____ una tarde como cualquier otra estaba en la sala terminando de empacar mis cosas maquillaje zapatos y vestidos era lo necesario para la noche.
pensando en el tiempo que había pasado y yo todavía ahí en la casa del pecado donde todo era alcohol tacones y dinero donde nadie me hacía daño porque no había conocido el amor pero me sentía tan vacía tanto cada por cualquier demonio porque la casa del pecado seguía siendo hasta este día para mí la sucursal del infierno.
—¿Ya te vas, ratón? —pregunto mi hermano observándome mientras me ponía la chaqueta. su pregunta me arrancó de mis pensamientos pero respondí en automático ya había acostumbrado a mi cerebro a que tenía que trabajar a diario y enfrentar lo que vivía. Y los recuerdos que me calcomían.
—Sí, una compañera pasará por mí hoy. Te dejé dinero para que lleves a Ángel al cine o lo que sea que hagan cuando están solos.
—Lo llevaré a comer —dijo con naturalidad, y luego, con una sonrisa maliciosa, añadió —. ¿Y una amiga? Qué bueno que ya las traes.
Noté su expresión de fastidio, lo que me hizo reír a carcajadas solo para molestarlo.
—¿Crees que por cara bonita me lo harán gratis?
—Cállate, loca. No me gusta que hables así —replicó, lanzándome una almohada, que apenas logré esquivar.
—Bueno, discúlpame. Si quieres, te la presento.
Él jugaba con el control remoto, fingiendo desinterés.
—Mejor no. Después me estafan. Son unas serpientes... como tú.
Me reí por su comentario y me eché a su lado en el sofá. entonces hablé y las defendí no por lo que habían visto mis ojos sino por lo que había sentido mi corazón al conocerlas.
—No creo que sean serpientes. Más bien, son buenas chicas, solo que, como a mí, les tocó caer ahí.
—Sí... la vida del pobre es dura. Creo que me voy a prostituir también, porque a ustedes les va muy bien.
—Deja la envidia. Estás en bancarrota porque prefieres regalar tus encantos en vez de cobrarlos.
Ambos reímos. En ese momento, Ángel entró corriendo, con su entusiasmo habitual.
—¡Mami! Te busca una mujer altísima.
De inmediato supe que era Bárbara. Medía un metro ochenta y, con tacones, parecía aún más imponente. Su piel morena contrastaba con sus rizos castaños, que caían con un brillo saludable. Siempre intentaba convencerme de unirme a sus torturas en el gimnasio, pero yo prefería el ejercicio con baile. Con eso me bastaba.
—Dile que pase, mi amor. Quiero presentárselas.
Cuando Bárbara entró, lucía impecable con su vestido blanco hasta las rodillas, ajustado, de cuello alto y mangas largas, con una elegante abertura en la pierna derecha. Unas botas altas completaban su look. Me sonrió, dejando ver sus dientes perfectos y sus ojos ámbar, que brillaban con confianza.
—Buenas tardes.
—Hola, Barby. Pasa. Él es mi hermano y este angelito es mi hijo, Ángel.
—Un placer, Kennerid —dijo, dirigiéndose a mi hermano, pasando junto a mí sin titubear.
—Hola, soy Bárbara. Es increíble el parecido entre ustedes. Y tú —miró a Ángel con ternura—, eres hermoso. De verdad pareces un ángel.
Ángel sonrió con orgullo mientras Bárbara jugaba con su cabello dorado. Su piel blanca y sus ojos tan verdes como el mar profundo siempre llamaban la atención. A veces me preguntaba si su verdadero padre era Amílcar o el hijo de los Jiménez, los dueños del rancho. Eran los más rubios del grupo. Alejé esos pensamientos de mi mente.
—Tú también eres hermosa. ¿Tienes novio? —preguntó Ángel con toda la inocencia del mundo.
Bárbara soltó una risa encantadora.
—No, pero cuando quiera uno, te avisaré sin duda.
—Gracias. Estaré esperando —respondió mi hijo con una seriedad que nos hizo reír a todos.
—Vamos, Don Juan, las mujeres necesitan privacidad —dijo mi hermano, revolviéndole el cabello—. Chao, fue un gusto conocerte.
Bárbara le regaló una de sus sonrisas coquetas, y yo abrí la boca para regañarla, pero luego la cerré. No valía la pena.
Apenas se cerró la puerta, Bárbara no perdió el tiempo.
—Tu hermano está buenísimo. Parece que se escapó de una revista. Bueno, al igual que tú.
Rodé los ojos y suspiré.
—Sí, es lindo. Pero espero que ninguna mujer le haga daño. Es muy noble y tampoco gana mucho, así que no creo que esté apto para ti.
—Ya lo sé —respondió con un tono divertido—. Pero si algún día se da la oportunidad, me lo comeré gratis. No todo es dinero. Hey, ¿crees que sea buen amante?
—¡Yo qué sé, puerca! —solté, lanzándole un cojín.
Ella se rió con ganas y, tras unos minutos de charla ligera, nos dirigimos a su coche. Me despedí con besos y bendiciones de mi hijo y mi hermano, quienes aprovecharon el momento para coquetear inocentemente.
Horas más tarde, en la casa del pecado...
Al entrar al club, el ambiente ya estaba cargado de una energía eléctrica. Luces de neón iluminaban el lugar con destellos rojos y dorados, mientras la música retumbaba en las paredes.
—Hola, Rube —saludé al jefe al verlo.
—Rubí, te estaba esperando. Tenemos al heredero del negocio acompañado de unos amigos. Serán clientes VIP. Arréglate y dame uno de esos espectáculos que tanto me encantan. Activa a tus secuaces lo más rápido posible.
—Tranquilo, ya estamos aquí —intervino Bárbara, con su natural confianza—. Natacha me comentó por teléfono.
—Entonces, ¿por qué siguen aquí? ¡Muévanse, mis niñas!
En los tres años que llevaba aquí, nunca había visto a Ruberney tan ansioso. Sin más, me dirigí al camerino.
—Hola, Ángel —saludó Natacha con una sonrisa pícara—. Hoy deben impactar. ¿Por qué no hacen el show de ángel y demonio? Les informo que el jefe está bien rico.
Suspiré, sentándome frente al gran espejo. El bar siempre ofrecía lo mejor para sus mujeres y sus clientes. Aquí se mezclaban actores, políticos, narcos y hasta supuestos hombres de Dios.
—Me lo puedo imaginar, ya que nosotras somos las que lo enriquecemos —murmuré sin mucho interés.
—No hablo del dinero, y tú lo sabes. Igual haz el show.
—Barby, ángel y demonio, entonces.
ella respondió.
—Claro, por qué no. —Nata, ayúdanos con los trajes.
Natacha asintió y se puso manos a la obra. La conocía lo suficiente como para saber su historia, aunque nunca hablábamos mucho de nuestro pasado. Había caído en la prostitución por las drogas, sumida en el vicio desde muy joven. Llevaba tres años limpia, aunque de vez en cuando esnifaba coca cuando un cliente la ponía al límite. Aquellas noches bebía y fumaba hasta perderse, pero ganaba tanto dinero que lo soportaba.
Tenía cicatrices en el cuello, un recordatorio de un intento de suicidio. Se había cortado con un vidrio, pero Bárbara la rescató en el último momento. Desde entonces, eran inseparables.
A diferencia de nosotras, Natacha era más baja, apenas un metro sesenta y cinco, pero con una belleza delicada. Su cuerpo parecía moldeado por los dioses, con curvas perfectas y un rostro angelical. Los hombres mayores la adoraban, sobre todo aquellos que se hacían llamar "hombres de fe". A nosotras nos daban asco. Eran pervertidos que le pedían que se vistiera de colegiala y fingiera ser una niña.
—¿Lista? —pregunté a Bárbara mientras terminaba de arreglarme.
—Siempre.
Me coloqué el traje: un corsé blanco ajustado, hecho a medida por Mónica, nuestra sastre. Dejaba mis pechos casi al descubierto, resaltando la obra de un gran cirujano y un excelente tatuador ecuatoriano. El corsé ceñía mi cintura de sesenta centímetros, levantando mi trasero redondeado.
Mis alas de avestruz blancas se acoplaban perfectamente a mi espalda. Me aseguré de que estuvieran bien sujetas antes de soltar mi cabello n***o, que caía liso y brillante. Un labial rojo carmesí resaltaba mis labios, mientras que sombras tornasoladas daban profundidad a mis ojos.
Bárbara se transformó en mi contraparte: un ángel oscuro.
Era hora del espectáculo.