Maya se dio cuenta de que algo había cambiado el día en que dejó de contar las horas dentro del laboratorio. No fue inmediato ni dramático. No hubo una revelación repentina ni una conversación decisiva. Fue algo más sutil, más peligroso: empezó a sentirse bien sin esfuerzo. A avanzar sin la tensión constante de estar demostrando algo. A trabajar sin ese nudo permanente en el estómago que había aprendido a confundir con ambición. Y eso la descolocaba. La pantalla frente a ella mostraba una simulación que, por primera vez desde que había llegado a Stanford, no parecía una promesa frágil sino una estructura firme. El modelo respondía mejor. Las variables dejaban de pelear entre sí. Había coherencia. —Si sigues por ahí, vas a tener resultados publicables antes de lo que crees. Maya levant

