El motor de la camioneta se apaga frente al imponente edificio donde resido. Alek y yo esperamos dentro del vehículo mientras aguardamos la llegada de su chofer, quien aún no ha llegado.
—Bonito lugar —comenta Alek , desviando su atención hacia el exterior antes de sumergirse en su teléfono móvil.
—Sí, gracias —respondo, aunque mi residencia en este lujoso complejo se debe a años de arduo trabajo.
Dudo si invitarlo a subir. Estoy consciente de mi estado un tanto pasada de copas, y no sé si sería apropiado.
—¿Quiere subir mientras esperamos? —le ofrezco, tomando mi pequeña cartera y abriendo la puerta de la camioneta. Alek me observa por un momento antes de asentir.
—Sí.
Apaga el motor y juntos nos dirigimos al edificio. Es imponente, con un vestíbulo elegante que refleja el estilo de vida que he logrado con esfuerzo. Subimos en el ascensor hasta el piso quince, donde mi departamento nos espera.
El trayecto en el elevador es silencioso, y me veo reflejada en los numerosos espejos que rodean el interior. La mirada intensa de Alek me hace sentir más nerviosa de lo que ya estoy.
Cuando las puertas del ascensor se abren, caminamos por el pasillo hasta llegar a mi puerta. La abro con mis llaves y entramos al apartamento. Todo está ordenado y cuidadosamente decorado, reflejando mi gusto por lo estético y minimalista. Me quito las botas y los dejo junto a la puerta.
—Este es mi momento favorito del día —susurro, cerrando los ojos para disfrutar de la sensación de liberación. Alek sonríe y dirige su atención a mis pies.
—Pareces ser una profesional en esos —comenta con voz profunda y una sonrisa pícara.
—Oh, créeme que lo soy en todo el sentido de la palabra —respondo con una sonrisa juguetona—. ¿Le gustaría algo de beber? Tengo vino, whisky, vodka, champaña, soda, jugos, agua, limonada...
—Una botella de agua.
Bufé mientras me dirijo a la nevera en busca de la botella solicitada.
—Qué aburrido eres, jefe —bromeo. La combinación entre el alcohol y yo nunca ha sido la mejor combinación.
Escucho su risa resonando en la sala.
—Estoy bajo unos medicamentos naturales, no puedo arruinar su efecto con alcohol, pero la próxima vez yo invito.
Me siento frente a él en la sala y le tiendo la botella de agua.
—Le agradezco por haber ido a buscarme.
—Claro, ya me debes tres —responde, cruzando una pierna sobre la otra y recostándose en el sillón, desprendiendo un aura de sensualidad aún más irresistible. Dios mío...
¿Que se sentiría estar encima de él brincando en su polla, toda mojada mientras me habla sucio en Alemán?
Dios mío, ¡qué pensamientos tan inapropiados! Culpo al maldito alcohol por desatar mi imaginación. Trago hondo y me sonrojo, maldiciéndome mil veces por pensar en eso, mientras Alek me mira con una sonrisa enigmática, como si pudiera leer mi mente.
—Si tanto le intriga, ¿por qué no lo descubre? —dice, y escupo el agua que bebo, sorprendida. ¿Acaso puede leer mentes, el muy cabrón?
Él comienza a reír a carcajadas, incapaz de disimular su divertimento por mi estúpida reacción. Me he tirado al puto medio.
—¿Perdón?... yo. —Tartamudeo por unos segundos. — Lo siento, qué gesto mal educado de mi parte.
—Estaba contestando su pregunta.
—¿Qué pregunta? Yo no he hablado... —¿Oh? ¿Acaso dije eso en voz alta y no me di cuenta?
—Pensé que se preguntaba sobre mis secretos más oscuros y del cuarto rojo, hablo de eso. La conversación de hace unos minutos.
—Ohh... —Contesto aliviada, sonriendo nerviosa.
—¿Oh, es que acaso se estaba haciendo otras preguntas mentalmente y pensó que pude leerlas?
Se inclina hacia adelante, colocando sus codos en sus rodillas y me mira fijamente, con una intensidad que hace que mi pulso se acelere.
—No, por supuesto que hablábamos de lo mismo. —Sonrío nerviosa, sintiendo el calor de su mirada sobre mí. ¿Qué otras preguntas pude haber dicho en mi mente?
—No lo sé, pero ahora estoy intrigado, quiero saber qué pasaba por su mente hace unos segundos. —Sus labios se humedecen mientras relame sus labios, culminando con una leve mordida en su labio inferior, un gesto que resulta inesperadamente sensual, y siento un nudo en el estómago. ¡Oh, créeme que no querrás saber!
—Estoy intrigado, señorita Collin. —Susurra suavemente con esa voz ronca que envuelve la habitación. Sus ojos se tornan más oscuros y profundos, atrapándome en su mirada. Parpadeo varias veces, sintiendo cómo su presencia me envuelve por completo. Debo romper ese contacto visual ya.
Inconscientemente, comienzo a jugar con los mechones de mi cabello, malditos lenguajes corporales que me delatan, y malditos nervios que me traicionan. Sabía que invitarlo a subir no fue la mejor idea, mucho menos con él luciendo tan irresistible y yo tan pasada de tragos.
—Yo... —Tartamudeo otra vez, por segunda vez en la maldita noche.
—¿Acaso estaba pasando algo indebido e indecente en su mente? —Pregunta, con una sonrisa juguetona, y me doy cuenta de que no voy a poder esconder nada de él.
Como decirte que me imagine tu polla dentro de mi coño bien mojado en ese mismo sofá en el que estás.
Maldición, estoy completamente embobada por él en este momento. Siento el pulso detrás de mi oreja latir más rápido que nunca, temiendo que pueda escucharlo. Un intenso calor recorre mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, haciendo que el ambiente se vuelva sofocante.
Justo en ese preciso instante, soy salvada por la campana, como diría mi madre. Su teléfono suena en el momento perfecto, y agradezco a todos los ángeles por eso. Contesta la llamada mientras me mira fijamente, sin olvidar morder su labio inferior.
—Perfecto, bajo en unos minutos. — dice cortando la llamada. Su voz suena firme, pero percibo un matiz de suavidad que me desconcierta. — Cesar ha llegado con su camioneta, le dejaré la llave de copia en la recepción. — Observo cómo se levanta del sofá con una elegancia natural, como si cada movimiento estuviera coreografiado. No puedo evitar notar un ligero bulto en su pantalón, que envía una corriente de calor por todo mi cuerpo.
«Esa cremallera está LUCHANDO por retener esa enorme cosa».
¿Acaso he despertado algún tipo de interés en mi jefe? ¿Alek se ha excitado por mí?
—Gracias. — susurro con suavidad apenas audible, sintiendo cómo mis mejillas se encienden con el contacto visual.
—Buen día, Anastasia. Espero que tu resaca no sea tan mala. — su tono grave y profundo me acaricia, dejando una huella en mi piel antes de darme la espalda.
—Buen día, señor Rustav . — respondo con un suspiro, sintiendo cómo mi corazón sigue acelerado incluso después de que se ha ido.
Voy a necesitar darme un poco de cariño en estos momentos con mis manos, me ha dejado más que mal de la cabeza y cachonda.