Capítulo 23

1573 Words
Cuando Reece puso la mano sobre su tobillo y la deslizó bajo la falda para dejarla reposar sobre su rodilla, Shannon suspiró, se giró hacia él y le dijo que sí. Aunque no le quedó claro si se lo había llegado a decir con palabras o solo lo había pensado. Las últimas dos semanas habían conducido a ese momento. Si es que no habían estado abocados a tal situación desde que Reece le había abierto la puerta aquella primera mañana, descalzo y sin camisa,y Shannon había experimentado un calor inesperado en el estómago.  -Sí.  Y esa vez no le cupo duda de que lo había dicho en voz alta, porque pudo sentir la sonrisa de Reece sobre sus labios cuando la besó; pudo saborear el fuego en su boca, la cálida humedad de su lengua sobre la de ella. El beso disipó los pocos nervios que todavía tenía, que dieron paso a una sensación suave, lánguida..  Y devoradora.  Besos largos, húmedos, lentos. Manos cálidas y firmes contra su piel. Reece posó la boca en la base de su cuello y le tomó las pulsaciones con los labios. Shannon dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre una palma de él. La mano libre de Reece giró por su cintura hasta sacarle la blusa de la falda y extender los dedos sobre su talle. Podía sentir la marca de cada dedo en la piel, como sellos de fuego. Shannon apoyó las manos sobre los bíceps de Reece, palpó la fuerza de sus músculos a través de la camiseta, emitió un sonido de protesto cuando él retiró la cabeza.  No, no quería que parase. No quería que parase jamás. Los párpados le pesaban, no podía mantener los ojos abiertos. Estaba despeinada y, de pronto, tuvo un vago recuerdo táctil de Reece enredando los dedos en su cabello. Sus ojos... ¡los ojos de Reece había encendido un rincón frío y silencioso dentro de ella, de cuya existencia ni siquiera había sospechado nunca! -Sé que hacer el amor frente a la chimenea se considera romántico -dijo él con voz ronca-. Pero se me ocurren dos palabras en contra: alfombra, quemadura.  Estaba tan excitada que le costó unos instantes procesar la información. Cuando lo hizo, se sorprendió echándose a reír. Reece sonrió, se puso de pie, levantándola también a ella en el movimiento. Luego pasó una mano por su cabello, le echó la cabeza hacia atrás y la besó de nuevo.  -Dormitorio, cama -murmuró labio contra labio. -Cama -convino ella.  El viaje duró más que de costumbre. Reece la rodeó por la cintura y la besó bajo el arco del salón; la apretó contra la pared del pasillos, dos veces; le lamió el cuello contra la puerta de la habitación. Cuando por fin entraron en el dormitorio, cerraron la puerta y la lámpara de noche proyectó una luz tenue dorada sobre la colcha de la cama, un diseño con dos anillos de boda unidos.  Reece se separó lo justo para poder alcanzar los botones de la blusa y empezar a desabrocharlos. Sí, pensó Shannon. Eso era justo lo que había estado esperando, lo que quería. Hacía una eternidad que no dejaba que un hombre la tocara, la abraza. Con la mirada clavada en sus ojos, Shannon alzó las manos hasta el torso de Reece y comenzó a desabotonarle la camisa.  Al pensar en ese momento, y debía reconocer que apenas había pensado en otra cosa durante las anteriores dos semanas, se había imaginado la escena de dos formas, o todos los movimientos eran tan elegantes como en una coreografía, con el dormitorio bañado por una luz romántica, o eran gestos desesperados, en medio de un frenesí de deseo y urgencia, en un forcejeo agitado por desnudar al otro cuanto antes. La realidad se quedó en un punto intermedio. Había deseo, pero contenido para dar tiempo a las caricias, los roces, para aprender los planos y los ángulos del cuerpo del otro. Y también había cierta elegancia en el lento baile que los acercaba a la cama, en el rítmico despojarse de prendas, en las pausas para besarse. Lo que no había alcanzado a imaginar era lo bien que se sentía. Una vez que el momento de la verdad había llegado, no quedaba espacio para las dudas de última hora.  Las palmas de Reece se apoderaron de sus pechos, que parecían hechos a su medida, y Shannon se estremeció al sentir el roce de los pulgares contra los pezones, que en seguida se irguieron. Reece inclinó la cabeza, rodeó el pezón izquierdo con los labios, lo humedeció con la lengua, lo chupó. Cuando se dispuesto a atender el otro pezón, las rodillas apenas sostenían en pie a Shannon.  -Por favor -jadeó sin tener claro qué estaba pidiendo. Reece levantó la cabeza, la miró con una hoguera en cada pupila y la besó con pasión. Llevó una mano al talle de Shannon y la apretó contra su cuerpo mientras le mordía la boca. Y, de pronto, ya no podían resistir más. El avance casi lánguido hasta la cama había terminado, Shannon sentía una bola de fuego llameando en su vientre.  No tuvo conciencia de haberse movido hasta notar el colchón bajo la espalda. Sin dejar de besarla, Reece retiró la colcha, la manta. Solo entonces cayó encima de ella, la cubrió por completo. Era tan grande que, por un instante, ella se sintió abrumada por su tamaño, pero el ligero temor inicial se derritió con la fusión de sus cuerpos.  Contrastes. Todo eran contrastes. Los músculos lisos y potentes de su torso y estómago contra las suaves curvas de los pechos y la tripa de Shannon. La rigidez candente de su erección acomodándose entre las piernas flexibles de ella. Le clavó los dedos en los hombros y se arqueó para sentirlo más cerca. Necesitaba... algo. Todo. Volvió a arquearse, le rodeó las caderas con las piernas y presionó hacia abajo para sentir la excitación de Reece contra ella. Estaba muy cerca. Estaba a punto.. Y, de pronto, lo notó tenso, se separó.  -Espera -susurró con la respiración entrecortada-. Tengo que... -Reece se giró hacia un lado de la cama.  -Sí, tengo... -Shannon no encontró las palabras, de modo que se limitó a abrir el cajón de la mesilla de noche-. Ahí.  Reece enarcó las cejas y sonrió mientras sacaba un preservativo.  -Me gustan las mujeres preparadas.   Se preguntó si debía confesar que había conducido cuarenta kilómetros hasta la siguiente ciudad para comprar la caja de condones, con tal de no arriesgarse a que algún conocido la sorprendiese adquiriendo un artículo tan íntimo. Y decidió que no encajaba con la imagen de una mujer adulta que había decidido embarcarse en una aventura. Claro que tampoco encajaba ponerse colorada al verlo abrir el paquete y ponerse el preservativo.  Pero un segundo después volvió a sentirlo encima, volvió a sentir sus dedos acariciándole el pelo, su boca sobre los labios. Reece echó las caderas hacia delante, la tanteó, exploró, introdujo la punta hasta hacerla gemir. Shannon arqueó la espalda hacia arriba y Reece interpretó el movimiento como la invitación que había estado esperando para hundirse en su interior. Shannon gritó de placer. Un instante después sintió los labios de Reece sobre su boca. La excitación crecía por segundos, la tensión aumentaba, el calor la sofocada hasta sumergirla en una sensación de ofuscación en la que no existía más realidad que el hombre que tenía encima de ella, en su interior. El peso robusto de su cuerpo, las caricias de sus manos. Era un placer tan intenso que bordeaba el filo del dolor. Shannon apenas podía respirar. Cuando Reece le levantó el trasero para que recibiese sus arremetidas con más fuerza, el placer escaló otra cima aún más alta, los pulmones se le quedaron sin aire.  -Tranquila -susurró él.  Shannon confió en que Reece la mantendría segura, se abandonó a la sensación que la inundaba, se arrojó por un precipicio de calor y éxtasis que le nubló la visión. Vagamente, sobre el sonido palpitante de su corazón, oyó el gruñido gutural de Reece, sintió su descarga, lo acogió cuando se desplomó sobre ella.  No pudo hacerse una idea del tiempo transcurrido hasta que el mundo volvió a tomar forma a medida que recuperaba la conciencia.Durante unos instantes infinitos, lo único de lo que fue capaz de acordarse fue de respirar.  Poco a poco recobró la serenidad. Reece seguía encima de ella, dentro, aunque había escorado el peso hacia un lado para no aplastarla. La satisfizo observar que estaba tan desfallecido como ella. Sentía como si acababa de enfrentarse a un tornado, pero Reece la había acompañado en el viaje.  Necesitó reunir fuerzas para levantar una mano y posarla sobre el hombro humedecido de Reece. Y también le costó girar la cabeza para apoyarla en la curva de su cuello. Olía a sudor y sexo. Nunca había advertido lo embriagadora que podía ser dicha combinación.  Sin pensarlo dos veces, sacó la lengua para saborear su piel. Reece se estremeció, levantó la cabeza despacio.  -¿Pretendes matarme? -le preguntó.  -No. Solo... probarte -respondió Shannon mientras deslizaba una mano por su espalda sudorosa.  -¿Sabes? He leído anuncios en los que advierten contra las mujeres como tú.  -¿De veras? -Shannon movió las caderas ligeramente y sonrió al oírlo gruñir-. ¿Y qué recomiendan hacer en caso de encontrarse con una mujer así?  -Darle todo lo que te pida -susurró Reece contra su boca.
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