CAPÍTULO 9

1117 Words
La tarde caía sobre Stanford con un cielo dorado que entraba por la ventana del dormitorio como un recordatorio amable de que el mundo seguía girando, aunque yo sintiera que cada día allí pesaba como un experimento fallido. Me tiré sobre la cama, exhausta. Entre la secuenciación, los errores mínimos que Saint James convertía en tragedias griegas, y la presión constante de la pasantía, tenía la cabeza tan llena como una placa de Petri contaminada. Miré el celular y vi el mensaje que siempre lograba arrancarme una sonrisa: Leen: “Videollamada cuando estés viva. Necesito verte y al cerdo científico.” Reí. El señor Mendel. Mi pobre, gordo, precioso Mendel. Desde que había viajado a Stanford a pasar tres meses, el gato se había convertido en una mezcla entre mascota, roomie y pequeño tirano de la casa. Leen siempre lo había tolerado más que amado, pero ahora ya lo trataba casi con cariño. Casi. La llamé. Leen contestó en menos de un segundo, como si hubiese estado esperando el timbre con la varita en la mano. —¡Mi brujita favorita! —saludó, acomodándose en la pantalla. Su cabello estaba recogido en un moño desarmado, típico de Leen en modo hogar—. Oye, tu hijo está insoportable. —Déjame verlo —pedí. La cámara bajó y ahí estaba: Mendel, el señor de los lípidos, tirado como un croissant mal armado sobre el sillón. —Está más gordo. ¿Cómo lo lograste? —pregunté con una risa cansada. —No lo logro yo —respondió Leen, señalando con el dedo—. Lo logra él. Se come TODO. Hoy atrapó al roomie nuevo abriendo una lata de atún. El pobre estaba tan asustado del gato que le dejó la lata entera. —¿El roomie que pasa medio despeinado? —pregunté, recordando la videollamada anterior, cuando él pasó por detrás como si no supiera que existía el concepto de “peinarse”. Leen rodó los ojos, pero no logró ocultar la sonrisa. —Ese mismo. El tema quedó flotando en el aire; yo la conozco hace seis años: cuando sonríe así, algo está pasando. Mucho no, pero algo. —¿Y? —pregunté con tono cómplice. —Nada —respondió ella demasiado rápido—. Es tímido. Y está bueno, ya, lo admito. Pero creo que me ve igual que Mendel: un bulto que existe nomás. —No te ve así —dije sincera—. Te vio cuando pasó la otra vez. Se puso rojo. Leen abrió los ojos—. ¡Se puso rojo porque Mendel le estaba mirando la tostada, Maya! Reí. Esa era Leen. Mi Leen. Mi hogar. —Bueno, cuéntame tú —dijo finalmente, acomodándose—. ¿Cómo va la vida en Hogwarts versión científica? ¿Ya te transformaron en un girasol transgénico? —Estoy trabajando justo en eso —respondí—. El paper sigue avanzando… Optimización de la producción de lípidos en semillas de girasol transgénicas para aplicaciones terapéuticas. Pero acá puedo hacer cosas que en Chile jamás… —suspiré—. A veces siento que estoy en otro planeta. —Y el planeta está gobernado por Oliver Saint James —respondió ella con tono teatral. Yo fruncí la boca. —Leen… —advertí. —¿Qué? —dijo ella, sonriendo como si lo hubiera estado esperando—. Cada vez que digo su nombre haces esa cara. A ver, cuéntame la verdad. ¿Te odia tanto como crees? Tragué saliva. Leen era la única que notaba lo que yo misma no quería mirar de frente. —Él no me quiere en su laboratorio —confesé—. Creo que piensa que soy un error en el sistema. A veces siento que me odia por ser mujer. Mujer científica, latina, además… Stanford no siempre es tan inclusivo como lo pintan. —No creo que sea eso —respondió ella con suavidad—. Más bien creo que él te tiene miedo. —¿Miedo? Por favor, Leen… —Sí, Maya. Miedo. A que seas tan brillante como eres y desmontes su ego académico de un solo pipeteo. Me reí, pero no del todo. Había algo en esa teoría… algo que me quemaba por dentro. —No sé —dije finalmente—. Es complicado. A veces parece que no me soporta. Y otras… —me quedé callada. Leen levantó las cejas. —Ah. —No “ah”. No hay ningún “ah”. —Maya —dijo ella lenta y firme—. Te estás empezando a fijar en él. No es tu culpa. Es alto, seco, insoportable, inteligente, emocionalmente disponible cero… Obvio que te gusta. —¡No me gusta! —respondí demasiado fuerte. Leen sonrió como quien escucha a alguien negar que le gusta Draco Malfoy. —Te va a hacer mierda, Maya —añadió más seria—. Ten cuidado. La pantalla quedó en silencio unos segundos. No respondí. No tenía cómo. Finalmente, cambié de tema. —Oye… recibí un mail de Elizabeth. —¿Connor? —preguntó Leen—. ¿La mentora que tú idolatras? —Sí, ella. Me escribió preguntando por la última actualización del paper. Fue raro. Antes ni siquiera me puso entre los autores iniciales del borrador… —¿Qué te dijo? —Nada directo. Pero… —fruncí el ceño—. Sentí algo extraño. Como si estuviera demasiado interesada en ciertos detalles del método, pero no en los resultados. No sé… confío en ella, pero… Leen me miró con esa expresión que solo ella me hace: mezcla de cariño, intuición y alerta. —Solo cuídate, Maya. A veces la gente que admiramos también comete errores feos. Asentí. A Elizabeth la quería, la respetaba. Le debía mi carrera. Pensar mal me dolía. —Bueno —dijo Leen finalmente—. Necesito ir a cocinarle al cerdo. Está llorando porque el roomie cerró su puerta y no lo dejó entrar. —Mendel siempre consigue lo que quiere. —Igual que tú —dijo ella guiñándome un ojo—. Solo que tú todavía no te das cuenta. La videollamada terminó con una sensación cálida pero inquietante en el pecho. Y mientras me acomodaba sobre la cama, con la ventana abierta dejando entrar el aire frío de Stanford, no pude evitarlo: pensé en Oliver Saint James. En su mirada. En su voz. En lo que me producía. En lo que no quería admitir. Y pensé en Elizabeth también. En lo que estaba empezando a no calzar. Sentí que mi vida, de pronto, era una mezcla peligrosa entre el laboratorio y las emociones. Dos sustancias inestables que, si se mezclaban en el momento justo… podían explotar
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD