Capítulo 3.
Emociones.
—Lo que escucho, señor, mire la fotografía.
Gustavo siente un fuerte escalofrío recorrer su cuerpo, un hijo, un hijo de la mujer que ha amado toda su vida y él, sin duda, sería el fruto de su amor; sin embargo, una gran confusión invade su mente. ¿Cómo es posible que ella tenga a su hijo y no le haya dicho nada?
Gustavo, decidido a encontrar la verdad, hace un par de llamadas organizando su agenda para seguirla y observar con sus propios ojos la evidencia que yacía en sus manos.
*
Sin poder descansar, observa el amanecer desde su balcón mientras toma una taza de café; decidido, entra a la ducha mientras el agua caliente recorre su cuerpo, relajando su ansiedad. Sale colocándose su ropa deportiva y sale de su casa siendo escoltado por sus hombres. En la espera fuera del colegio de su hijo observa al pequeño que se aproxima con su madre, sin poder creerlo guarda la imagen más hermosa que haya visto mientras su corazón late fuerte al ver a su hijo que tiene un gran parecido a él, trata de calmarse y no puede hacerlo, así que decir esperar, Elizabeth entrega al niño al colegio, sigue a Elizabeth a su casa y espera varios minutos hasta que la ve salir con una carpeta en sus manos, la sigue a varios lugares donde ella esparce su currículum con la esperanza de encontrar trabajo, tras seguirla por varios días decide acercarse a su hijo, vuelven al colegio, teniendo en sus manos, los horarios de Martin, sabe que le toca deporte, se baja del coche decidido a ver a su pequeño, camina a la cancha donde ve a varios padres entrar, se identifica adentrándose hasta las gradas donde ve la tristeza en los ojos de su hijo, quién está sentado la banca viendo a los niños jugar, causando una fuerte conmoción en él, al ver sus rasgos físicos reflejados en el pequeño, se sienta a su lado y Martin lo observa por un momento antes de fijar su mirada a la entrada donde observa lleno de anhelo la llegada de su madre.
—¿Por qué no estás jugando, campeón? —pregunta Gustavo mientras se acerca un poco a él.
—Juegan con sus papás y yo no tengo papá; la próxima semana habrá un nuevo juego de padre e hijo y mi mami prometió venir conmigo, porque mi papá está en un viaje largo.
El corazón de Gustavo da un vuelco con preocupación, sabiendo que se ha perdido mucho de la vida de su hijo y eso lo llena de un intenso dolor.
—Hijo, mírame. —Dice cargando al pequeño para que lo vea. —Estoy aquí, campeón, he vuelto.
—¿Papá? —dice el pequeño tocándolo con asombro. —Papá, papá, ¿eres tú? Si viniste, regresaste, papá. —Lo abraza con fuerza y Gustavo a su pequeño dándole un beso en la frente.
—Aquí estoy para ti, hijo, no me iré nunca de tu lado —le dice limpiando las lágrimas del niño.
—Te quiero, papá, yo sabía que tú volverías por mí.
—Aquí estoy, hijo, no me iré. ¿Qué te parece si vamos a darles una lección a tus compañeros?
—Sííí, vamos, les mostraré que yo tenía razón, que tú vendrías.
Gustavo toma a su pequeño de la mano y lo lleva a jugar fútbol con él, enseñándole sus movimientos. Tenía tanto tiempo que no jugaba. Meten su primer gol y Martín corre subiéndose en los brazos de su padre. Gustavo siente por primera vez una fuerte conexión; el amor por su hijo surge de inmediato, siente la necesidad de tenerlo cerca, pero antes debe solucionar los asuntos con su madre y no está dispuesto a perdonarla por ocultarle a su hijo tanto tiempo. Gustavo pasa el día con su hijo en la escuela y se despide prometiendo que volverá.
—Volveré por ti, debes prometerme, hijo, que no le dirás a mamá, le daremos la sorpresa, ¿de acuerdo?
—Sí, papá, mamá estará muy feliz.
—Eso, campeó, ven aquí. —Le da un fuerte abrazo a su pequeño y un beso en la frente.
*
Días después.
Los días buscando trabajo para Elizabeth se han hecho interminables, algunos pagan muy pocos y otros son jornadas muy largas que le impiden retirar a Martin de la escuela, frustrada y sin ninguna solución nota que le queda poco para pagar el alquiler, con desespero se sienta sobre una banca en el parque mientras observa el lugar no puede evitar llorar de la desesperación, recordar lo difícil que era quedarse en un refugio, las noches sin dormir y los problemas económicos que cada vez eran peor, no quiere someter su hijo a qué pase esos momentos, Elizabeth, se distrae pensando sin percatar la hora, su hijo la espera para el partido de fútbol donde ella jugaría por su padre, al darse cuenta desesperada toma un taxi de vuelta donde al entrar a la cancha, sus ojos se posan en Gustavo, quién juega junto a su pequeño hijo, sus lágrimas no se detienen mientras él ayuda a su pequeño a jugar, siendo del equipo ganador, Gustavo la nota al llegar y le fija una mirada intensa, Martin nota a su madre y se baja de los brazos de su padre quién lo cargaba celebrando su triunfo, ambos caminan en dirección a Elizabeth.
—Mami, mami, mira, papá regresó de su viaje, es una sorpresa para ti, ¿te gusta?
Sus ojos se posan en Gustavo, quien la mira serio, mientras le sonríe a su pequeño Martín, quien corre hacia ella. Elizabeth lo estrecha en sus brazos sin responder a su pregunta. Martín le da un fuerte abrazo a su madre, dejándola con Gustavo; corre de vuelta con sus amigos que lo llaman para entregarle su trofeo. La mirada de Elizabeth en Gustavo le transmite el temor que ella siente, una gran preocupación por toda esta situación.
—Puedo explicarlo. —Le dice temor.
—Estoy ansioso de escucharte, pero este no es el momento; te llevaré a tu casa y cuando estemos solos deberás explicar, ¿cómo pudiste ocultarme que serías padre?
Enojado, se volteó para sostener a su pequeño, que corre alegre a sus brazos con su trofeo en mano. Gustavo lo sostiene entre sus brazos y los tres salen caminando hacia el coche.
—¿Quieres ir por un helado? —pregunta a su pequeño, que con alegría sube al coche.
—Siiii, helado, ¿Mami también vienes con nosotros? —Martin mira a su madre y Gustavo también la observa firme, mientras Elizabeth sabe que no saldrá nada bueno de todo esto.
—Sí, tu madre viene, sube al coche. —Gustavo la mira con firmeza mientras suben al coche.
Elizabeth sube al coche; el chófer coloca el coche en marcha mientras Gustavo platica con su hijo. Puede observar a Elizabeth mantenerse en silencio en todo el camino; su preocupación es evidente, imagina que Gustavo le quitará a su hijo. Después de comer helados y jugar en el parque, cenan fuera como una familia. Martín se queda dormido en los brazos de su padre, quien lo lleva a casa, donde Elizabeth lo cambia de ropa y lo lleva a la cama, dejando a sus padres al fin solos. Elizabeth baja a la sala donde Gustavo la espera con gran enojo. Definitivamente ha cambiado; el hombre que ella ha amado por tanto tiempo no se atrevería ni a mirarla de esa forma. Está sentado en la orilla del sofá mientras la mira con arrogancia. Elizabeth se sienta sin poder mirarlo, tratando de pensar por dónde empezar.
—Bien, te escucho —le dice él, viendo su reloj.
—Gustavo, lo hice por ti, no supe de Martin hasta unas semanas después de tu partida, no pude decírtelo, tú nunca te hubieras ido si te lo decía, lo hice por ti.
—No seas hipócrita, sabes bien que lo hiciste por ti. ¿Cuánto tiempo más querías ocultarlo? Jamás me lo hubieras dicho, nunca buscaste la manera de hacerlo, ni cuando me viste en el restaurante. Mi hijo tiene 5 años, ¿en todo ese tiempo no te pasó por la mente buscarme?
—Lo repito, Gustavo, lo hice para que cumplieras tus sueños. Dios, mírame, tú me conoces, sabes que nunca haría algo para dañarte.
—Te equivocas, no te conozco; a la mujer que amé hace tanto tiempo, ya no existe, tú no eres ella, ella nunca me hubiera ocultado algo tan valioso para mí, tú sabes que esto no te lo voy a perdonar, me robaste tantos años de la vida de mi hijo, me quitaste la oportunidad de verlo crecer, pero ya no más.
—Lo siento, por Dios, Gustavo, solo quería que cumplieras tus sueños y fueras exitoso, yo… —Interrumpe.
—A ti solo te interesa el dinero, por eso querías que me fuera, porque no soportabas que fuera un pobre imbécil que trabajara en una simple empaquetadora; querías a alguien rico y con poder que te llenara de lujos. ¿Dónde está ese hombre? Dime, ¿por qué en ti solo veo pobreza? No creas que no sé que te quedaste sin empleo y que no tienes ni cómo pagar el alquiler; pienso que ya no eres digna de cuidar de mi hijo y me lo llevaré.
—¿Qué dices? No, por favor, perdóname, no me quites a mi hijo. Lo lamento, Gustavo, tú no eres esa clase de persona, mírame, por favor, no me alejes de mi hijo. —Dice tratando de acercarse a él, quien llama a sus hombres.
Gustavo ordena que recojan al niño y lo lleven al coche donde espera por su padre dormido, sin saber lo que pasa entre sus padres; su madre está devastada.
—No tienes cómo mantenerlo, él estará mejor conmigo; podrás visitarlo, pero mi hijo se quedará conmigo. Me robaste muchos años de su vida y no pienso perder ni un segundo más.
Elizabeth se arrodilla ante él, lo abraza de las piernas impidiendo que se vaya, que se lleve a su bebé, a su única fortaleza.
—Gustavo, no, por favor, Gustavo, no… —Llora— No me quites a mi hijo, Gustavo, yo lo saqué adelante sola, no puedes quitármelo, a él no le falta nada.
—No te lo estoy quitando, solo que a partir de ahora vivirá conmigo. Lo sacaste adelante sola, ¿por qué no me diste la oportunidad de estar con él? Ahora que lo sé, yo me haré responsable.
—No puedo vivir sin mi hijo, Gustavo es lo único que tengo, es mi familia, yo encontraré un trabajo, te lo juro que lo haré, solo no me lo quites.
Gustavo se aleja de ella; Elizabeth se arrastra con el alma hecha pedazos.
—Gustavo, GUSTAVO, nooooooo, mi hijo, no, GUSTAVO, DIOS NO, LO HICE POR TI, MI AMOR —dice temblando. —Lo hice por ti, por favor, perdóname, no me quites a mi bebé, noooo.
Elizabeth solo observa cómo Gustavo se marcha sin importar su sufrimiento; en su mente recuerda lo especial que él era con ella cuando eran más jóvenes. Él solía ser amoroso y dulce con ella, tan atento de no lastimarla, y ahora es todo lo contrario. Su dolor aumenta, no puede creer que el hombre que ama le cause tal dolor, un sufrimiento insoportable. Tendida en el suelo, llora sin poder detener sus lágrimas; un dolor tan fuerte recorre su cuerpo. Sin ánimos, se arrastra como puede a la habitación de su bebé, abrazándose a su juguete favorito; llora sintiendo un fuerte dolor. Por la mañana muy temprano, Elizabeth se da una ducha y se viste, preparando como todas las mañanas la comida para Martín. El dolor en su corazón es incurable. Sale llevando a la escuela la lonchera favorita de su hijo; esperando por varios minutos, lo ve llegar en un coche con uniforme nuevo y bien arreglado. Se acerca a él, donde Martín, al verla, corre a sus brazos y ella lo abraza y lo besa con mucho amor, tratando de no llorar ante su hijo.
—Mami, papi dijo que viviré con él y que tú vendrás a visitarme, ¿por qué tú no vives con nosotros? —¿No quieres a papi? —Su corazón palpita sin control mientras lo mira desde lejos, observando a la espera. Ella baja a Martin de sus brazos y se pone a su nivel; le acomoda su camisa mientras intenta explicar a su hijo.
—Mami tiene mucho trabajo y por eso papi se quedará contigo por un tiempo; mami sí quiere a papá, solo que no puede ir con ustedes. Tú vivirás con papá y yo vendré todos los días a traer tu desayuno y por las tardes a llevarte por un helado. —Le dice en un susurro.
—Está bien, solo quiero que mami y papi estén juntos. —Sin poder responder a su hijo, lo abraza con amor y le vuelve a dar un beso, notando a Gustavo acercarse a ellos.
—Ya es tarde y mami tiene que trabajar; ve, entra a clases, pasaré por ti más tarde —le dice dándole un beso en la frente a Martin.
—Lo llevaré por un helado y luego tú podrás llevarlo a casa. —Le dice Elizabeth: “Firme”.
MARTÍN entra a la escuela y él la mira con cansancio.
—¿Cuánto tiempo te durará el dinero si lo malgastas? —Saca de su bolsillo unos billetes y se los entrega—. Toma, ve por el helado y luego envíalo a casa.
Elizabeth lo mira con enojo y le arroja el dinero en la cara.
—No necesito tu dinero, es mi problema cuánto tiempo me dure, no quiero nada de ti.