El regreso no tuvo nada de épico. No hubo música de fondo, ni una sensación clara de “nuevo comienzo”. Solo el ruido seco de la maleta rodando por el pasillo del edificio, el olor neutro del desinfectante y la llave girando en una cerradura que Maya conocía demasiado bien. Su departamento en el extranjero seguía exactamente igual a como lo había dejado: ordenado, impersonal, funcional. Como si el tiempo se hubiera detenido mientras ella vivía algo que no sabía aún cómo nombrar. Dejó la maleta junto al sofá y se quedó de pie, inmóvil, observando el espacio. Ahí estaba su escritorio con libros subrayados hasta el agotamiento. La taza con una g****a en el borde que siempre prometía botar. El calendario pegado con cinta, aún marcando la fecha de la conferencia como si fuera un punto final.

