Maya había olvidado lo distinto que se sentía el tiempo en Chile. No era más lento ni más rápido; era más denso, como si cada día tuviera capas superpuestas de pasado y presente. Las mañanas llegaban con luz clara, sin la prisa silenciosa de Stanford, y las noches se cerraban con una calma que le permitía pensar sin la urgencia constante de producir. Esa mañana despertó temprano, no por obligación sino por costumbre. Mendel estaba extendido a lo ancho de la cama, ocupando un espacio que desafiaba cualquier lógica física. Maya lo miró unos segundos antes de levantarse, preguntándose cómo un solo gato podía pesar tanto emocional y corporalmente. —Eres un fraude evolutivo —murmuró, empujándolo suavemente. Mendel respondió con un sonido indefinido, a medio camino entre un ronquido y una que

