El laboratorio estaba en silencio cuando Maya llegó esa mañana. No el silencio vacío de la madrugada, sino uno más profundo: el de los espacios donde las ideas están a punto de ordenarse. El zumbido constante de los equipos, el pitido ocasional de una centrifugadora, el murmullo lejano del sistema de ventilación. Todo sonaba como debía. Era ahí donde mejor pensaba. Dejó su bolso en el casillero, se puso la bata y revisó la libreta que llevaba días llenando con anotaciones nerviosas, flechas, porcentajes, signos de interrogación. Desde el viaje a la conferencia algo se había reorganizado dentro de ella. No se sentía más tranquila, pero sí más enfocada. Como si la incertidumbre hubiese dejado de paralizarla para transformarse en combustible. Encendió el computador del laboratorio y abrió

