a ella, apoyada con cuidado sobre una almohada, estaba la fotografía de su coreano, el mismo del que llevaba años hablando como si fuera una aparición divina..Solo sé que se llama Riku y lo adoptaron los tíos de Corea de Amaya.
Tenía las manos juntas, los ojos cerrados y murmuraba algo en voz baja.
—Oh, espíritu del amor verdadero… —recitaba con una solemnidad ridícula— haz que este hombre me mire, me ame y me escriba primero.
No pude contenerme.
—Eres imposible —dije entre risas, dejándome caer en mi cama—. Las monjas te van a excomulgar.
Amaya abrió un ojo, sin dejar de rezar. —Callate —susurró—. Estoy manifestando.
—Eso no es manifestar, es invocar —me burlé—. Te va a aparecer un demonio coreano en vez de tu idol.
Ella abrió los ojos del todo y me miró indignada.
—No te metas con mis métodos espirituales, Alaska. El amor requiere sacrificios… y velas.
Se levantó de un salto y vino hacia mí, señalándome con el dedo. —¿Y tú? ¿Qué tal la confesión, monjita ejemplar?
Me encogí de hombros, todavía sonriendo. —Creo que el cura va a necesitar confesarse después de escucharme.
Amaya abrió la boca, teatral. —¿QUÉ?
—Nada —dije rápido—. Olvidalo.
Me dejé caer en la cama boca arriba, con un suspiro cargado de enojo.
Otra vez.Otra noche en la que mi mente no me dio tregua.
No dejaba de pensar en él. En sus ojos. En su voz. En esa forma que tiene de ocuparlo todo incluso cuando no está. Me revolví entre las sábanas, molesta conmigo misma por no poder apagarlo, por despertarme con el corazón acelerado y esa sensación incómoda de haberlo tenido demasiado cerca… solo en sueños.
Nadie lo sabía, nadie, solo Amaya.
—Te voy a ayudar a hacer un hechizo para tu amado —anunció de pronto, rompiendo el silencio, con una seriedad ridícula.
Me giré para mirarla. Estaba sentada en su cama, cruzada de piernas, con expresión concentrada como si acabara de descubrir el secreto del universo.
—¿Un hechizo? —pregunté, incrédula.
—Sí —afirmó—. Muy poderoso. Infalible.
—¿Y qué necesitás ahora? —dije, ya resignada.
Amaya sonrió de una forma peligrosa. —Solo una cosa… sus boxers.
Me incorporé de golpe. —¿¡Y cómo se supone que voy a conseguir eso!?
Ella se encogió de hombros, tranquila. —Ingeniatelas, mujer.
La miré unos segundos… y terminé riéndome, tapándome la cara con la almohada.
—Estás completamente loca.
—Y aun así —dijo señalándome— soy la única que sabe tu secreto
No respondí porque era verdad.
Salimos de nuestros pensamientos cuando llegó una monja, con su paso firme y el gesto severo de siempre, y nos dijo que debíamos cenar. Su voz no admitía réplica.
Entonces bajamos al salón, un espacio amplio y frío, iluminado por lámparas antiguas, donde había muchas alumnas, todas hablando en susurros, arrastrando sillas, ocupando su lugar como cada noche.
Entre ellas estaba Anisha, con su grupito de amigas, riendo demasiado alto, ocupando espacio como si el comedor fuera suyo. Es la más rebelde de todas y, desde el primer día, se comporta como si las normas no fueran con ella.
Cuando entré aquí a los diez años, fue la primera en molestarme, en señalarme, en buscar mi silencio… pero Amaya me defendió sin dudarlo y, desde entonces, se convirtió en mi mejor amiga.
—¿Cómo estás, monjita…? —me dice Anisha, con una sonrisa torcida, cargada de burla.
—No tengo tiempo para tus idioteces… —dije, sin detenerme, cansada de su tono y de su presencia.
Amaya dio un paso al frente, colocándose a mi lado sin pensarlo.
—Si te metes con Alaska te metes conmigo —dice, firme, mirándola directamente a los ojos.
Anisha ladeó la cabeza y me observó de arriba abajo.
—Eres bonita, Harrington, es un desperdicio que seas tan mojigata… —me dice, con veneno en la voz—. ¿No has visto cómo te ve el profe de Literatura?
Rodé los ojos, sintiendo cómo la sangre me subía al rostro.
—No te importa, Anisha.
Su sonrisa se ensanchó, como si hubiera encontrado una grieta. Aún recuerdo hace unos años cuando estábamos mas chicas como reto a Amaya a besar al profesor de inglés y la muy tonta pelirroja lo hizo y la castigaron por semanas.
Me senté con Amaya a cenar, compartiendo la mesa con otras niñas, mientras Anisha permanecía al otro lado del salón con su grupito de amigas, riendo demasiado alto, como si necesitara que todo el mundo la mirase.
El murmullo del comedor nos envolvía, el tintinear de los cubiertos, las voces bajas, el olor a comida caliente mezclado con el de la madera antigua.
—Si Anisha te reta a besar un sapo, tú lo haces… —le dije en voz baja, mirándola de reojo.
Amaya sonrió, orgullosa, llevándose un trozo de pan a la boca. —Está mi honor de por medio —dice.
Luego suspira y baja un poco la voz.
—Pero no quiero hablar de esa tonta… te extrañaré este fin de semana.
—Es el cumpleaños de mi padre… —dije—. Y quiero pasar tiempo con él.
Amaya arqueó una ceja, con esa expresión suya que siempre anuncia travesura.
—Ponte un vestido muy corto —me dice—. Así vuelves loco a ese hombre.
Sentí cómo me ardían las mejillas. —Es más grande que yo… —dije—. Y creo que me ve como una niña.
Amaya chasqueó la lengua, negando con la cabeza. —Entonces demuéstrale que no lo eres, no seas tonta. Dale un beso.
Se inclinó hacia mí, conspiradora.
—Tú debes ser la primera que pierda la virginidad, así me enseñas cositas.
Reí fuerte, llevándome la mano a la boca para que ninguna monja me oyera. —No sabría qué hacer.
—Enséñale las piernas… —me dice Amaya en un susurro, inclinándose hacia mí como si estuviéramos conspirando—. No de golpe, no como si lo hicieras aposta. Cruza las piernas despacio, muévete con naturalidad. Haz que lo note sin que pueda decirlo en voz alta.
La miré, con el corazón acelerado.
—Mírale a los ojos —continuó—. No bajes la mirada enseguida. Aguántale la mirada un segundo más de lo normal. Eso descoloca a cualquiera.
—Amaya… —murmuré—. Eso es muy descarado.
—Exacto —sonrió—. Y por eso funciona.
Se acercó todavía más, bajando la voz. —Háblale cerca del oído. No hace falta que digas nada importante. Cualquier tontería sirve. Es la cercanía lo que lo desarma, no las palabras.
Tragué saliva.
—Y coquetea con él —añadió, como si fuera lo más obvio del mundo—. Sonríe de lado. Tócale el brazo al hablar. Retírate antes de que él reaccione. Déjale con la sensación de que quiere más y no sabe por qué.
—Él es diferente a todos los hombres que he conocido.
—Todos son iguales, Ali. Solo hay que saber jugar su juego.