Prólogo
Bristow, una linda ciudad por lo que escuché decir de mamá.
Por lo que ví en el folleto que nos dio una azafata leí que era una Ciudad muy tranquila y no se que más leí.
Pero bueno.
El avion ya había aterrizando hace más de media hora. Nosotros ya habíamos bajado y fuimos directo a buscar nuestras cosas.
—Maia, ve a recoger tu maleta.—Dijo mi madre mientras guardaba los pasaportes en su cartera de mano.
—¿No puede ir Tomás?, esta muy lejos.—Dije con un poco de cansancio.
No dormí en todo el vuelo,había un niño que pateaba mi asiento constantemente, a mi lado había un señor que no paraba de roncar y para completar al otro lado había una señora que no paraba de hablar de su nieto mayor que viajaba con ella a esta ciudad por que iban a visitar a no sé quién.
Se llamaba rosa, creo.
—Ey, son tus maletas, no mías.—Dijo Tomás sin despegar su visita del teléfono.
—Piedra, papel o tijera para ver quién va ¿Vale?
—Chicos, no empiecen.—dijo mamá ya cansada de este juego y de nosotros.
—okey. Pero si yo gano, tu vas por tus maletas y por un mes lavas los trastes ¿Hecho?.
—¿¿¿Queee??? No, dos semanas.
—Tres.
—Dos.
—Cuatro.
—Dos.
—Dos.
—Cuatro.
—Hecho.—Dijo Tomás con una sonrisa triunfante.
—Hiciste trampa, pero veamos quién gana.
—Piedra, papel o tijera.—Dijimos al mismo tiempos.
♡♡♡
Si señores, perdí.
Ya sabía que iba a perder, pero solo quería intentarlo.
Estaba caminando rumbo al lugar donde se recoje el equipaje para buscar mi maleta roja. No estaba lejos de dónde estábamos, de hecho estaba justo al frente de mí.
Caminé lo más rápido que pude y es ahí cuando la ví.
Mi maleta roja. Corrí hacia ella pero antes de que pudiera agarrarla alguien la tomo primero.
—oiga, esa es mi maleta.—Dije agarrándola yo también y estirandola para mi lado.
—No es cierto, está es mi.—Es ahí donde me di cuenta que quien agarro la maleta se trataba de un chico.
Levanté la mirada de la maleta y contemple a la persona que estaba enfrente de mí.
Era un chico alto de cabello azabache y ojos grises. Su vestimenta consistia en una sudadera negra, unos jeans negros y unas converse rojas.
No me di cuenta que lo estaba mirando por mucho tiempo hasta que el habló otra vez.
—¿Podrías devolverme mi maleta por favor?
—Lo siento, pero es mia.—Dije jalando para mi lado la maleta.
—No, es mía.—Dijo el jalando para su lado mi maleta.
—Te dije que e...—No pude acabar mi frase por qué mi hermano me interrumpió.
—¿SE PUEDE SABER QUE MIERDA ESTAS HACIENDO?
Esa era la voz de Tomás, mi hermano.
Los dos soltamos la maleta al mismo tiempo y observamos a mi hermano.
—¡Maia, apresúrate que mamá ya pidió un taxi y tú, aléjate de mi hermana!
Regrese la vista al chico y agarre mi maleta.
—Es mía.—y con eso seguí a mi hermano hasta el estacionamiento del aeropuerto donde nos esperaba mamá.