Cuando llegué al internado ya había amanecido. El cielo estaba gris y yo me sentía igual: agotada, con el cuerpo pesado pero la cabeza llena de imágenes que no me dejaban dormir. Ni siquiera me cambié; arrastré la maleta hasta mi habitación y me lancé a la cama. Amaya estaba despierta. —Llegaste —dijo apenas me vio—. Ven acá. Me metí bajo las sábanas y la abracé con fuerza, como si el mundo fuera a desarmarse si la soltaba. —¿Cómo te fue? —preguntó, bajando la voz—. Necesito saberlo todo. Sonreí, cansada, pero orgullosa. —Ya nos besamos —dije, inflando un poco el pecho. Amaya se incorporó de golpe. —¿QUÉ? —susurró gritando—. No, no, no… quiero detalles. Muchos detalles. —No diré nada —murmuré, riendo. —¡Alaska! —me sacudió el hombro—. Besaste a Raúl, ¿verdad? Ya quiero una foto d

