Nox

2122 Words
Horas antes de amanecer, Atlas salió caminando y atravesó el salón del santuario dirigiéndose a las afueras de él, miró a su alrededor y al notar que no había nadie continuó su camino bordeando el palacio hasta llegar a una pequeña montaña que poco a poco fue escalando. Atlas tenía la costumbre de cada cumpleaños que pasaba, al día siguiente iba hasta la parte más alta de la isla para observar el amanecer. Para sorpresa del pequeño chico de diecisiete años, allí se encontraba su madre Myla sentada meditando, Atlas lentamente se acercó para sentarse al lado de ella y acompañarla.  -       Buenos días Atlas — saludó la Diosa con tranquilidad, manteniendo los ojos cerrados -       Buenos días madre, ¿qué haces acá tan temprano? -       Sabía que vendrías, así que me adelanté -       Siempre suelo venir acá el día siguiente de mi cumpleaños a observar el amanecer -       Yo también solía hacerlo — le comentó recordando viejos tiempos -       ¿Sí? — Atlas se intrigó con esto y decidió indagar más -       Sí, hasta que llegué a un punto donde olvidé por completo esta tradición y dejé de ver el amanecer con esta tranquilidad Atlas suspiró y notó como una luz resplandeciente comenzaba a asomarse por el horizonte. -       ¿Y por qué viniste hoy a verlo? — volvió a preguntar -       Quería recordar viejos tiempos y quería despedirme de ti también -       Oh… es verdad que hoy debemos marcharnos -       Así es, es por eso que hoy vine acá para compartir un rato a solas contigo -       Ojalá pudiese negarme a irme -       Yo pienso lo mismo, pero debes marcharte ya que hay un reino que gobernar querido Atlas -       Aún estoy joven para hacerlo según he escuchado -       Sí, pero en Inférnum estoy seguro que te entrenarán muy bien para recibir la corona -       ¿Iré solo? Tengo entendido que Haru irá con la tía Alyssa — dijo Atlas haciendo énfasis en que su hermana tendría un tutor -       Enviaré a Diana para cuidarte por un tiempo — Myla abrió sus ojos observando al sol asomarse lentamente — Hay algo de todo esto que me da un mal presentimiento, así que prefiero prevenir cualquier percance -       Madre, ¿Qué piensas? -       Corazonadas de madre, nada más que eso — contestó tranquilizando a su hijo -       Ya veo… Se mantuvieron en silencio por unos largos minutos divisando aquel paisaje, el sol subía paulatinamente asomándose sobre el agua haciendo que todo comenzase a iluminarse. -       El Reino de Inférnum está ahora gobernado por Damian, un guerrero formidable que hizo parte de mi guardia durante mis años de servicio — comentó rompiendo el silencio — Quisiera que cuando llegues a la ciudad te mantengas cerca de Diana -       ¿No es de fiar ese tal Damian? -       Muchas veces escuché teorías de algunos de los miembros de mi consejo donde comentaban acerca de un golpe de estado -       Seguramente comandado por ese sujeto -       Sí, comandado por Damian. Este mantenía un discurso el cual trataba de que los humanos debían ser gobernados por humanos más no por seres celestiales -       Yo soy humano, eso quiere decir que no tendríamos ningún problema -       Querido Atlas — se giró para acariciarle la mejilla — tienes un corazón muy noble y no quiero que eso sea la razón por la cual la gente se aproveche de ti. Atlas sonrió un poco mirando a los ojos de su madre. -       No eres un humano, eres un Dios nacido de Dioses, eres un protector del mundo y quiero que seas conocido por ser el más grande que jamás existió — dijo Myla deslizando su mano por la cara de Atlas y devolviendo su mirada al amanecer — No obstante, está bien que aceptes tu forma humana ya que todos son creados a nuestra semejanza -       ¿Crees que seré un buen rey? -       Sin duda alguna, tomarás buenas decisiones y tu nombre quedará marcado en la historia -       Espero me acepten, me aterra mucho sentirme rechazado por mi propio pueblo -       No lo harán, la gente de Inférnum es muy cálida y amable, al menos así fueron durante mi mandato -       Ojalá nada haya cambiado durante este tiempo — Atlas agachó la cabeza y suspiró -       Ojalá Atlas, ojalá — replicó acariciándole la espalda para darle seguridad Cuando el sol se asomó por completo y amaneció, los pajaros comenzaron a volar de un lado a otro, el océano se veía brillante gracias al resplandor de luz que este reflejaba sobre él, los amaneceres eran de las cosas que más le gustaban a Atlas, todo lo relacionado con el sol era de su agrado, al fin y al cabo su habilidad era relacionada con el fuego. Myla levantó su mano en un puño y la abrió, en la palma de su mano se posaba una llama de fuego que ardía con bastante intensidad, Atlas se giró para mirarla atentamente, de un momento a otro esta se tornó oscura, casi un color n***o que luego desapareció evaporizándose en el aire dejando en la mano de Myla un brazalete dorado. -       Quiero que lleves esto contigo, es el brazalete dorado de Nox — comentó bajando su mano y acercándola a Atlas — Nox es mi padre, tu abuelo. Él fue el creador de Inférnum y el primer usuario del fuego oscuro, nuestra habilidad por herencia Atlas tomó el brazalete y lo miró con admiración. Este estaba totalmente bañado en oro, en una punta tenía la cabeza tallada de un dragón y en la otra una esfera que brillaba como ninguna otra reliquia. -       Nunca me hablaste de mi abuelo, ¿por qué? -       Estaba esperando este momento para hacerlo, mi pequeño — dijo acomodándose de tal manera que estuviese cara a cara con su hijo — Mi padre fue el primer rey de Inférnum ya que siendo el fundador, no había nadie quien tomase ese cargo con firmeza, además eran tiempos donde todos huían de responsabilidades pero mi padre siempre fue muy… líder, por así decirlo. Durante sus años de mandato comenzó también a descubrir sus habilidades, dando con la creación del fuego oscuro, una técnica que se nos sería heredada a todos sus descendientes. -       ¿Fuiste su única hija? -       Sí, tu abuelo murió poco después de que yo naciera -       ¿Cómo murió? -       Eran tiempos difíciles y los reinos se mantenían en guerra para reclamar territorios entre sí, en su momento Caelus batalló con Raijin, como Inférnum batalló con Fujin, unos reinos que basaban sus habilidades en el rayo y el viento, sumamente peligrosos — continuó explicando — Nox salió en esa oportunidad aclamando que esa sería su última batalla, estaba cansado de tener que pelearse con cualquiera que quisiese reclamar un territorio, no quería que se derramara más sangre. Así que en medio de la disputa, Nox se cruzó con Vulcano, un espadachín muy conocido en Eros ya que manejaba el arte del aire y podía destruirte con su espada en cuestión de segundos. -       Nuestro mundo ha estado en guerra durante mucho tiempo, ahora entiendo porque papá y tú decidieron sacrificar muchas cosas por detener lo que estaba sucediendo -       Sí, ambos crecimos en guerra, nos conocimos en ella, nos enamoramos en ella, pero no podíamos vivir en ella así que ahí fue cuando luego de largos días de batalla sacrificamos todo lo que teníamos por el bien de todos -       Te prometo que voy a mantener la paz en Inférnum, no quiero que más inocentes mueran, quiero que todos vivan una vida plena -       Todos queremos vivir una vida plena, así que está en tus manos el lograr que todos lo hagamos Atlas asintió con la cabeza, su mirada esa decisiva y muy seria. Sus intenciones eran claras y no quería que el mundo volviese a caer en una guerra. -       Continuando con la historia — manifestó Myla aclarándose la garganta y siguiendo el hilo del relato — Estando cara a cara con Vulcano, Nox usó su bastón el cual era de oro con una esfera de fuego flotante en la punta en contra del espadachín, inhabilitando así su técnica de viento ya que esto solo haría que aquel fuego que Nox usaba se hiciese más grande. Luego de una larga disputa, Vulcano logró encontrar un punto ciego de Nox, hiriéndolo gravemente luego de atravesarle la espada por su costado, pero Nox en su defensa usó el fuego oscuro, el cual se expandió rápidamente por el filo de la espada hasta quemarle los brazos a Vulcano, el cual cayó al suelo de igual manera. -       ¿Vulcano murió al igual que mi abuelo? -       Se dice que sí, pero cuando encontraron el cuerpo de mi padre el cuerpo de Vulcano ya no estaba en el sitio, posiblemente fue tomado por su pueblo -       ¿Y el bastón? ¿Qué pasó con él? -       Está resguardado en Inférnum, nadie puede usarlo a no ser que sea portador del fuego oscuro, aquel que lo tome simplemente tendrá un bastón de oro ordinario, así que solo funciona en manos de alguno de nosotros -       Teniendo eso en cuenta, ¿podré usarlo entonces? -       Sólo si logras encontrar donde está resguardado, ya que incluso yo desconozco su paradero -       Vale, ya tengo una misión para cuando llegue a Inférnum -       ¿Nos vas a extrañar Atlas? — Myla preguntó finalmente con algo de tristeza -       Mucho, ¿me visitarán? — respondió con nostalgia en sus ojos, levantándose y lanzándosele a los brazos a su madre -       ¡Auch! Atlas, ya no estás tan pequeño como antes — dijo dando un quejido de dolor pero abrazando al chico — Y sí, en cualquier momento nos daremos un paseo para ver cómo se encuentran las cosas -       ¡Más te vale, eh! No quiero falsas promesas Myla le acarició el cabello un rato a su hijo hasta que se hizo un poco más tarde, luego de observar en su totalidad el amanecer deberían volver al santuario a preparar las cosas que se llevarían consigo cuando tuviesen que partir. Myla se puso de pie y bajó con cuidado la montaña, Atlas por su parte se quedó un rato más contemplando el paisaje que estaba frente sus ojos, observó el brazalete que le había dado su madre y se lo puso en su muñeca izquierda, dándole un pequeño beso y suspirando al regresarle la vista al océano. Cuando decidió bajar fue sorprendido por Astraea chocándose con ella y cayéndose al suelo. -       Ten más cuidado por donde caminas pequeñín, ¿no ves que está tu tía acá? — manifestó Astraea con una sonrisa en la cara y limpiando su vestido -       ¿En qué momento llegaste? — preguntó Atlas levantándose del piso y limpiándose también con sus manos -       Hace unos segundos, te vi tan concentrado que no quise molestarte -       No pasa nada, de igual forma ya iba a volver al santuario -       Espera, tengo algo para ti — manifestó Astraea soltándose algo del cinturón — Ten, es para ti — dijo cediéndole una daga que aún se encontraba en su funda, con un mango de color granate que brillaba a la luz del sol -       ¡Tía, muchas gracias! ¡Wow, está muy linda! — exclamó recibiéndola y sacándola lentamente para observarla con más detenimiento — ¡No puede ser, es del material que me hablaste hace meses! -       Sí, es de acero oscuro, sacado directamente de las cuevas ocultas de Inférnum -       Eso quiere decir que… — hizo una pausa mientras hacía malabares con la filosa daga, para luego mantenerla firme y concentrar su poder en ella desatando una flama de fuego que la cubrió totalmente —… ¡Puedo usarla con el fuego oscuro! -       Así es pequeño Atlas, espero le des buen uso y se responsable con ella -       ¡Lo seré tía Astraea, gracias por este regalo! — volvió a exclamar emocionado y saltando a los brazos de la chica -       Atlas, definitivamente olvidas que ya no eres tan ligero como antes — le dijo mientas lo abrazaba con dificultad — Te voy a extrañar mucho -       Y yo a ti, extrañaré que nos persigas porque nos portamos mal -       Ya están grandes Atlas, sin embargo nunca olvides esos momentos -       Nunca lo haré. ¿Vamos al Santuario? Astraea asintió con su cabeza y bajó junto con Atlas la montaña con cuidado, aunque a este poco le importaba tener cuidado, siempre bajaba corriendo muy ansioso de llegar primero a la zona baja de esta. En pocas horas tendría que marcharse junto su hermana, y aunque todos estuviesen preparados para esto, no sabían que tan fuerte iba a ser el choque emocional.
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