❓Preguntas —parte 1

1034 Words
🩷 El departamento está en silencio. Demasiado. Me detengo justo antes de llegar al ascensor. Mis pies se niegan a dar el último paso, como si supieran algo que yo todavía no quiero aceptar. No debería hacerlo. Debería irme sin mirar atrás, cerrar esta puerta en mi vida y no volver jamás. Pero no puedo. Mis ojos recorren el lugar… una última vez. Y entonces pasa. Como una película. El primer día. La puerta abriéndose… y yo entrando en brazos de Eros, riendo sin entender nada, sin saber en qué me estaba metiendo. Sin saber que ese hombre iba a convertirse en todo… y luego en nada. —Este será nuestro hogar —me dijo. Nuestro hogar. Trago saliva, pero no sirve de nada. El nudo sigue ahí, creciendo, apretando, ahogándome. La sala. La cocina. Nosotros cocinando juntos… él quejándose de todo el proceso, de cada detalle, hasta que la comida estaba lista y decía que valió la pena cada segundo y yo riéndome como si ese fuera el mejor momento del mundo. Sus manos tocándome cada vez que podía, cada vez que pasaba cerca, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí… de que no me había ido. De que era suya. Las veces que he corrido por este departamento sobre todo cuando Patricio y Eros hacían alianzas en mi contra para hacerme cosquillas. Mi patito. La habitación de Patricio. El día que compramos todo. Las discusiones tontas por los colores, por las cortinas, por cosas que ahora parecen ridículas… y que en ese momento lo eran todo. Las risas. Los momentos felices. Demasiados. Siento cómo algo se rompe en mi pecho. No es suave. No es lento. Es seco. Irreversible. Por qué aunque ahora se que no era amor. Fuimos felices. No todo fue un espejismo. Las risas, los abrazas, los besos, las caricias. No fueron mentira. Una lágrima cae antes de que pueda detenerla. La limpio rápido, casi con rabia, como si negar su existencia pudiera arreglar algo. No me voy a permitir más. No aquí. No ahora. Aprieto el botón del ascensor con más fuerza de la necesaria. Cuando las puertas se abren… entro sin volver a mirar. Porque si lo hago… No me voy a ir. Y esta vez sí tengo que hacerlo. Porque esta vez no fue solo mi decisión. También fue la suya. El descenso es lento. O quizá soy yo la que siente que todo se detiene. Cuando las puertas se abren en el lobby… él está ahí. Jeff. De pie. Esperándome. Como si ya supiera. Como si todo esto ya estuviera decidido desde mucho antes de que yo siquiera pensara en irme. —El señor Cross me pidió que le entregara esto —dice, extendiéndome las llaves. Las miro. Mi carro. La camioneta que Eros me compró en mi último cumpleaños. Niego con la cabeza. —No lo quiero. Jeff no se mueve. Ni un músculo. Ni una duda. —Si no se lo lleva… el señor Cross va a mandarlo a destrozar. Dijo que no quiere pérdidas innecesarias. Cierro los ojos un segundo. Ni siquiera es capaz de conservar esto. Ni siquiera eso. Es como si quisiera borrarme completamente… como si todo rastro mío tuviera que desaparecer. Extiendo la mano. Tomo las llaves. —Gracias. No digo nada más. No puedo. Salgo del edificio sin mirar atrás. Subo mis cosas como puedo, casi sin ver lo que hago, y las dejo en el asiento trasero y maletera. Me siento frente al volante. Y me quedo ahí. Sin arrancar. Sin moverme. Sin saber a dónde ir. Porque por primera vez en mucho tiempo… No tengo un lugar. Ya no tengo un hogar. Respiro hondo. Y arranco. No pienso. Solo manejo. Las calles pasan frente a mí sin sentido, sin dirección… luces, autos, gente, todo borroso. Todo ajeno. Todo lejos. Hasta que mi mente decide por mí. Andrew. Manejó al hospital. Mi estómago se aprieta de inmediato. Salgo del auto y entro. Y ahí está. Su familia. Su madre. Me mira en cuanto cruzo la puerta, como si me hubiera estado esperando. —Victoria… —dice, acercándose—. ¿Estás bien? Asiento, aunque no lo estoy. Ni cerca. —Amanda me llamó —continúa—. Dijo que intentaron asaltarlos… que Andrew está muy golpeado. ¿Tú estabas con él? Amanda. Claro. Todo siempre vuelve a ella. Por qué no creo que Eros le haya pedido que lo ayude. Niego. —Él me dejó en el hotel e inició su camino de regreso a su departamento. —Qué bueno que no te pasó nada —dice, aliviada. Pero a mí eso no me tranquiliza. Nada lo hace. —¿Puedo verlo? —pregunto. —Sí, claro pero puede estar dormido. No espero más. Camino. Cuando entro… él está despierto. Andrew. Tiene el rostro golpeado. El labio roto. Un moretón oscuro extendiéndose por su pómulo. La imagen me detiene en seco, como si mi cuerpo necesitara un segundo para procesarlo. Por un instante… todo lo demás desaparece. La rabia. Las dudas. Las preguntas. Solo queda él. Y todos los golpes que le dió Eros. Me acerco despacio, casi con cuidado. —Andrew… —mi voz sale más baja de lo que esperaba—. ¿Cómo te sientes? Sus ojos se levantan hacia mí. Hay cansancio en ellos… pero también algo más. Algo que no logro descifrar. Intenta sonreír. —He estado peor. Niego apenas, acercándome un poco más. —Te ves terrible. Eros casi te mata… —susurre Lo digo suave. Sin burla. Sin intención de herir. Casi… con cuidado. Él exhala, como si eso fuera lo único normal en todo esto. —Gracias. Eso definitivamente ayuda con mi autoestima. Pero no digas que Eros me pegó, dijeron que me habían asaltado y prefiero aceptar esa historia. —Andrew… ¿Qué dices? Si tú y yo sabemos que él… —No voy a denunciarlo —me interrumpe. Sus ojos se detienen en mi rostro… y algo en su expresión se tensa. La distancia entre nosotros deja de ser física. Todo vuelve. Sobre todo la sensación de que algo no encaja. Enderezo un poco la espalda. —Entiendo si es por las elecciones. Pero necesito respuestas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD