Me regocija saber que estoy frente la puerta de color rojo y no hay nadie a mis espaldas para detenerme. Introduzco la llave y trato de girar el pomo, pero no cede. —¿Quién eres? —esa voz. Que maldita voz. Fuerte y certeza. Como si supiera realmente que voy a comérmelo y no está preparado para abrirle a este infierno—. Sea quien seas, necesito que traigas a Robert y Stefan. —¿Adiel? —mi tono se transforma en uno dulce y apacible—. ¿Ese es tu nombre? —Por favor, necesito que los traigas aquí —recalca nuevamente con tono serio. No llega a ser grotesco. Me atrae de sobremanera y cada una de mis partículas se contraen. —Están ocupados ahora —pienso en sus cabezas dentro de los cuartos—. No sé si quieran que los moleste… El ritmo de mis latidos se intensifica. Mis labios están entrea

