---- El humo del cigarro se eleva en espirales lentas mientras me ahogo entre libros y lágrimas. Estoy en la biblioteca de la casa, encerrada en mis pensamientos. Desde aquella noche, no logro conciliar el sueño. Ha pasado una semana desde la muerte de ese hombre y, sin embargo, nadie lo ha buscado. Ni la televisión ni la radio mencionan nada, como si jamás hubiese existido. Aspiro otra bocanada de humo mientras miro por la ventana. Los árboles se mecen con el viento, hermosos y tranquilos, como si el mundo siguiera su curso sin inmutarse por lo que ocurrió. —¿Qué haces envenenando tu cuerpo con esa porquería? —la voz de Esteban me sobresalta, y en un segundo, me arranca el cigarro de la mano—. ¿Quién te dio esto? Mi corazón da un brinco y llevo una mano al pecho, tratando de controlar

