Los pasos se oían cada vez más cerca, siendo acompañados por susurros y pequeñas carcajadas. Alice frunció el ceño, y trato de escuchar cual era el tema de conversación de quienes se acercaban a ella sin la menor preocupación.
- Te dije que los primeros en llegar no iban a ser ninguno de los Gibosa Menguante. Son los más débiles de nuestra r**a.
- Oh vamos, claro que no. Los más débiles son los Luna Creciente. ¿Haz visto como corren? ¿O como realizan las maniobras en medio de una batalla? ¡Ja! Es para morirse de risa.
- En eso si estoy de acuerdo contigo amigo, pero dime algo ¿Haz visto algo más ridículo que los Cuarto Creciente? ¡Parecen un montón de nenitas ridículas! – Apenas termino la frase no se pudo contener más, estallando en carcajadas mientras se sostenía el estómago fuertemente. Su amigo simplemente asentía y aplaudía, mostrando que estaba de acuerdo con lo que su compañero decía, mientras que a través de su boca salían carcajadas más escandalosas que las de su amigo, si es que eso era posible.
Una vez llegaron al claro donde se encontraba Alice observándolos detenidamente, quedaron completamente mudos y sus rostros fueron adornados con expresiones de asombro al ver quien había sido el primero en llegar. Se miraron el uno al otro, asegurándose de que su acompañante estuviera viendo lo mismo y no fuera solo un producto de su imaginación, corroborando que no estuvieran locos. Un Luna Llena. Un Luna Llena en sus pruebas. Y no solo eso… era una mujer.
Claro que en la antigüedad se habían visto mujeres guerreras que realizarán dichas pruebas. Pero eso había sido hace mucho tiempo; en la actualidad ninguna era capaz de presentarse a las pruebas, y mucho menos de pasar la primera ronda de manera tan sencilla, pues aquella mujer que estaban viendo se veía tan tranquila y descansada como si se acabara de levantar de una siesta.
Aprovechando el trance en el que se encontraban el par de licántropos, Alice los detallo bien. Ambos eran jóvenes y compartirían la misma edad, diría que unos vientiuno. El primero de un metro ochenta y seis aproximadamente, de tez morena, con cabello oscuro y ojos dorados, con un cuerpo bien moldeado, haciendo evidente que le dedicaba gran parte de su tiempo al entrenamiento físico. El otro era un poco más bajo; un metro con setenta y nuevo le calculo Alice, pelo dorado como el sol, ojos oscuros y piel clara, mostrándose un poco mas delgado que su compañero. No clasificaban como una amenaza para la Luna Llena.
Alice levanto las cejas, esperando que aquel gesto hiciera que sus acompañantes volvieran a la realidad, cosa que surtió efecto; el licántropo de tez morena carraspeo la garganta a la vez que su compañero parpadeaba varias veces. El mas alto procedió a hablar:
- Bueno, ya que usted es la primera en bajar, solo nos queda por decir que… ¡JA! – Alice no entendió a que se refería, hasta que se dio cuenta de que no la estaba mirando a ella. – ¡Te dije! ¡Te dije que los de Gibosa Menguante iban a ser uno de los primeros en llegar aquí! Me debes tu postre por tres semanas.
- Pero de que rayos estás hablando grandísimo i***t…- no pudo terminar la frase, pues sus ojos se abrieron de par en par y su boca se abrió ligeramente.
Un gesto de confusión inundo el rostro de Alice al no saber de qué hablaban, hasta que decidió seguir la dirección hacia la que ellos estaban mirando que, para ser más específicos, era justo detrás de ella. Giro rápidamente, encontrándose con algo que ella no esperaba. Un Gibosa Menguante estaba a unos cuantos centímetros de ella, mirándola fijamente con sus grandes ojos, completamente quieto, como si estuviera esperando a ver cuál era la reacción de la chica al verlo. La chica realizo un análisis rápido: un metro y medio como mucho, contextura delgada, tez pálida, cabello avellana claro y ojos de color verde oliva que te hacían creer que conocen todos y cada uno de tus pecados. Ninguno de los tres podía creerlo; era un niño.
- Agh saben que, esto esta muy muy extraño, jamás había visto algo así. Entonces por que no mejor siguen con su prueba, el solo verlos a los dos me causa escalofríos en todo el cuerpo. – Dijo dándoles la espalda, mirando por el rabillo del ojo al pequeño, que era el que más temor le causaba y por nada del mundo pensaba perderlo de vista.
- Ah no no no, no creas que voy a olvidar la apuesta que hicimos. Aun me sigues debiendo tus postres.
- Olvídalo, no te doy nada.
- ¿Qué? Tu fuiste el que quiso apostar en primer lugar, así que ahora me pagas lo que me debes.
- Ni loco te voy a dar mis postres, son mi razón de existir día a día, ¿y tu quieres que te los de por tres semanas? Ni madres.
- ¡Fuiste tu el que propuso los postres para el ganador! ¿Y ahora que he ganado yo me vas a decir que no te gusta la idea?
- Pues no ¿Y que vas a hacer?
- Ah ¿quieres saber que te voy a hacer pedazo de lagartija?
Alice rodo los ojos. El día de hoy no podría ser mas extraño. Le dirigió una última mirada al niño (que no había parado de verla) y comenzó a caminar hacia el interior del bosque de manera sigilosa, notando como el volumen de la pelea que tenían aquel par de licántropos iba disminuyendo cada vez más hasta que dejó de oirla. Aun no sabía que se iba a encontrar ahí, pero si su análisis era correcto, ahora se tendría que enfrentar a los guerreros de nivel medio los cuales contarían con armas de largo alcance; arcos, lanzas, hondas, jabalinas, ballestas… todas podrían generar heridas extremadamente graves y más si aquellos que las manejaban se encontraban escondidos en lugares estratégicos. Tenía que tener cuidado.
De la nada, sus habilidosos oídos captaron un sonido, haciéndola quedar inmóvil. Lo había escuchado justo al frente, pero había algo diferente. Analizo rápidamente y entonces lo supo; en la copa del árbol que quedaba al frente a la derecha había alguien. Un silbido sutil y veloz había interrumpido el silencio que había, haciendo que Alice reaccionara al instante esquivando algo que venía rápidamente hacia ella, clavándose a su vez fuertemente en el piso. Alice volteo para confirmar lo que estaba sospechando, le habían lanzado una jabalina desde lo alto del árbol de donde provenían los ruidos, sin contar que la habían lanzado con tanta fuerza que lo que genero el silbido fue el recorrido del arma cortando el viento.
Sin perder el tiempo Alice se escondió detrás de un árbol, para que el enemigo no pudiera verla. Analizo los arboles que se encontraban atrás y ninguno parecía contener amenazas, parecía que los guerreros solamente estaban al frente, en lo que restaba del recorrido. Sintió su cara arder, por lo que instintivamente se llevo la mano a la mejilla izquierda, para después observar sangre en su mano. “Merde” pensó, la jabalina la había alcanzado a herir justo en su pómulo izquierdo. Volvió a tocarse la parte afectada, dándose cuenta de que la herida no era profunda; fue un simple roce. Había alcanzado a reaccionar a tiempo, pero no podía volver a pasar, no iba a ser tan descuidada de nuevo.
Su mente empezó a pensar rápidamente en un plan, cuando al girar la cabeza vio al niño. Estaba justo en el árbol de al lado, también escondiéndose del guerrero. Este estaba viendo a Alice, esperando cual era el siguiente movimiento de esta para seguirla. La Luna Llena tuvo que pensar de manera más rápida la forma de librarse no solo ella sino también el niño; no planeaba dejarlo ahí solo. De repente, su mente se ilumino. Los guerreros estaban esperando a que ella saliera de su escondite, pero ellos no esperaban que escapara por los árboles. Si ellos estaban allí arriba, no había mejor manera de combatirlos que subiendo junto a ellos; así estarían al mismo nivel con un porcentaje de posibilidad más alto, y si lograba quitarle el arma a alguno, mejor aún.
Volvió su mirada rápidamente hacia el niño que seguía atento esperando alguna señal. Ella le dio indicaciones por medio del lenguaje de señas que solo sabían los licántropos y se los enseñaban desde que eran pequeños. El niño no perdió de vista ningún movimiento de las manos de aquella mujer que estaba dispuesta a ayudarle, lo analizo y al final simplemente asintió con la cabeza, comenzando a subir el árbol de manera rápida, ágil y completamente sutil. Si hubieran estado en otra situación, Alice no hubiera dudado en halagarlo, pues tenia mucha más destreza que cualquier licántropo que ella hubiera conocido hasta ahora.
Alice comenzó a subir de igual manera el árbol, procurando no emitir ningún sonido que pudiera alertar a los guerreros de su presencia y mucho menos de su plan. Si el niño había entendido y seguido sus indicaciones al pie de la letra, tendría que estar esperándola en la copa del árbol que ella estaba trepando. Y cual no fue su sorpresa al verlo allí, sentado en una rama aguardando por ella. Lo primero que Alice le indico al verlo, fue que se posicionara justo detrás de ella, haciendo que vigilara la parte de atrás en caso de que a alguien se le ocurriera emboscarlos por la espalda. Al analizar la situación desde ahí arriba, Alice vio todo con mucha más claridad: había quince guerreros en las copas de los árboles que se encontraban a lo largo del recorrido, desde donde ella estaba hasta el final de la segunda fase de la prueba, todos con armas de largo alcance. Eso sin contar con los que se encontraban en el suelo, camuflados en los troncos de los árboles y que con solo un vistazo Alice había contado treinta y uno… y habría más, estaba segura.
Por lo pronto, tendría que ocuparse de los que tenia más cerca, centrando su atención en uno que estaba a cuatro metros de distancia. No podía ver bien sus rasgos, pues no sabía en qué momento el sol se había ocultado dejando todo oscuro. Lo que sí pudo notar fue que su espalda estaba adornada con un carcaj de cuero que contenía al menos unas treinta flechas, mientras que su mano izquierda tenia el arco. “El arma perfecta” pensó ella. Se acerco más a aquel licántropo, detallando que era de contextura delgada, seria sencillo de combatir.
Giro hacia el niño, procediendo a decirle su plan por medio de señas: “Entre menos guerreros sepan que estamos aquí arriba será mejor. Así que la mejor opción será dejarlos fuera de combate sin hacer el menor ruido”. El niño frunció el ceño, procediendo a plasmar sus dudas por medio de señas: “¿Cómo haremos eso?”. Alice sonrió levemente y le respondió mientras le guiñaba un ojo: “Tu déjamelo a mí”. El niño le devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza. Alice cerro los ojos y respiro hondo lo más despacio que pudo, pues era así como ella se preparaba antes de un combate cuerpo a cuerpo. Soltó el aire de la misma forma y abrió los ojos: “Aquí vamos”.