Maya empezó a notar el cambio de forma sutil. No fue un comentario directo ni una confrontación abierta. Fue algo más silencioso, más académico. Miradas que se sostenían un segundo de más. Pausas incómodas en reuniones técnicas. Correos que antes llegaban rápido y ahora tardaban horas. El tipo de señales que no aparecen en ningún reglamento, pero que cualquier mujer en ciencia aprende a leer con precisión quirúrgica. Ese martes, mientras revisaba los resultados finales del último ensayo, escuchó su nombre al otro lado del laboratorio. —…no es común ver ese nivel de consistencia en una pasantía —decía una voz masculina—. Y menos en tan poco tiempo. —Saint James no suele exagerar —respondió otra—. Si la respalda, debe haber algo sólido. Maya mantuvo la vista fija en la pantalla. No por

