Capítulo 22

1294 Words
-Felicísimo -Reece río y negó con la cabeza-. Casi le dio un ataque con lo del anillo. Hizo un par de comentarios desagradables sobre los hombres que llevaban pendientes y puso en tela de juicio mi inclinación s****l. Que entre el pelo largo y los pendientes, no me extrañara si me confundían con una chica.  Shannon dejó de decirse que su abuelo debía de haberlo educado lo mejor que había sabido. Si hubiese tenido delante al anciano en ese momento, mucho se metía que le habrían entrado ganas de darle un cachete. Bien fuerte.  -¿Qué hiciste?  -Me teñí de rubio y me rapé el pelo al uno para asegurarme de que todos vieran el pendiente, y empecé a usar marcador de ojos.  -¿Qué? -Shannon soltó una risotada-. Se debió de llevar una alegría.  -No te imaginas -contestó Reece sonriente, a pesar del brillo sombrío de sus ojos-. Creo que daba igual lo que hiciera. Nunca estaba contento. De acuerdo que yo tampoco hacía por complacerlo. Solo estaba esperando que llegara el momento de irme.  -Es muy duro estar solo a esas edad -comentó Shannon, recordando lo perdida que se había sentido al morir su padre. No eran uña y carne, pero sí la única persona que tenía entonces.  -Más lo era vivir con él. Tenía algo de dinero de mis padres. Al pareces, aparte de flores y símbolos de paz, tenían una vena práctica y habían ahorrado un poco. Al cumplir los dieciocho recibí el dinero, un par de meses antes de terminar el instituto. Aguanté porque sabía que el viejo no apostaba un dólar por que obtuviera mi diploma y me negaba a darle esa satisfacción. Pero en cuanto lo tuve en la mano, me monté en el coche y me largué. Nunca volvimos a hablar.  -Pero en el testamento te lo dejó todo a ti -dijo ella, abarcando la casa entera con un gesto de la mano-. Algún cariño debía de guardarte. Si no, se lo habría dado a otra persona, o a una institución benéfica.  -Sí, quién sabe. Tal vez se puso sentimental con los años -Reece puso la guitarra boca arriba, la guardó en su funda y la apoyó contra la pared que había junto al sofá-. O quizá se olvidó de cambiar el testamento. ¿Quién sabe?  Ella lo dudaba mucho. Shannon no podía afirmar que hubiese conocido a Joe Morgan. Un par de saludos con la cabeza y algún comentario sobre el tiempo no eran suficientes. Pero sí había podido observar que dirigía su vida con precisión militar. Había un lugar para cada cosa y cada cosa debía estar en su sitio. Todo debía hacerse conforme a horario. De modo que no le encajaba que se hubiera olvidado de cambiar el testamento. Si había legado todas sus pertenencias a su nieto era porque eso y no otra cosa había pretendido Era una lástima que Reece no fuera a saber nunca el porqué. -Están poniendo la última película de Kevin Costner en el Rialto -dijo él, cambiando de tema de repente-. Iba a llamarte a ver si te apetecía ir a verla esta noche.  Distraída por aquel vistazo inesperado en el pasado de Reece, Shannon había olvidado temporalmente la razón por la que había ido a verlo. Pero en seguida la recordó y las mejillas se le encendieron. Se puso de pie, y metió las manos en los bolsillos.  -En realidad había venido a invitarte a cenar. En mi casa.  -¿A cenar? -Reece enarcó las cejas.  -Sí... No sé, he pensado que podía estar bien cenar en casa, para variar.  -Creía que no cocinabas. -Pero sé una receta para oligofrénicos. No me puede salir mal.  -Así que cena en tu casa  -dijo Reece en un tono... extraño. Shannon lo miró a los ojos. Lo sabía. Sabía perfectamente la intención oculta tras aquella invitación, dónde esperaba que terminase la noche. Y el hambre que vio en sus ojos no tenía nada que ver con filetes ni nada parecido. Nadie la había mirado así jamás, como si estuviera hambriento y ella fuera un banquete. Era excitante, pero también le daba miedo-. Muy bien. ¿Hora?  -¿Qué?  -¿A qué hora voy?  -A... a las siete -contestó Shannon.  Lo cual le daba tres horas para prepararse para seducirlo... o salir huyendo.  Cuando Reece llamó a la puerta, Shannon se había cambiado de ropa cinco veces y se había recogido el pelo y se lo había soltado al menos otras dos. Se había puesto medias y se las había quitado al caer en la cuenta de la incomodidad de sacárselas con una mínima gracia. Tomar conciencia de que se estaba vistiendo con idea de desvestirse delante de Reece la había dejado paralizada momentáneamente. Se había sentado en la cama, contemplando el caos en que se hallaba el dormitorio, y se había preguntado si estaría a tiempo de escapar.  A una media de ochenta kilómetros por hora, se hallaría a unos cincuenta kilómetros de allí cuando Reece llegase.  Pero el hecho de considerar huir de su propia casa le resultó tan absurdo que recuperó la cordura. Que hubiese planeado acostarse con Reece esa noche no la obligaba a hacerlo si al final no quería. Reece no la presionaría para hacer algo que a ella no le apeteciera. Lo que en realidad la asustaba era que sí le apetecía. Lo estaba deseando.  Cuando el timbre sonó, ya se había decidido por una falda gris plata de medio vuelo hasta mitad de pantorrilla y una blusa color coral. Se había dejado el pelo suelto y este le caía ondulado hasta los hombros. Se miró una última vez al espejo, respiró para tranquilizarse, o para darse ánimo quizá, y fue a abrir la puerta.  Había supuesto que se sentiría violenta durante la cena, incapaz de seguir una conversación, pendiente del objetivo final de la velada. Pero no fue el caso. Había puesto una mesita baja que no solía utilizar, había escogido unos platos con dibujo de flores y había bajado la intensidad de las luces del salón. La comida le salió bien y dio las gracias en silencio al santo patrón de los malos cocineros.  Charlaron con naturalidad, como siempre habían hecho. Reece le contó que su hijo lo había llamado por teléfono. Shannon ya estaba al corriente de la escapada de Kyle y, aunque Reece no lo decía, sabía que estaba preocupado, por más que respetase la independencia de Kyle. Este iba camino de Albuquerque, a visitar a su tía materna, y no parecía arrepentido de la decisión que había tomado. Por su parte, Shannon lo informó de sus planes para la tienda, de las rebajas de principios de año, de las clases. Después de cena preparó una cafetera mientras Reece encendía la chimenea. Aunque durante el día había hecho calor, la temperatura estaba bajando con el paso de las horas. Además, contribuía a crear atmósfera, pensó Shannon cuando volvió con la bandeja y vio las llamas crepitando, lamiendo los leños con sus lenguas de fuego.  -¿Existe alguna sociedad secreta que enseña a los hombres a encender hogueras y chimeneas? -preguntó ella mientras colocaba la bandeja sobre la mesa.  -Forma parte de nuestro código genético -afirmó con solemnidad Reece-. A cambio, tenemos un cortocircuito entre las neuronas encargadas de pedir direcciones y rellenar la cubitera de hielo.  -Y yo que creía que eso era testarudez, y vaguería -dijo ella al tiempo que le entregaba su taza. -Un error muy extendido. De verdad, somos víctimas de nuestra programación genética.  -Seguro -respondió irónica Shannon.  Reece se había tirado sobre la alfombra, frente a la chimenea, y Shannon lo acompañó, apoyando la espalda contra el sofá. Durante un rato, solo se oyó el suave crepitar de las llamas. 
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