El avión descendió atravesando una capa de nubes bajas que se abrían como algodón húmedo sobre la costa. Maya apoyó la frente contra la ventanilla, reconociendo el dibujo irregular de los cerros, el mar oscuro y familiar, la luz distinta de su país. Chile siempre tenía esa cualidad: no importaba cuánto tiempo pasara lejos, algo en su cuerpo se reacomodaba apenas aterrizaba. No era alivio exactamente. Era una mezcla de cansancio y pertenencia. A su lado, Oliver revisaba su teléfono sin demasiado interés. Desde que abordaron, habían hablado poco. No por incomodidad, sino por una especie de respeto silencioso: ambos sabían que este tramo del viaje no era un simple traslado. Era una frontera invisible. —Ya casi —murmuró él, como si leyera sus pensamientos. Maya asintió, sin mirarlo. El at

