El nuevo Inférnum

2290 Words
-       Ha llegado el día — Nero dijo para sí mismo levantándose de la cama y sentándose en el borde e ella Al girarse notó que su esposa no estaba, pasó sus manos por la cara y respirando profundamente terminó de ponerse de pie y caminando hasta la puerta del santuario donde se encontraban todos los seres celestiales reunidos platicando con Atlas y Haru. Myla llegó desde la parte de atrás del Santuario, mirando a Nero con algo de tristeza pero dedicándole una sonrisa. -       ¿Cómo estás? -       Se siente extraño ver a tus hijos partir -       Sí, no pensé que este día llegaría -       Al menos estoy seguro que ambos estarán en buenas manos Myla le acarició la espalda a Nero mientras observaba a los chicos bromear con los demás. De la nada las olas comenzaron a ponerse algo violentas, unas nubes blancas invadieron el lugar para luego descender de ella una luz resplandeciente, donde se veía como el todopoderoso bajaba con lentitud gracias a su poder de levitación, al llegar al tierra firme levantó sus brazos haciendo que en cuestión de segundos las olas se calmaran y el océano volviese a estar en calma. -       Un gusto verlos a todos reunidos, hijos míos Al escuchar la voz y presenciar al todopoderoso, se arrodillaron todos los presentes alrededor de él. Nero y Myla se mantuvieron de pie observando la escena desde las escaleras del santuario. -       De pie — ordenó el viejo Dios con una seña — ¿Dónde están mis dos compañeros de viaje? — preguntó buscando entre la gente a Haru y Atlas Haru y Atlas dieron un paso adelante, su mirada era intensa y decidida. -       ¿Están listos para marcharse? Ambos asintieron con la cabeza -       Perfecto, busquen sus cosas, despídanse de sus padres y nos pondremos en marcha Los dos chicos caminaron entre los seres celestiales en camino hasta el santuario donde al levantar la cabeza se fijaron en la presencia de sus padres, los cuales bajaron hasta donde se encontraban sus hijos abrazándose los cuatro en un momento de emoción y tristeza. Malditas responsabilidades aquellas que nos alejan de nuestros seres queridos, ese era el pensamiento que rondaba en la cabeza de Haru, a pesar de ser una chica muy dulce no podía ocultar su disgusto respecto a la situación en la que estaba ahora envuelta. Claro que quería conocer Caelus y por supuesto que quería conocer a su tía Alyssa, pero el precio para esto era alejarse de sus padres y no era algo que realmente quisiera hacer. Lo mismo pensaba Atlas, que aunque quisiera mostrarse fuerte no pudo controlar las lágrimas al abrazar a sus padres una última vez. -       ¿Ya tienen todas sus cosas? — preguntó Myla separándose de sus hijos -       Sí madre, tenemos nuestras cosas ya listas acá — respondió Haru señalando sus pertenencias las cuales estaban al pie del árbol enorme que se situaba al lado del Santuario -       Bien… entonces… — hizo una pausa para suspirar — Es hora de despedirnos por un largo tiempo — Myla culminó de hablar con dificultad Atlas volvió a lanzársele a los brazos a su madre, abrazándola muy fuerte sin querer soltarla. -       Se fuerte Atlas, recuerda que eres hijo de Myla y Nero — le susurró al oído a su hijo que sollozaba en su hombro — Eres un protector del mundo, rey de Inférnum El chico se separó de su madre y con lágrimas en los ojos asintió con la cabeza, Myla le dio un beso en la frente y con sus manos le apretaba los hombros llenándolo de confianza en su viaje. Haru se acercó a Nero dándole un abrazo también, el cual fue correspondido con unas caricias en el largo cabello de la chica. Esta a diferencia de Atlas se mantenía firme, más que tristeza sentía algo de enojo pero su padre al percibir esto la miró a los ojos luego de separarse de ella. -       Entiendo tu disgusto y quisiera hacer algo respecto pero no puedo querida Haru — dijo Nero derrotado ante la situación -       No te preocupes padre, en mi corazón sé que nos volveremos a ver en algún momento -       Se valiente, escucha a tu tía Alyssa y cualquier cosa que te aconsejen dentro de Caelus, son gente sabia y créeme que el día que asciendas al trono lo apreciarás Haru asintió y volvió a abrazar a su padre dándole un beso en la mejilla, para luego girarse y ponerle la mano en la espalda a Atlas dirigiéndose hasta la base del árbol a recoger sus cosas, donde ambos se arrodillaron y se mantuvieron en silencio por un momento. -       Esta también es nuestra despedida hermano — Haru le dijo mientras recogía sus pertenencias -       Así es querida hermana — respondió Atlas mirándola con cariño -       ¿Crees que nos volvamos a ver en algún momento? -       Estoy seguro que sí, cuando me case te invitaré a mi boda -       ¿Qué haces pensando en que te vas a casar a tan temprana edad? — preguntó Haru riéndose un poco ante el comentario de su hermano -       ¿Un rey necesita una reina, no? — respondió Atlas son perspicacia -       Sí pero eres un niño — siguió diciendo Haru riéndose cada vez más -       No soy tan niño, ya el próximo año tendré la mayoría de edad -       Sigues siendo un niño para mí Atlas, eres mi hermano pequeño -       Y tú la hermana mayor más fastidiosa que alguien pueda llegar tener — dijo Atlas girando su cabeza y mirando de reojo a su hermana -       Eres un estúpido Atlas — respondió Haru tomándolo por el cuello y desordenándole el cabello a su hermano Se pusieron de pie y colgándose sus pertenencias se dirigieron hasta el todopoderoso, el cual los estaba esperando. Antes de marcharse sus padres volvieron a darles una mirada de despedida y de reconforte para que no se sintieran acongojados al marcharse. -       Muy bien, estamos listos finalmente — sentenció el todopoderoso en voz alta Haru y Atlas movieron su cabeza afirmativamente poniéndose cada uno a los lados del viejo Dios que allí estaba listo para marcharse junto a ellos. Nuevamente las nubes de abrieron y volvió a descender aquella luz que los envolvería, Haru cerró sus ojos y apretó las manos en forma de puño. Atlas no despegó la mirada de sus padres, siendo esto lo último que vio de ellos y del reino de Syna. Aquella luz se hizo más intensa que al disiparse cada uno apareció en sitios distintos y en soledad, el todopoderoso desapareció de su lado. Atlas apareció de pie en medio de la plaza de mercado de Inférnum, este era un lugar bastante concurrido, el chico se sintió abrumado debido a la gran cantidad de personas que allí hacían vida, unos iban, otros venían, incluso llegaron a chocarlo y gritarle que se apartara. Su alrededor estaba lleno de edificios que posiblemente eran hogares de los que allí trabajaban, así que luego de respirar aquel aire de Inférnum caminó un poco hasta llegar a la salida del mercado donde se sintió algo más ligero y sin tanta presión. Siguió caminando y mirando alrededor, el sitio era acogedor y se sentía como en casa, así que siguió caminando en búsqueda de algún templo y durante el camino se encontró con varios ciudadanos que lo miraban con confusión, algo que este no entendía hasta que uno lo detuvo en medio de la calle. -       ¡Hey chico! — exclamó el ciudadano que vestía con un delantal de panadero — ¿Estás perdido? -       Un poco, ¿puede indicarme donde hay algún templo? -       Debes ser extranjero — respondió riéndose un poco — en Inférnum ya no existen los templos joven, fueron destruidos -       ¿Cómo que fueron destruidos? ¿Por quién? -       El Rey Damian — dijo el ciudadano informándole a Atlas Atlas se quedó en silencio mirando a su alrededor nuevamente y pudo observar que todos lo observaban con rareza. -       ¿Hubo alguna razón para hacer esto? — siguió indagando Atlas intentando buscar respuestas -       Chico, estás haciendo muchas preguntas -       Discúlpeme, tiene razón — Atlas se excusó rápidamente para no seguir indagando ya que posiblemente pudiese causar alguna molestia — Seguiré mi camino entonces -       Joven, ¿tiene algún sitio donde dormir? -       No, iré en búsqueda de uno, muchas gracias por su ayuda — manifestó Atlas comenzando a caminar en otra dirección -       Espere joven — aquel señor detuvo a Atlas tomándole por la mano donde notó aquel brazalete dorado — De… de… ¿Desea usted comer algo? Invita la casa — le pidió tartamudeando luego de notar aquel símbolo del brazalete de Atlas Atlas dudó un poco pero su estómago ya comenzaba a doler de hambre, así que accedió pero puso su mano en el cinturón donde se encontraba aquella daga que Astraea le había regalado. -       Pase adelante, es usted muy bienvenido — le señaló el ciudadano a Atlas la entrada de la panadería -       Muchas gracias — respondió mirándole con amabilidad y caminando tras él Una vez adentro, Atlas notó que la panadería estaba algo vacia así que busco una mesa donde sentarse y poner sus cosas, pero aquel señor se acercó a él con rapidez, agachándose y mirando alrededor como si lo estuviesen observando -       Joven, ¿es usted algún tipo de deidad? El chico se sorprendió ante tal pregunta tan directa, de igual manera miró alrededor para cerciorarse que nadie los estuviese viendo -       ¿Por qué me pregunta eso? -       Es que… — volvió a detenerse para observar su entorno —… usted posee el brazalete de Nox y además sus ojos, joven… — le comentó en voz baja observando a Atlas -       ¿Qué sucede con el brazalete y mis ojos? — Atlas estaba confundido y comenzaba a mirarse su muñeca y tocarse su cara -       Ese brazalete sólo es portado por aquellos descendientes del grandioso Nox, además sus ojos son de color purpura como los de nuestra reina Myla — susurró muy bajo el panadero a Atlas Atlas entendió ahora el exaltamiento de aquel señor, pero aun así sentía algo de desconfianza en él ya que todo era muy sospechoso. -       ¿Por qué me trajiste hasta acá para preguntarme esto? -       En Inférnum no son bienvenidos los seres celestiales debido a que el nuevo rey, Damian, los asesinó a todos creando un discurso de odio contra ellos -       Ahora entiendo, es por eso que me observaban de manera extraña -       Así es joven, ¿es usted algún descendiente de la reina Myla? -       Soy su hijo, he venido a reclamar el trono pero ahora veo que todo está algo mal para hacerlo -       Le recomiendo que se mantenga oculto, al menos durante un tiempo -       Gracias por su honestidad… — realizó una pausa recordando que no sabía el nombre del sujeto — ¿cómo es su nombre? — preguntó para salir de dudas -       Mi nombre es Julius, mi señor -       Gracias nuevamente Julius, me ha salvado la vida y espero poder recompensárselo en algún momento -       No piense en eso mi señor, por ahora manténgase oculto -       Eso haré — respondió levantándose de la mesa — seguiré mi camino, querido Julius -       Mi señor, ¿puedo saber su nombre? -       Atlas, mi nombre es Atlas — contestó el chico mirándole a los ojos -       Mi señor Atlas, puede hospedarse en la habitación del segundo piso de la panadería si gusta — manifestó ofreciéndole hospedaje de inmediato -       ¿Por qué haría eso por mí, Julius? -       Es usted el verdadero heredero al trono, Inférnum se ha vuelto un sitio poco agradable para nosotros y lo que más deseo es que vuelva a ser el Inférnum que gobernó Myla Atlas suspiró y miró a su alrededor fijándose que nadie lo estuviese viendo, escaneando cada esquina del lugar. Luego de una inspección decidió que sería la mejor idea si quería pasar desapercibido. -       Acepto Julius, estoy en deuda con usted -       Nada de eso mi señor Atlas, fui un fiel servidor de Myla en su gobierno y seré un fiel servidor de su hijo El chico sonrió y le dio un apretón en el hombro a Julius, este se había mostrado bastante sincero aunque algo sospechoso pero realmente solo quería evitar que Atlas fuese descubierto por la sociedad y así la voz se corriera hasta Damian, el cual no dudaría en asesinarlo. Julius caminó hasta las escaleras que se encontraban en el fondo de la panadería, allí había una puerta la cual abrió con una de sus llaves, Atlas lo siguió para así ver lo que sería su habitación durante un tiempo. Al llegar a ella, observó como esta se encontraba bastante cuidada y se veía bastante cómoda, algo que Atlas apreció de inmediato acariciándole la espalda a Julius en muestra de agradecimiento, así que soltó la bolsa de sus pertenencias en la cama y se sentó en el borde de la misma. -       Julius, ¿tienes alguien que te ayude en la panadería? — preguntó Atlas mirando por la ventana -       No mi señor, ¿por qué la pregunta? — dijo Julius algo confundido -       Podría ayudarte en forma de pago por cederme esta habitación -       No diga eso mi señor, estoy para servirle — respondió negándose de inmediato -       Vamos Julius, ¿no vas a dejar que un Dios preparé tu pan? — comentó entre risas Julius sonrió y asintió con la cabeza aceptando la petición de Atlas, el cual se mostró animado de ayudarle a trabajar mientras encontraba un plan para reclamar lo que era suyo por herencia. El trono de Inférnum.
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