La última frase parpadeaba en la pantalla, una invitación sencilla pero cargada de potencial. La releí una, dos, tres veces, sopesando las implicaciones, las posibilidades y, sobre todo, los riesgos. Finalmente, decidí que no era el momento. Mis dedos volaron sobre el teclado, tecleando una respuesta rápida y diplomática.
—"Me gustaría primeramente platicar más."
La envié y esperé la respuesta, mordisqueándome el labio inferior con nerviosismo. Casi al instante, la réplica llegó.
—"Lo podemos hacer mientras cenamos."
La propuesta era tentadora, pero la cautela me frenó. Me mordí el labio con más fuerza, imaginando el peor escenario. ¿Y si era un psicópata? La idea, aunque improbable, me heló la sangre. Necesitaba ser prudente.
—"Bien, platiquemos más. Entiendo que debe de pensar que soy un psicópata. Pensaría lo mismo si solo llevamos un par de minutos conversando."
Alcé una ceja, sorprendida por mi propia franqueza y un poco divertida por la situación absurda.
—"Exacto." —respondí, manteniendo el tono ligero y despreocupado.
—"Entonces, omitimos información como nuestros verdaderos nombres y a lo que nos dedicamos a trabajar. He tenido malas experiencias diciendo quién soy realmente, ya que estemos realmente cómodos, podemos hablar de eso, ¿Qué te parece?"
Me pareció una precaución sensata, incluso necesaria. Era mejor andarse con cuidado en el mundo virtual, donde las apariencias engañan y la confianza se gana con el tiempo.
—"Estaría bien."
Envió un sticker con una sonrisa, un gesto pequeño pero que me hizo sentir un poco más relajada. Me dije a mi misma: “Olivia, tienes vacaciones, así que disfruta". Después de responderle eso, me envió una cara feliz, irradiando entusiasmo. Me contó que mañana se conectaría más temprano, mostrándose ansioso por continuar nuestra conversación y así conocernos mejor. Prometía una charla extensa y sin presiones. Al darnos las buenas noches virtuales, sonreí como una tonta, a pesar de que todo lo que había puesto en ese perfil era todo lo contrario a mí, una versión idealizada de mi persona. Me dije a mi misma que no llevaría las cosas tan lejos, que no me dejaría arrastrar por la fantasía. Habría un momento, como suele pasar en las citas a ciegas no en línea, a decir “No eres tú, soy yo” y terminaría con esto, evitando complicaciones mayores. Mientras miré el techo de mi habitación, adornado con sombras danzantes a la luz de la luna, pensé en que podría hacer mañana en mi primer día de vacaciones. No tenía familia a quién visitar, los lazos se habían debilitado con el tiempo y la distancia. No tenía amigos con quien ir a cenar, mi círculo social se había reducido drásticamente en los últimos años. Entonces me di cuenta de golpe que estaba realmente aislada del mundo, sintiéndome más sola que nunca. ¿Quién no tiene amigos hoy en la actualidad? Me pregunté, sintiendo una punzada de tristeza. Sentí una opresión en mi pecho y me negué a pensar más o si no, entraría en un cuadro de depresión y aun no empiezo mis vacaciones. Era imperativo cambiar el rumbo de mis pensamientos, buscar una distracción, cualquier cosa que me impidiera caer en el abismo de la melancolía. ¿Y sí voy mañana al restaurante para ver si todo está bien? Era una excusa, lo sabía, pero necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para sentirme útil y conectada con el mundo. Cerré los ojos con fuerza, intentando bloquear los pensamientos intrusivos, y me giré, dándole la espalda a la oscuridad. Tiré de la sábana para cubrirme por completo, buscando refugio en la calidez reconfortante de mi cama. — ¡Olivia, no hagas esto! Tienes que tomar estas vacaciones. —Me repetí a mí misma, con la esperanza de convencerme. Un par de minutos más, estaba poniendo la alarma para ir a trotar como todas las mañanas lo he hecho, intentando aferrarme a la rutina como un salvavidas en medio de la tormenta.
***
Me detuve a tomar un poco de aire, sintiendo el ardor en mis pulmones. Tenía mis audífonos a todo lo que daba con pura música electrónica mix, los beats resonando en mi cabeza y ahogando los demás ruidos de la ciudad. Había hecho más de lo normal, desafiando mis propios límites y buscando una liberación en el esfuerzo físico. Tomé un poco del agua embotellada que suelo comprar, sintiendo el frescor del líquido calmando mi garganta reseca, di un sorbo largo y vi a lo lejos al hombre de la vez pasada, una figura familiar que se destacaba entre la multitud. ¿Era el extraño? La duda me asaltó por un instante, pero su sonrisa disipó cualquier incertidumbre. Él me sonrió mientras caminó hacia a mí, con un paso ligero y una expresión amigable en su rostro, apenas pude regresar una media sonrisa, todavía recuperando el aliento y sintiéndome un poco abrumada por su repentina aparición.
— ¡Hola, Olivia de Toronto! —se me hizo gracioso la forma en que lo dijo, resaltando mi origen extranjero con un toque de humor. Entonces recordé su nombre, después de un momento de vacilación.
—Hola, Rick de Los Ángeles.
— ¡Anda! Si te has acordado, por un momento pensé que no. —Sonrió más, mostrando sus dientes blancos y una mirada llena de picardía. —Estás muy colorada, mujer. He notado que has corrido más de lo que normalmente haces. —me tensé, sintiendo una oleada de incomodidad. ¿Cómo era que se ha dado cuenta? ¿Me había estado observando? Apenas yo lo he hecho.
—Oh, sí, un kilómetro más al parecer, está muy agradable esta mañana, casi no hay tráfico, apenas la gente se pone en sus puestos de trabajo… —Intenté desviar la conversación, hablando del clima y del ambiente para evitar preguntas más personales.
—Sí, me gusta a mí también. ¿Entonces? —preguntó de repente, cortando mi divagación y volviendo al tema central.
— ¿Perdón? —no quería sonar grosera, pero su insistencia me estaba poniendo nerviosa.
— ¿Me dejarás invitarte un café del Starbucks? Ya que te gusta mucho ese lugar. —tin, tin, las campanas de alerta sonaron en mi cabeza, advirtiéndome del peligro.
— ¿Otro día? Hoy tengo que ir antes al trabajo a revisar unas cosas… —Inventé una excusa rápida, esperando que fuera lo suficientemente convincente.
—Claro, ¿Te parece mañana? O es más, te invito a tomar una cerveza bien fría por la noche, te llevo a cenar y quizás…no sé, podamos seguir la conversación en mi casa. —el tipo estaba ligando descaradamente conmigo, sin importarle mi evidente incomodidad.
—Claro, —estaba totalmente incomoda, sintiendo que mi espacio personal estaba siendo invadido. —Mañana nos ponemos de acuerdo, ¿A qué horas empiezas a trotar? —intenté mostrarme normal, fingiendo interés en su rutina para mantener las apariencias.
—A las cinco ya estoy, —miró su reloj con un gesto calculado—son las seis y cuarto, —luego me miró con una sonrisa insinuante—Te veo como a esta hora, ¿Te parece?
—Claro, nos ponemos de acuerdo. Tengo que irme, que tengas bonito día, —no dejé que dijera algo más y cuando me iba a girar, me tomó del brazo deteniendo mi huida, su agarre firme y un poco brusco.
—Pero no me has dado tu número de celular, ¿Usas w******p?
—Oh, —me solté sutilmente de su agarre, sintiendo una punzada de dolor en mi brazo. Mi corazón ya estaba a punto de salirse de su lugar, latiendo con fuerza en mi pecho. Ya no me daba buena espina, su comportamiento se había vuelto demasiado agresivo y controlador. No pude encontrar un pretexto para evitar dárselo, me había intimidado tan rápido que no pude reaccionar bien. —Es este…—le puse mi celular en la mano, sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo y me maldije en el interior por ser tan vulnerable. Me marcó supongo al pensar que pude haberle dado un número erróneo, desconfiando de mi sinceridad. Sonó mi celular y sonrió triunfante, celebrando su victoria.
—Bien, entonces, nos vemos mañana, —asentí lentamente, sintiéndome atrapada en una situación que se estaba saliendo de control y me volví sin mirar atrás de nuevo, huyendo de su mirada penetrante. Estaba temblando por lo que acababa de pasar, sintiendo el miedo apoderándose de mi cuerpo. Me dolió la parte de mi brazo en la que presionó sus dedos para detenerme, una marca física de su comportamiento invasivo. No pude seguir avanzando, mis piernas se negaban a obedecer. Tuve que tomar un taxi de regreso ya que empecé a temblar incontrolablemente, sintiendo que me iba a desmayar. Al llegar a mi edificio, subí el elevador en silencio, con la mente en blanco y el corazón acelerado. Mi mente no dejaba de repasar la mirada de Rick, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal y la sensación de que estaba siendo observada. Al entrar al departamento de inmediato me di una ducha, buscando limpiar no solo mi cuerpo, sino también la sensación de suciedad que me había dejado su contacto. Me cambié y decidí irme al restaurante, necesitaba salir de allí, escapar de la claustrofobia de mi apartamento. En el camino pensé en un pretexto, quería recordar si había dejado algo en la oficina para decir que solo por eso había ido, justificando mi presencia allí. Al entrar al local, William estaba tirándose de los cabellos en un rincón del lugar, visiblemente angustiado. Discutió con uno de los meseros e intentaba no mover muchos sus manos, conteniendo su ira. El mesero, llamado Charly, negó al irse, mostrando su desacuerdo. Al parecer algo había pasado, un problema que estaba generando tensión en el ambiente. Me acerqué a él y sonrió de alivio al verme, como si mi presencia fuera una solución a sus problemas.
—Olivia, ¿Es cierto que te fuiste dos meses de vacaciones?
—Sí, —él hizo una cara de asombro, sorprendido por la noticia—he visto al señor Wallace discutir, ¿Está todo bien?
—No, no han traído el salmón imperial, el padre de él cenará esta noche aquí y es un desastre y apenas son las diez de la mañana. —le di una palmadita en el brazo, intentando reconfortarlo y mostrar mi apoyo.
—Iré a revisar, —él asintió, agradecido por mi ofrecimiento y se retiró, dejándome a cargo de la situación. Entré a la cocina y encontré mucho ruido, un caos organizado. William daba órdenes no sé a quién, pero se veía bastante estresado, con el rostro enrojecido y la voz temblorosa. El chef me vio y pude ver alivio también en sus ojos, como si mi llegada fuera un respiro en medio de la tormenta.
— ¡OLIVIA! —todos se giraron a mí, interrumpiendo sus actividades y William al verme, mostró molestia, frunciendo el ceño y apretando los labios. Se acercó a mí con paso firme, como si estuviera a punto de reprenderme.
—Son tus vacaciones, señorita Taylor. —Me recordó, enfatizando mis días libres y cuestionando mi presencia allí.
— ¿Qué es lo que ha pasado con el salmón? —Insistí, ignorando su comentario y enfocándome en el problema principal. Él tomó aire y lo soltó lentamente, intentando controlar su frustración.
—Mi padre ha pedido de cenar salmón, pero el proveedor no ha llegado.
—Deja lo soluciono, —iba a esquivarlo pero William se interpuso, bloqueando mi camino.
—Estás de vacaciones, Olivia.
—Solo te ayudaré y me marcho. —él dudó, mostrando su incertidumbre. ¿Cómo es posible que a estas alturas se ponga a dudar por tomar mi ayuda?
—Bien. —lo esquivé y entré a la oficina, decidida a resolver el problema. Llamé al proveedor, con el corazón latiendo con fuerza. Cuando me contestaron, pedí explicaciones, exigiendo saber por qué no habían cumplido con el pedido. Al parecer nadie le había abierto la puerta del almacén que es por donde se recibe la mercancía a los proveedores, un error imperdonable. Pero el salmón a esa hora se había terminado, agotado por la demanda. Así que me tocó buscar más, contactando a otros proveedores y explorando diferentes opciones, hasta que encontré uno más caro, era de los mejores, de una calidad superior. Hice el pedido y luego salí para explicarle a William lo que había pasado, esperando que entendiera la situación. Se excusó diciendo que no era cierto, que no le avisaron que estaban aquí y entre otras cosas, negando su responsabilidad en el incidente, pero si lo corregía, sabía que no lo aceptaría, orgulloso como era. Esperé que el pedido del salmón llegara, sintiendo la tensión en el ambiente. William llegó a mi lado y le mostré el pedido de salmón, intentando calmar su ansiedad.
—Este salmón no es el que se suele pedir, —señaló, mostrando su preocupación. Le mostré el salmón. —Pero déjame contarte que este es el que tiene más omega 3 del que pedimos, —él pareció interesado en lo que le he contado, mostrando curiosidad por sus beneficios. —Hay que avisar al chef que aquí está para que esté listo para prepararlo a su padre.
—Gracias, Olivia. —dijo William aliviado, sintiendo el peso del mundo desaparecer de sus hombros; luego de pedir un desayuno, me quedé ida mirando el lugar, observando a los empleados y a los clientes con una nueva perspectiva. Era la primera vez que estaba sentada en uno de las mesas del lugar como una simple comensal, disfrutando de la tranquilidad del ambiente. — ¿Cómo te va en tu primer día de vacaciones? —di un respingo en mi lugar al no darme cuenta de la llegada de William, sobresaltada por su repentina aparición.
—Bien, bien, —le sonreí a medias, intentando disimular mi incomodidad.
—Espero que así sea, señorita Taylor. —sonrió antes de marcharse, pero se regresó, deteniéndose un instante. —Te recomiendo que vayas al Central Park, hoy es un buen día, —me guiñó el ojo y se retiró dejándome a solas, con una sonrisa en el rostro y una sensación de paz interior. Luego de despedirme, tomé el consejo de William, buscando un escape en la naturaleza. Mientras caminaba, sintiendo el sol en mi rostro y el aire fresco en mis pulmones, sonó una notificación de mi celular, interrumpiendo mi tranquilidad. Al revisarla era un mensaje del “match” de anoche, una chispa de curiosidad encendiéndose en mi interior, una sonrisa apareció en mis labios.
—Vaya, vaya, ¿Qué ha sido eso?"