El avión aterrizó en Santiago cuando el sol comenzaba a caer, tiñendo la pista de un naranja polvoriento que a Maya siempre le había parecido melancólico. A través de la ventanilla reconoció el paisaje familiar con una sensación contradictoria: alivio y nostalgia, como si estuviera visitando una versión anterior de sí misma.
Habían sido solo unas semanas fuera, pero sentía que algo se había desplazado dentro de ella. No era una transformación visible ni grandilocuente; era más bien una reconfiguración silenciosa. Como cuando una hipótesis cambia levemente el enfoque, pero altera todo el diseño experimental.
Caminó por el aeropuerto con su mochila colgada al hombro y la maleta rodando detrás, esquivando familias, turistas y reencuentros ruidosos. Tenía el teléfono en la mano, vibrando cada tanto. Mensajes de Leen, uno tras otro.
YA ESTOY EN LA CASA
MENDEL ME ODIÓ LOS PRIMEROS DOS DÍAS
AHORA ME SIGUE COMO UNA SOMBRA
APÚRATE O SE COME MI ALMOHADA
Maya sonrió sola. Esa sonrisa genuina, suelta, que no necesitaba justificación.
El trayecto hasta Villa Alemana se le hizo corto. Iba apoyada contra la ventana del bus, observando cómo el paisaje urbano se transformaba lentamente en algo más reconocible, más propio. En algún punto del camino, sin pensarlo demasiado, abrió su correo.
Un mensaje nuevo.
Elizabeth Connor.
No lo abrió de inmediato. Bloqueó la pantalla y respiró hondo. Había aprendido algo en los últimos días: no todo debía resolverse al instante.
Cuando finalmente llegó al departamento, la puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Leen estaba ahí, con el pelo recogido de cualquier forma, polera grande y una sonrisa que mezclaba emoción y cansancio.
—¡Por fin! —exclamó, abrazándola con fuerza—. Pensé que el avión se había caído.
—Gracias por el voto de confianza —rió Maya, devolviendo el abrazo.
Antes de que pudiera decir algo más, una masa peluda y regordeta apareció arrastrándose por el pasillo.
—Señor Mendel —dijo Maya, agachándose de inmediato—. Ven acá, traidor.
El gato la miró con aparente indiferencia, pero a los dos segundos ya estaba frotándose contra sus piernas.
—No te hagas la importante —le dijo Leen—. Apenas te vio en la videollamada ayer se sentó frente a la pantalla como si entendiera todo.
—Claro que entiende —respondió Maya—. Es un hombre de ciencia.
—Es un cerdo —corrigió Leen—. Mendel Pig.
Maya rió fuerte. Era ese tipo de risa que libera presión acumulada.
El departamento estaba exactamente como lo había dejado, salvo por pequeños cambios inevitables: una planta nueva en el balcón, una taza distinta en la cocina, una sensación de movimiento. No era abandono. Era transición.
Se sentaron en el sillón con té caliente. Mendel se instaló entre ambas, ocupando más espacio del necesario.
—Bueno —dijo Leen, cruzando las piernas—. Cuéntamelo todo. Pero TODO.
Maya dudó un segundo. Luego empezó.
Habló de la conferencia, del primer día, de los nervios, del tercer día y de cómo su voz no había temblado cuando comenzó a exponer. Leen escuchaba en silencio, con atención absoluta.
—Y Oliver —añadió Maya finalmente.
Leen levantó una ceja.
—Ajá.
—No me mires así.
—Te estoy mirando como alguien que lleva seis años siendo tu mejor amiga.
Maya suspiró.
—No pasó nada —aclaró—. Pero… pasaron cosas.
Leen sonrió lento.
—Eso es peor.
Maya le contó del desayuno antes del vuelo, de la forma en que Oliver la había acompañado sin invadir, de cómo hablaban de ciencia y de ética con la misma intensidad que otros hablaban de cualquier banalidad. No habló del abrazo largo, pero Leen lo intuyó igual.
—Te gusta —dijo simplemente.
—No —respondió Maya demasiado rápido—. O sea… no sé. Es mi mentor. Es complicado.
—Te gusta —repitió Leen—. Y no pasa nada. No estás haciendo nada mal por sentir.
Maya se quedó en silencio. Mendel roncó suavemente.
—Vuelvo a Stanford en enero —dijo finalmente—. Esto es solo vacaciones.
—Lo sé —asintió Leen—. Pero no suenas como alguien que quiere escapar. Suenas como alguien que volvió a recargar energía.
Más tarde, ya sola en su habitación, Maya abrió por fin el correo de Elizabeth.
Querida Maya,
Te felicito por tu presentación. Ha generado interés. Creo sinceramente que podríamos potenciar esto juntas. Me gustaría que nos reuniéramos mientras estás en Chile.
Con cariño,
Elizabeth
Maya leyó el mensaje dos veces. No había amenaza. No había urgencia. Pero había algo subyacente, una familiaridad que ahora le resultaba inquietante.
Cerró el computador sin responder.
Esa noche durmió profundo, con Mendel acurrucado a sus pies.
Los días siguientes transcurrieron entre caminatas por el barrio, cafés con Leen, videollamadas con Taylor y tardes tranquilas escribiendo. Taylor estaba eufórico: había recibido una oferta para colaborar en un proyecto independiente, lejos del laboratorio donde había sufrido discriminación.
—Me voy a mudar —le dijo, sonriendo—. A un lugar donde no tenga que pedir permiso para existir.
—Te lo mereces —respondió Maya—. Todo.
A ratos, revisaba sus avances del doctorado. A ratos, simplemente descansaba. No se sentía culpable. Por primera vez, entendía que el descanso también era una forma de resistencia.
Una semana después, volvió a escribirle a Elizabeth.
Gracias por el mensaje. Estoy tomando estos días para descansar y pensar con calma. Cuando vuelva a Stanford, podremos conversar con más claridad.
Saludos,
Maya
No era un rechazo. No era una aceptación. Era un límite.
Esa misma noche, Oliver le escribió.
Espero que el viaje haya sido tranquilo. Stanford sigue aquí. Yo también.
Maya apoyó el teléfono sobre el pecho y cerró los ojos.
Chile no era un retroceso.
Era una pausa consciente.
Un punto de apoyo antes de volver a impulsarse.
Y esta vez, lo haría con la certeza de que su trabajo, su voz y su nombre le pertenecían.